RevistaArcadia.com RevistaArcadia.com

De regreso a ‘la escuela de la nada’

José Aramburo sobre el final de la Bogotá posible, los conversatorios y nuestro bar mitzvah psicodélico.

2018/01/26

Por José Aramburo

Ya empiezan a asomarse los cuerpos bronceados y los tufillos con olor a coco loco de los turistas bogotanos. Vuelve su capacidad de estorbar y hacer la vida miserable a quienes disfrutamos de la Bogotá posible: la Bogotá sin bogotanos. Se fueron ya esos lindos días de esa estrofa que dice “ojalá Bogotá fuera así todo el año” repetida una y otra vez mientras se lamenta uno de las chichoneras en Cartagena o Melgar. Pienso en quienes nos quedamos como la última estirpe del cachaco maluco: una familia en permanente estado de circunspección y desdén.

Estuve esta semana en el estudio de Luciano Denver, un artista argentino que se vino a vivir a la ciudad donde nunca para de llover hace como siete años. Inició su vida profesional como arquitecto, pero no mucho tiempo después de vender el alma y regalar su talento al diablo de la maqueta y el render, se decidió por el desagradecido y tortuoso mundo del arte –lo cual agradezco porque de lo contrario no sabría de qué escribir esta semana–, en su caso una serie de imágenes diseñadas por computador que retratan toda suerte de escenarios utópicos latinoamericanos– esos donde los vendedores ambulantes no emboscan y los turistas bogotanos no estorban–. En fin, estuvimos oyendo el unplugged– desconectado, dirán los formalistas– de Charly García. Bailamos eufóricos “yo no quiero volverme tan loco” y coincidimos en que García era de lejos lo mejor que ha nacido en la tierra de Gardel. Los fotomontajes de Luciano son territorio seguro. Podrían funcionar como menticol sobre la piel irritada por sobredosis de posverdad, pero funcionan mejor como obras para comedor de casa de lujo en Anapoima. Hacer de Peñalisa y Mesa de Yeguas un lugar más acogedor para los vacacionistas es algo digno de ovación  de quienes preferimos quedarnos en Bogotá en temporadas vacacionales o para ponerlo en lenguaje Charly, de quienes huimos de la cama hacia el living.

Dos días después estuve en un conversatorio en la galería SGR donde hice las veces de moderador. Steven Guberek, quien es el propietario y jefazo de esa galería, me invitó cordialmente a servir de maestro de ceremonias del conversatorio –¿existirá una palabra que supere el letargo y tedio  que produce el simple hecho de mencionar esa actividad?–. Como recogiendo el guante después de un texto que publiqué en este mismo espacio titulado: Psicodelia en tiempo de guaro, perico, tusi y sexo y que tenía tal exposición como fondo –más que como tema–, Steven me dijo que quería que ese texto fuera leído para introducir el evento. Le expliqué que no tenía sentido basarse en un texto de ficción para hablar de algo real –o al revés–, pero no le dije que en realidad me da pereza dar explicaciones sobre cosas que no tienen explicación. En vez de leer mi texto, que lo sitúo dentro de una especie de crónica anodina, decidí compartir un par de párrafos de Terence McKenna tomado de su libro La Nueva Conciencia Psicodélica, y que reproduzco a continuación:

“Mi visión del futuro humano final es un esfuerzo por exteriorizar el alma e interiorizar el cuerpo, de modo que el alma exterior exista como un lente superconductor de la materia translingüística generada por el cuerpo de cada uno de nosotros en una coyuntura crítica de nuestro bar mitzvah psicodélico. El propósito de la vida es familiarizarse con [el] cuerpo posterior a la muerte de modo que el acto de morir no cree confusión en la psique. No creo que el mundo está formado por quarks y ondas electromagnéticas, o estrellas, o planetas o ninguna de esas cosas. Creo que el mundo está formado por el lenguaje”.

Creo que casi nadie reparó en ese –de verdad psicodélico– punto de partida que invitaba a llorar sobre la leche derramada de las revoluciones fallidas, en cambio un par de personas parecían tener muchos problemas con el artículo que escribí sobre eso, lo cual me preocupa porque pensé que estas columnas no las leía nadie, o al menos carecían de importancia crítica. Una persona incluso alzó su voz de rechazo seguido de un retiro impecable. Casi se podía oír un portazo a pesar de no haber puertas a la vista. Esto me hizo pensar en la necesidad de tener más tacto a la hora de escribir estos artículos, pero después me hizo pensar en lo idiota que me debo ver pensando. El conversatorio terminó abruptamente para fortuna de quienes nos aburríamos alegremente. La gente ha vuelto a la ciudad. Los conversatorios también.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

Queremos conocerlo un poco,
cuéntenos acerca de usted:

Maria,

Gracias por registrarse en REVISTA ARCADIA Para finalizar el proceso, por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com

Maria,

su cuenta aun no ha sido activada para poder leer el contenido de la edición impresa. Por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com

Para verificar su suscripción, por favor ingrese la siguiente información:

O
Ed. 157

¿No tiene suscripción? ¡Adquiérala ya!

Su código de suscripción no se encuentra activo.