Dandara Raimundo, Isabel Martins Zua, Lívia Laso y Daí Ramos en Kbela, de Yasmin Thayná. Foto: Alile Dara Onawale. Dandara Raimundo, Isabel Martins Zua, Lívia Laso y Daí Ramos en Kbela, de Yasmin Thayná. Foto: Alile Dara Onawale.

Artistas negras: diálogo entre cine, performance y artes visuales

Marcadas por procesos creativos poco tradicionales, producciones contemporáneas realizadas por artistas negras, como 'Pontes sobre abismos', 'NoirBLUE' y 'Kbela', ponen al descubierto intersecciones entre lenguajes, dispositivos y formatos. | De nuestra alianza con 'Contemporary And (C&)'.

2018/12/03

Por Heitor Augusto

Este artículo apareció originalmente en Contemporary And (C&) América Latina: revista de arte contemporáneo en los puntos de encuentro entre América Latina, El Caribe y África

El cuerpo negro que performa, fabula y forja futuros está en la propia génesis del cine negro. Entiéndase aquí “cine negro” como una categoría política más que estética, un gesto de demarcar la presencia de cuerpos negros que ocupan el lugar primordial en la realización de una película: la dirección. No obstante, es necesario un debate más amplio, que todavía no ha tenido lugar, para interrogarse qué obras y estéticas constituyen ese Cine Negro.

Alma no olho (1974), primera película de un realizador negro brasileño que pone su negritud en el centro del acto cinematográfico, presenta a Zózimo Bulbul –director, actor, guionista y productor de la película– (re)contando cuatro siglos de vidas negras en Brasil por medio de un único cuerpo (el suyo), un único escenario (un estudio en fondo blanco infinito) y ausencia de diálogos, contrapuesta a los sonidos vibrantes y la banda sonora de John Coltrane. Un cuerpo frente a una cámara comunicando una experiencia diaspórica.

Cine, performance y artes visuales

Corte a 2018. En producciones negras contemporáneas, en especial las hechas por mujeres, la performatividad no sólo mantiene su fuerza sino que ha buscado un diálogo que supera tanto lo específico de la performance en sí como lo especifico del Cine (aquí en mayúsculas para denotar un conjunto de reglas que delimita qué es y qué no es una película) tomando prestado dispositivos y procesos de creativos de las artes visuales.

Por ejemplo, confesadamente influida por Alma no olho, la película Kbela (2015), de Yasmin Thayná, abre de manera explícita un frente de diálogo con performances e intervenciones de artistas negras. Y no sólo eso. La propia puesta en escena del cortometraje moviliza los cuerpos performáticos. Cada escena constituye una unidad de sentido en sí, que puede ser apreciada aisladamente, fuera del contexto de la película. “Ejemplo de esto es la performance Bombril (2010), de Priscila Rezende, indispensable para el universo de referencias del cual se alimenta Kbela”.

Más allá del ritmo propio de cada una de las secuencias, todas constituyen y construyen. El resultado es un cortometraje con dos líneas de fuerza: una que apunta a diagnosticar los dolores, los traumas y las neurosis causadas por el racismo; otra comprometida en ofrecer, por medio de la propia obra, una instancia de cura y fabulación del futuro. La obra circuló en espacios de cine tradicionales (Festival de Rotterdam, Muestra Black Rebels) y en museos (por ejemplo, integró la exposición Diálogos ausentes (2016), del Itaú Cultural, en São Paulo).

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Cuerpo como soporte

Si para construir bloques de sentido Kbela toma préstamos de la performance, NoirBLUE – Deslocamentos de uma dança da un paso en otra dirección: la película misma es un acontecimiento cinematográfico que desborda lo específico de cada campo artístico. Estrenada por la directora Ana Pi en el 19º Festival Artdanthé, en Vanves, Francia, la danza-performance adquirió una bienvenida existencia cinematográfica al tener su “versión” fílmica exhibida y premiada en el 20º Festival Internacional de Cortometrajes de Belo Horizonte en 2018.

En el proceso creativo para NoirBLUE – Deslocamentos de uma dança, Pi moviliza la noción de cuerpo como soporte fundamental para la performance, o para el teatro y la danza. Cuerpo negro que carga recuerdos y que también irradia futuro. Pero no se trata sólo de un cuerpo que baila y de una cámara que registra el baile. Es más que eso: ahí está el cine, visible en la ubicación de la cámara y en el desplazamiento de los cuerpos por el espacio, constituyendo planos y no meras tomas. Y en la expresividad de una narración cadenciosa que, en vez de organizar y orientar la experiencia, nos invita a adentrarnos en un personaje: Ana, la artista brasileña que viaja por el continente africano, encontrando cercanías y reconociendo distancias. Y el cine está también en la consciencia del poder que significa mostrar y esconder, en la belleza que representa llenar la pantalla de negro y azul. Y, por último, en la precisión con que se trabajan el tiempo de espera de la acción y el de la propia acción.

Puentes sobre abismos

También es cine Pontes sobre abismos, aunque su génesis y su circulación estén más vinculadas a galerías y museos. Idea y realización de Aline Motta, la obra surge simultáneamente como vídeo-instalación –exhibida en la muestra Narrativas do Invisível (2016), en el Itaú Cultural, de São Paulo– y como serie fotográfica, ya que una de sus imágenes integra la exposición Histórias Afro-Atlânticas (MASP e Instituto Tomie Ohtake).

En su vida cinematográfica, el corto Pontes sobre abismos construyó una narrativa de formación racial brasileña, y hace un recorte del abuelo de la artista en tres telas: un abordaje nada tradicional del cine. En la instalación, el film se extendía en tres pantallas, cada una de las cuales exhibía una película “distinta”, y el visitante decidía cuál de las tres quería seguir. En la sala cinematográfica, la obra pasa a ser vista en una sola pantalla con tres cuadros y el espectador debe repartirse entre ellos. El espectador ya no controla el flujo de la observación y pierde la posibilidad de determinar la dirección de su propia mirada.

Dentro de un único soporte –la pantalla de cine–, tres películas se desarrollan simultáneamente, formando un único filme que cae sobre una nuestra frente como una cascada. En el magnífico final, un leopardo gana simultáneamente las tres ventanas de la pantalla, y es envuelto por la narración de la autora que “revela” el “tema” de la película.

Hay otros cortometrajes que también constituyen ejemplos de la potencia que hay en la intersección entre cine, performance y artes visuales: Experimentando o dilúvio em vermelho, de Michelle Mattiuzzi; Elekô, del Coletivo Mulheres de Pedra; Limbo, de Anderson Feliciano. Un aspecto común a todas las obras citadas: la dirección, el proceso creativo, la puesta en escena y el cuerpo constituyen un mismo espacio-tiempo. Un material de igual importancia.

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Heitor Augusto es crítico de cine, curador, profesor y traductor. Curador de la muestra “Cinema Negro: Capítulos de uma História Fragmentada” y cocurador del Festival de Brasilia (ediciones de 2017 y 2018). Además de coordinar talleres regulares de crítica y cursos de historia del cine, tiene el sitio web Urso de Lata (www.ursodelata.com), donde practica una escrita que explora las intersecciones entre raza, estética y política.

Traducción del portugués de Nicolás Gelormini

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