Castillo San Felipe. Crédito: Juan Diego Duque. Castillo San Felipe. Crédito: Juan Diego Duque.

De San Felipe (el barrio bogotano) a San Felipe (el castillo cartagenero)

Crónica de un viaje artístico y accidentado de Bogotá a Cartagena, vía luces LED, vestidos de baño y jarrones de estilo helénico.

2018/03/05

Por José Fernando Aramburo

Parte 1

Mientras escribo esto, un ventilador destartalado en el techo del hotel de Cartagena donde he pernoctado los últimos tres días –que se sienten como semanas–, gira lentamente, pero casi con el ruido que hacían los grilletes que en los años mil seiscientos el inmortal Joe Arroyo eternizó en esa canción donde el español le pega a una negra. Su ruido de tren descarrilándose y su presencia amenazante –como mirándome de reojo– se ríe de mi sudor cachaco y de mi piel azotada por el sol, que es una fuerza digna de ser respetada por el forastero andino. El ventilador gira pero no ventila. Más que ventilar escupe óxido y nada –pero sobre todo nada–.

La semana pasada estuve en la inauguración de la exposición de la artista bogotana Mariana Jurado en KB y de los artistas Juan Uribe y Héctor Madera –artista puertorriqueño radicado en Ciudad de México– en la galería SGR. Alguna vez Ernesto Restrepo Morillo –sobre cuya obra escribí en mi primer columna para este espacio– me dijo que esperaba ese momento cuando escribiera sobre gente que no conociera, como anticipándose a una crisis creativa que hiciera tambalear la estructura del puente remendado con cáscaras de huevo que es esta columna. El ventilador sigue haciendo ruido pero no ventila, querido Ernesto. La jornada empezó después de almorzar en ese asadero de San Felipe donde la variedad de frituras, arepas y chicharrones funciona muy bien como cama de grasa para la combinación de bebidas baratas que sirven en los eventos artísticos del distrito artístico que es San Felipe (El barrio bogotano). Una vez resuelto este mínimo vital, fui a ver la exposición de Mariana Jurado mucho antes de la hora indicada en la invitación. La artista estaba dando los últimos toques a su instalación en KB, compuesta por globos azules dispuestos en forma de túnel que conducían a un pedestal donde descansaban unos audífonos. Nunca supe qué reproducían los audífonos porque a esa hora no había servicio. Se llegaba al trofeo siguiendo una especie de pasarela demarcada con luces de LED –de esas con olor a reggaetón y sabor a bar de Lourdes donde con Sofía hemos pasado innumerables jornadas de alegría y banalidad–. En una de las paredes se proyectaba un video que ocupaba gran parte de la pared. Como Jurado mencionó que se trataba de un documental, decidí verlo en otra ocasión: además de sufrir de un gravísimo déficit de atención, me resulta muy incómodo ver este tipo de obras con el artista presente, sobre todo porque no me gusta oír las cacofonías nerviosas que salen de mi boca nerviosa. En otra de las paredes del espacio había un almanaque con fotos de la artista en vestido de baño.

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Mariana hace uso de su cuerpo como una plastilina de kínder: sin mezquindad nos recuerda que la gente está muy delgada o es muy estúpida, y con agudo sentido del humor reflexiona sobre los mecanismos simplistas con los que hemos construido perpetuando un idealismo famélico en tiempos de selfies, óxido y nada. Mariana nos advierte sobre el espejismo de modelo de revista de moda o estrella de Instagram que a su vez nos mira con desprecio, cara de culo, o en el mejor de los casos parece ignorarnos, mientras juzga nuestra fealdad que es aquí un eufemismo para nuestra pobreza: nuestra esclavitud. Me regaló un pin donde aparece usando un vestido de baño estampado con la bandera confederada gringa: esa misma que campea en la era Trump con sabor a cajita feliz mezclada con pólvora de cañón con las que los tiranos españoles nos defendían de los piratas.

Pam-pam-pam

Pasé después por la exposición de Juan Uribe y Héctor Madera. La exposición de Uribe, titulada “modern anxieties, same ancient problems” (ansiedades modernas, mismos problemas antiguos) de mi querido amigo Uribe, está compuesta por una serie de jarrones de estilo helénico pero adornados con una especie de emojis que evocan –como indica el nombre de la exposición– el estado de ansiedad y evasión propio de los jóvenes –de todas las edades– de hoy en día, para los que un minuto sin revisar Facebook equivale al confinamiento en un calabozo de Tolemaida. Había también lo que parecía una alfombra persa suspendida en el aire –como lo haría si estuviera piloteada por un genio desembotellado– sostenida por hilos de nylon –un truco que parece nunca envejecer–. En una de las paredes estaba la pintura de un meme al estilo del ecce-homo de Borja que aún no he procesado del todo y el gran muro contiguo estaba atestado de calcomanías de todo tipo que el artista escogió junto con la artista barranquillera Alexandra Arciniegas. Lamenté una vez más esa tendencia muy propia de las galerías jóvenes en ahorrarse los gastos de un curador o un museógrafo. En la sala de proyectos de la galería estaba expuesta la muestra del artista puertorriqueño Héctor Madera. Había un par de pinturas que mezclaban elementos propios de la vida urbana en el caribe –donde el tirano del norte parece haber triunfado para siempre– , un grupo de pequeños collages (¿?) que evocaban las últimas pinturas de Matisse, pero con figuras alusivas a deportes, violencia y bellaqueo –como dicen por allá–. El punto crucial de esta exhibición titulada “Estaba perdido, pero estar perdido nunca se sintió tan cabrón”, y que es preciso leer con acento puertorriqueño, era una fuente amarilla cuya construcción fue hecha a cuatro manos con el también boricua y mítico artista Radamés “Juni" Figueroa, cuyo contenido el público se apresuró a beber como pueblo sediento del antiguo testamento. Se rumoraba que su agua estaba ligeramente envenenada con MDMA o éxtasis en su estado puro: de ese que toman los jóvenes ansiosos en fiestas electrónicas que duran días y no tienen ni pies, cabeza, ni fin.

Los tumultos de estudiantes, artista y visitantes ocasionales aglomerados tratando de probar un poco de la bebida prometida, fue como una bocanada de verdad y tristeza: Había mucha confusión pero sobre todo había mucha nada. Una semana después estaría en un avión con rumbo a Cartagena de Indias para asistir al FICCI, del que no vi casi nada, pero eso no importa mientras el ventilador gire como hipnotizador parsimonioso o como una eficiente máquina de sopor.

Continúa…

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