Fotograma de 'Egon Schiele: Tod und Madchen'. Fotograma de 'Egon Schiele: Tod und Madchen'.

El mundo y el tiempo de Egon Schiele

Una mirada a la vida y obra del audaz artista erótico suscita preguntas sobre la relación que existe entre el arte y la moral.

2018/01/11

Por Halim Badawi

Probablemente el artista austriaco Egon Schiele (1890-1918) haya sido, a pesar de su corta vida (28 años), uno de los más audaces pintores del cuerpo femenino durante la primera mitad del siglo XX. Cualquier análisis que hagamos sobre su trayectoria requerirá, antes que nada, ubicarlo en el difícil contexto social y político de su tiempo. Schiele nació y vivió casi toda su vida durante el reinado de Francisco José I, el penúltimo emperador de Austria, regente por un largo período (entre 1848 y 1916), un líder recordado por su catolicismo extremo y por un carácter reaccionario que ayudó a fomentar el ambiente puritano predominante en Austria durante la antesala de la Primera Guerra Mundial. El mismo Sigmund Freud, fundador del psicoanálisis (por entonces también residente en Viena), al ser nombrado profesor extraordinario por el emperador, se preguntaba cómo éste último lo había podido nombrar teniendo en cuenta que sus investigaciones versaban sobre la sexualidad humana. Desde luego, para Freud, estas investigaciones parecían no encajar en el programa político del Estado.

En medio de este ambiente, Schiele realizó su trabajo, una intensa carrera en muy pocas obras: unas 340 pinturas y 2800 dibujos sobre papel. El artista construía el cuerpo femenino a partir de modelos al natural, mujeres jóvenes desnudas (algunas veces adolescentes), cuyos cuerpos le permitían explorar plástica, erótica y psicológicamente los distintos momentos en el desarrollo de la sexualidad femenina, el impulso sexual libre de los prejuicios que el establecimiento austriaco, la moral, las leyes relacionadas con el pudor y toda suerte de convencionalismos, imponían a la pintura de desnudo. Igualmente, Schiele se pintó desnudo a sí mismo, contorsionando su cuerpo de forma extraña, misterioso y mistérico, con gestos heredados del teatro y del art nouveau precedente, con su estilización y elongación exagerada de los cuerpos, representados siempre con una iluminación dramática, de abajo hacia arriba, sombría, sugestiva.

Schiele fue discípulo del célebre Gustav Klimt (1862-1918), pintor simbolista y miembro de la Secesión Vienesa (el ‘art nouveau austriaco’), el movimiento modernista por excelencia en esta región de Europa. Klimt y sus colegas también representaron el cuerpo femenino, pero lo hicieron desde una estética más florida y decorativa, con su uso del ‘pan de oro’ sobre la pintura y con cierto pudor en la representación del cuerpo desnudo que no escandalizaba a sus contemporáneos. Mientras Klimt pintaba familias tradicionales, maternidades y besos (la mujer asumiendo los roles tradicionales asignados por la costumbre), Schiele, por el contrario, pintaba el cuerpo femenino de una forma más expresionista, pintaba el cuerpo no vinculado necesariamente con algún oficio o rol socialmente asignado (una pintura sin construcciones narrativas o moralizantes alrededor del cuerpo femenino en sí mismo), con pinceladas violentas de color o con un trazo desgarrado, seres sexuados, contorsionados, con sus senos y vulvas al descubierto, y con sus rostros cincelados por la deformidad, la lascivia y el erotismo. Una obra que, si bien fue expuesta y reconocida por sus contemporáneos, sufrió la persecución policial y el escándalo: un coctel de vida que, hoy, resulta propicio para la industria cinematográfica.

La vida de Schiele nos revela y anticipa innumerables claves (y nos plantea también innumerables preguntas) que nos sirven para entender, ahora más que nunca, nuestro presente: ¿podemos mezclar la vida personal, el genio y la producción artística con la valoración estética o poética que hacemos del artista? ¿Podemos juzgar moralmente una obra de arte, permitirnos censurarla? ¿Qué relación existe entre el arte y la moral? (Ya Débora Arango, la pintora colombiana, en la década de 1940, decía que no existía ninguna relación entre ambas categorías). ¿Podemos juzgar el pasado con los parámetros históricos y morales del presente, con nuestros ojos actuales? ¿Existe el arte como un territorio de excepción frente a la realidad, como un momento suspendido en el espacio-tiempo, un momento ficcional en el que, con absoluta libertad, se permite todo lo que nos es negado a la carne? ¿Nos permite el arte explorar las dimensiones de la naturaleza humana que no podríamos explorar de otra forma, que nos son negadas en el día a día, y en esa exploración, generar las condiciones para la liberación más auténtica de nuestra especie? ¿Es una de las misiones del arte el importunar y el ofender, y así ayudar a transformar críticamente la realidad? La película Egon Schiele: Tod und Madchen, en Cine Colombia desde el 11 de enero, sin duda nos ayudará a pensar en posibles respuestas.

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