Marte, dios de la guerra. Instalación sobre panel de drywall. Dibujo en limadura de hierro sobre lámina magnética (izquierda). Esferas de hierro. Fundición en hierro a partir de modelado en cera de abeja. 17.5 cm de diámetro c/u (derecha). Cortesía: Galería SGR. Marte, dios de la guerra. Instalación sobre panel de drywall. Dibujo en limadura de hierro sobre lámina magnética (izquierda). Esferas de hierro. Fundición en hierro a partir de modelado en cera de abeja. 17.5 cm de diámetro c/u (derecha). Cortesía: Galería SGR.

El arte y la pose. Sobre ‘Sagrada violencia’, de Daniel Acuña

Un comentario sobre la más reciente exposición del artista bogotano en la Galería SGR, que explora la relación entre el planeta Marte y el dios romano de la guerra para preguntarse por la dificultad para abordar el problema de la violencia.

2019/04/17

Por Pablo Obando Guzmán

Buscar un buen lugar para sentarme o recostarme, poner un vaso de agua al alcance de la mano y un lápiz con la punta bien afilada; así, a grandes rasgos, empieza mi ritual de lectura literaria. Y, bajo esa misma lógica, hago todo lo necesario para que a lo largo de ese momento de interacción específica pueda agudizar los sentidos, sensibilizar el cuerpo –no es, no puede ser simplemente un ejercicio mental– a través de mis ojos. En otras palabras, leer literatura supone una actitud, una disposición, una pose. Y este ejercicio, hoy contracultural, es el que creo demanda toda aproximación artística; ni la literatura, ni la música, ni el arte tradicionales se limitan a la concentración de un sentido (una de las razones, tal vez, de su crisis presente). Son interacciones costosas, demandantes, aeróbicas.

Lenta y conscientemente me preparé entonces para Sagrada violencia, la exposición que el artista Daniel Acuña presenta hasta el 28 de abril en SGR galería. Exploré su trabajo, intenté estudiar qué ha hecho antes para saber con qué podía encontrarme; algo así como leer la contraportada de un libro nuevo que uno apenas empieza a sostener porque le llamó la atención en un estante. Me encontré con trazos, líneas, nubes, huellas, rostros, tonalidades, hierro, grafito, polvo de carbón. Al final sentí que me debía preparar para enfrentar un trabajo críptico que me anticipaba que ver sería insuficiente; me anticipaba que en la exposición iba a tener que incomodarme, interactuar, participar.

Así, bajo esta preparación, forzando la atención plena de mis sentidos y cargando mi libreta y mi esfero elegidos para estos eventos, llegué a Sagrada violencia. Entré y, de frente, me encontré con una pared diagonal en la que hay un dibujo de una circunferencia rojiza de unos 80 cm de diámetro encerrada en un marco blanco. Sin entender muy bien avancé un poco más y, enfrentado con el primero, me encontré un dibujo en blanco y negro de unos tres metros de alto: un hombre monumental y musculoso con un casco, una lanza, un escudo y una mirada amenazantes. Empecé a mirar a mi alrededor (no había un texto, una ficha técnica, algo que me guiara un poco) y vi que encima del hombre hay una ventana pequeña y redonda que lo ilumina. “Como una especie de halo”, pensé. Me volteé hacia mi derecha para seguir el recorrido y me encontré de frente con una pila de esferas cafés debajo de una esfera igual que cuelga del techo gracias a una cadena y con un muro de ladrillo que acaba en el extremo derecho y que desde allí parecía tener otro detrás. A mi derecha, además, había una especie de cuarto, pequeño y aislado. Me acerqué y me di cuenta de que esas esferas son en realidad bolas de cañón pesadas y golpeadas, con cicatrices redondas en todo su alrededor. Intuyendo que no era una simple pared de la galería caminé hacia al muro para verlo de cerca (las otras son blancas, planas) y lo recorrí de izquierda a derecha. Cuando llegué al extremo derecho vi que entre ese muro y el que está inmediatamente detrás hay un pasadizo de menos de un metro de ancho por el que cabe una persona, dos quizás. Antes de avanzar, sin embargo, quería ir al cuarto pequeño. Allí me encontré con lo que estaba buscando: pistas escritas. En una mesa están dispuestas las invitaciones a la exposición y un cuadernillo de papel en cuyo interior está “Manual para abordar la propia violencia”, un texto con diez puntos que recorren la violencia desde lo cósmico y lo sagrado hasta lo corporal y lo cotidiano. Detrás, en la contraportada del cuadernillo, hay un plano de la exposición con la ficha técnica de cada obra. Acá, entonces, empecé a unir piezas.

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La primera figura redonda con la que me había encontrado es el planeta Marte, un “dibujo en limadura de hierro sobre lámina magnética” y el hombre monumental es Marte, el dios de la guerra dibujado con la misma técnica. Ambas, según el plano, son una misma obra enfrentada de la que –entendí entonces– yo estaba obligado a formar parte. Atravesado, yo interrumpía y al mismo tiempo conformaba esas dos manifestaciones de Marte hechas de hierro. Las bolas de cañón son esferas de hierro –un patrón, definitivamente– y los muros (que aún no había atravesado) son una instalación, una escultura hecha de ladrillo crudo. Y detrás de los dos muros hay una quinta obra hecha en óleo llamada “Tormenta”. En el cuarto pequeño, además, hay trece textos numerados pegados a dos paredes enfrentadas. El primero es el mismo que me había encontrado en el cuadernillo, y a ese le sigue un texto sobre la “identificación proyectiva” que describe cómo el ser humano proyecta aspectos propios en otros. Y a estos dos le suceden once textos más que, directa o indirectamente, se refieren a la violencia. Algunos hablan sobre el cosmos, los dioses y el hierro (allí entendí la relación entre ese material, Marte y el armamento humano) y otros sobre la relación entre el humano, el arte, la literatura y la violencia. Los textos, como el del cuadernillo –y como la exposición, ahora entendía– lo llevan a uno por un recorrido desde las violencias universales y etéreas hasta las más humanas y psicológicas; todas, sin embargo, parten de una misma violencia general y escencial –sagrada– que me es tan propia como ajena, que voy reconociendo en mí en la medida que avanzo por la exposición.

Antes de seguir me quedé pensando en un texto específico –el octavo– que habla sobre la dificultad de la exploración consciente de un espacio. Me llevó a pensar en mi relación con el espacio, en la artificialidad sagrada (o sagrada artificialidad) del espacio artístico: galería, libro, concierto. Pensé en mi ritual –artificial, premeditado, performático– en esos espacios, y en cuánta violencia supone ese gesto excluyente, costoso y distante. Continué el camino de la exposición, aunque ya abstraído, desatento. Crucé el espacio entre los dos muros y vi que tenían los mismos círculos, las mismas cicatrices que tenían las esferas de hierro. Llegué a “Tormenta”, una nube roja de tres metros de ancho (“El mismo tamaño del Marte de la entrada pero dispuesto horizontalmente”, pensé) que efectivamente parece anunciar –o denunciar– una tempestad. Allí termina la exposición, pero mi ejercicio había acabado unos metros antes. Mis sentidos ya no estaban al servicio del espacio, sino concentrados en mi forma de entender ese espacio creado para el arte.

Me sentí ridículo en mis rituales, y pensé en la contradicción inevitable de esa disposición. Me preparo conscientemente para interactuar con el texto, con el sonido o con la imagen, y creo que eso me permite realmente acceder a un contenido determinado; pero es ese ejercicio preparado, esa pose lo que no me permite participar de él con naturalidad. Me pensé como uno de esos tantos que, ignorantes, hablan del arte con propiedad académica y academicista. Todo para, al final, escribir sobre una exposición cuya consecuencia placentera se convirtió en reproche, cuya sensación de satisfacción se volvió frustración. Todo para, al final, seguir reforzando la idea desalentadora de que el arte –como yo– está tan untado de mundo que su espacio es igual de performático a la realidad.

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