‘Una milla en mis zapatos’ del Museo de la Empatía. Crédito: Tracy Kidd ‘Una milla en mis zapatos’ del Museo de la Empatía. Crédito: Tracy Kidd

El mundo tiene un nuevo Museo de la Empatía

El proyecto de la artista inglesa Clare Patey es un éxito. El Museo de la Empatía ha viajado por Inglaterra, Irlanda, Escocia, Australia y Brasil enseñándole a miles de visitantes lo que significa caminar en los zapatos del otro, literalmente.

2018/04/02

Por Cristina Esguerra

En 2015, la artista inglesa Clare Patey fundó el Museo de la Empatía para que hombres, mujeres y niños salieran de su zona de confort, pensaran por un momento en los demás, y se interesaran por mirar el mundo a través de los ojos del otro. Con proyectos participativos como ‘Una milla en mis zapatos’ y ‘Mil y un libros’ el museo invita a sus visitantes a descubrir cómo la empatía tiene el poder de cambiar sus relaciones interpersonales y de hacerles cuestionar sus prejuicios y valores.

El Museo de la Empatía –administrado por la organización de artistas Arts Admin– comenzó en Londres, pero ahora viaja por el mundo en una gigantesca caja de zapatos contando y recolectando historias.  Hablamos con Clare Patey sobre cómo caminar en los pasos de alguien más.

¿De dónde surgió la idea de hacer un Museo de la Empatía?

Hace un par de años el escritor Roman Krznaric, autor del libro Empatía: Por qué importa y cómo conseguirla (Empathy: Why it matters and how to get it), me contactó porque quería convertir parte de la teoría que desarrolla en su libro en algo que la gente pudiera hacer. Mi trabajo como artista se ha concentrado en la idea del museo como espacio cultural y Krznaric me pidió que pensara en proyectos que pudiéramos convertir en algo que se llamara el Museo de la Empatía.

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¿Cómo le dio forma a esa idea?

Empecé pensando en el concepto de empatía y en el espacio público. En varias ciudades –bueno, en Londres, donde vivo– el espacio público se está privatizando y reduciendo. Se me ocurrió que el museo podría tomar la forma de una tienda para que la gente, en vez de irse de compras en la típica calle llena de almacenes, tuviera una experiencia distinta. El museo –pensé– debía tomar la forma de un lugar fácil de reconocer como un café o una tienda de zapatos.

Crédito: Kate Raworth

Cuando leí el libro de Krznaric me di cuenta de que la mayoría de la gente describe la empatía como mirar el mundo a través de los ojos de otro o caminar en los zapatos de otra persona. Eso me hizo pensar en que podríamos empezar con una tienda de zapatos a la que la gente va no para comprar zapatos, sino para caminar en los zapatos de un extraño mientras este le cuenta su historia.

¿A qué atribuye el éxito del museo?

A varias cosas: primero, es divertido y a la gente le gusta participar. Es como cuando uno de niño jugaba a disfrazarse y se ponía los zapatos de la mamá y daba vueltas por la cocina. Segundo, es una idea simple y fácil de entender, así la persona no vaya a museos con frecuencia. Tercero, las personas que están haciendo sus compras ven una enorme caja de zapatos y les da curiosidad saber qué hay dentro. Cuarto, las coyunturas actuales han hecho que la empatía se convierta en uno de los temas del día, precisamente porque parece estar escaseando.

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Por último, está relacionado con el poder que conlleva contar una historia. Los relatos generan conexiones entre personas. No importa si se trata de la historia de un refugiado o de un neurocirujano, tiene una dimensión humana con la que todos nos podemos identificar. Puede tener un impacto tan poderoso que lo lleva a uno cuestionar sus prejuicios sobre las trabajadoras sexuales o sobre las personas transgénero. En el video que tenemos publicado en nuestra página web aparece la entrevista de un señor que dice que la experiencia hizo que le gustaran más las personas. Esa respuesta me pareció genial.

Crédito: Cat Lee

¿Podría describirnos la experiencia que tienen los visitantes del museo?

Es más poderosa de lo que puedo describir. Hay algo especial en el ponerse los zapatos de quien está contando su historia y encarnar a esa persona. Eso, sumado al esfuerzo físico que implica caminar en zapatos de otro, genera un gran impacto. Durante el recorrido se crea una conexión emocional. Hay que vivirlo.

¿Cómo consiguen los relatos?

Tratamos de que estén relacionados con el lugar donde está en ese momento el museo. Cuando viajamos a otras ciudades buscamos personas que nos cuenten historias sobre lo que la comunidad está viviendo. Por ejemplo, si una fábrica cerró sus puertas hace poco y cientos de personas perdieron su trabajo buscamos alguien que nos hable del tema. Pero también pueden ser relatos sobre la noche de bingo que organiza el pub del barrio todas las semanas. Lo importante es que reflejen la comunidad. Por eso intentamos conseguir personas de diferentes edades, clases y razas, y de darle voz a quienes normalmente no tienen.  

Crédito: Kate Raworth

¿Cómo es el proceso de producción?

Trabajamos con productores y periodistas de radio. Ellos nos ayudan a editar y a darle forma a los relatos. Yo me reúno primero con quienes van a narrar su historia, y hablo con ellos sobre qué quieren contar y cuál es la mejor manera de hacerlo. Luego, junto a cada uno de ellos con un productor de radio. Estos los entrevistan durante dos o tres horas, y editan el material hasta que queda convertido en una narración de 10 minutos.

¿Cuál es la experiencia de quienes cuentan su historia?

Intentamos organizar el proceso de tal manera que para ellos la experiencia sea de catarsis y empoderamiento. Por eso tratamos de mantener el contacto y de vincularlos al museo, incluso después de que nos hayan contado su historia. Recuerdo un refugiado de Siria que nos contó que lo habían entrevistado varias veces pero que siempre le preguntaban por la guerra o por la travesía hasta Europa. La gente olvidaba que él también era un papá, un apasionado del fútbol y un fanático de David Bowie. Contar su historia de esa manera le había dado la oportunidad de recuperar su identidad y ser más que “un refugiado de Siria”. Nosotros no juzgamos lo que las personas quieren contar.

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¿Qué espera que la gente saque de la experiencia del Museo de la Empatía?

Varias cosas. Se trata de que el visitante entre en contacto con alguien con quien normalmente no se toparía en su día a día. Nuestra experiencia de vida suele ser bastante reducida y tendemos a rodearnos de personas parecidas a nosotros. La idea es ampliar el horizonte de nuestros visitantes e impulsarlos a intentar ver el mundo a través de los ojos de otro. Esperamos que esa experiencia los haga cuestionar sus propios prejuicios y valores, y los haga reflexionar sobre su vida. También que despierte compasión.

El ejercicio mismo de escuchar es importante y puede llegar a tener mucho impacto. La gente no suele saber escuchar. ‘Una milla en mis zapatos’ es un ejercicio que invita al visitante realmente escuchar al otro.

¿Y el proyecto ‘Mil y un libros’?

Surgió a partir de una alianza con el Festival Internacional de Londres. Siempre había querido hacer algo relacionado con bibliotecas, sobre todo porque en Inglaterra muchas de las de barrio están cerrando. Además, la literatura permite experimentar la empatía de una manera muy particular: le abre a uno otros mundos y le permite imaginar cómo sería la vida de una mujer francesa en el siglo XVIII.

Para el proyecto invitamos a la gente a donar su libro favorito y a escribir una nota sobre por qué les gustó tanto, pero sin mencionar el título. Ningún libro tiene tapa. Las personas vienen y se llevan uno basándose en lo que otros escribieron. El proyecto ha gustado mucho pero hasta ahora el momento de pasarle el libro a otra persona no ha funcionado muy bien. Creo que si tuviéramos una sede fija sería más fácil, y la gente tendría la oportunidad de donar más libros.

¿Qué planes tienen a futuro?

En un par de días vamos al Festival de Teatro de Escocia donde vamos a hacer ‘Una milla en mis zapatos’ con historias de adolescentes. Estamos pensando en ir a festivales en Estados Unidos y en Rusia, Colombia también nos parece un destino muy interesante.

Estoy mirando la posibilidad de tener una sede fija y de viajar por el mundo con nuevos proyectos. Se me ocurre, por ejemplo, tener varios locales –una peluquería, un café, una tienda de zapatos– con un proyecto distinto relacionado a cada uno de ellos.

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