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Feijoas de la sabana

Lo que recuerdo de los eventos que visité la semana pasada y algunos apuntes sobre la feijoa.

2018/02/07

Por José Aramburo

Recolectar hojas de árboles de feijoa –también conocida como la guayaba del Brasil– se presentaba como la mejor manera de evadir los complejos bemoles de la vida urbana en tiempos de apoteosis peñalosista. La idea era seleccionar algunas hojas de cada árbol que serían almacenadas dentro de una bolsa de plástico. La bolsa sería consignada en un laboratorio de la Universidad Jorge Tadeo Lozano para determinar cuánto sufrían esos árboles por cuenta de la fábrica de cables que humeaba a pocos metros. Recorrí cada surco de árboles de feijoa como si estuviera en un supermercado vacío por liquidación. Pensé en los pinos y eucaliptos que rodeaban la finca: árboles viejísimos de los que se saca la leña para calentar la casa. Pensé en el horror de los pinos y eucaliptos cuando sentían la presencia del leñador y el filo de su hacha. Pensé en la irrelevancia del arte político. Pensé en la irrelevancia de todas las formas de arte. Pensé en la irrelevancia de esta columna y fui feliz.

“La feijoa es rica en vitamina A, B1, B2, B3, B6, B9, C y E. En cuanto a minerales nos aporta hierro, calcio, magnesio, fósforo, potasio, sodio y zinc. La feijoa ayuda a prevenir la depresión. Por sus componentes y por la acción de la clorofila en el sistema nervioso central, mejora los estados de ánimo, combate la fatiga, estrés, irritabilidad y es antidepresivo. La feijoa se utiliza como terapia antiradicales libres, mejora los síntomas de los estados gripales por su contenido de vitamina C. Se utiliza en los trastornos de la glándula tiroides al contener yodo. Mejora las funciones renales.” 1

Estuve en la exposición que se presenta en Espacio Odeón titulada La nariz del diablo. La exhibición, con curaduría de Equipo TransHisTor(ia) –nunca he entendido esta tendencia de mezclar letras mayúsculas y minúsculas como tratando de hacer complejos juegos de palabras pero eso tampoco tiene relevancia– presenta obras de Antonio Caro, Elkin Calderón, Nadín Ospina, Fernando Arias y Juan David Laserna entre otros, se plantea como una colección de trabajos que conversan sobre la mezquina visión económica diseñada para enfrentar los retos del posconflicto –esto sí deberá ser escrito combinando mayúsculas y minúsculas– haciendo énfasis en la minería, turismo y construcción de mega obras públicas como los motores con los que se plantea el futuro económico nacional –que es también el futuro de las feijoas–. Las obras son en sus gran mayoría una especie de grandes cañonazos del arte denuncia entre los que sobresale el sobreexplotado –casi más que el cerrejón– Colombia de Caro, en esta ocasión sobre fondo plateado, acompañado del mapa político nacional limitado por unas bandas de esas que se usan para ordenar las colas bancarias. De hecho la mayoría de obras son del célebre artista conceptual. Se podría decir que todo es carísimo –acepto que es un pésimo chiste– en esa exposición extractiva. También se pueden ver algunos videos, entre los que destaco el de Elkin Calderón titulado Libertalia, sobre todo porque cualquier video hecho desde un dron vale la pena ser visto una y mil veces. Había también una colección de viejos afiches de promoción turística que habían sido marcados violentamente por cuenta de un letrero ilegible, probando que la posverdad no ha sido inventada todavía –además de ser una horrenda palabra–. Me acordé de ese meme que mostraba la nariz del diablo pero con una montaña de cocaína bajo las fosas nasales y reí como loco mientras el vigilante me miraba con desdén.

Salí de Odeón pensando en el pésimo feng shui de esa mega obra que es Odeón y en lo difícil que es ocupar dignamente su estructura de discoteca decadente de los noventa. Ese día también fui a MIAMI –el espacio dirigido por Juan Peláez y Adriana Martínez en Teusaquillo– para ver los avances de la instalación propuesta por Martínez que fue inaugurada el viernes pasado. La exposición tiene como título Nuestro amor será como un manantial de luz. Se trata de una hilera de cajas de televisor y computadores iluminadas tenuemente –como encendidas– dispuestas como una pared de cartón. El nombre de la exposición invita a tararear esa canción de merengue interpretada por la orquesta Rapsodia, y que bailé torpemente cuando fui a mis primeros bailes, donde los preadolescentes con sus horribles cuerpos en desarrollo bailaban –como los árboles de feijoa y las cajas de Martínez– en hilera. El cuerpo de trabajo de Martínez es una rica colección de propuestas que invitan a pensar en un subdesarrollo paradisíaco, haciendo uso de elementos iconográficos ampliamente machacados en el arte político latinoamericano, pero con el giro de quien explota al explotador. Como una revancha histórica desde el lugar del “vuelve y juega”. Jugué FIFA en la consola de Peláez y perdí miserablemente contra el Barcelona de Guardiola. Fui después al evento de presentación del Periódico de Crítica Colombiana que tuvo lugar en KB. El periódico, fundado por María Adelaida Samper, Paulo Licona, Ernesto Restrepo y Gabriel Zea, se desarrolló libre y sin programación, o mejor dicho: con la programación que resultó de la mezcla de aguardientes, cocteles y los ocasionales antagonismos que afloran cuando se reúnen los fantasmagóricos protagonistas de la estética local. Me comprometí a hacer un crucigrama para la siguiente edición y repetí hasta la saciedad la estupidez del parecido de PCC –el periódico–, con PPC –el asadero–. ¡Larga vida al Periódico de Crítica Colombiana! –y con eso quiero decir: ojalá logre al menos un par de nuevas ediciones–.

Al día de hoy no han llegado los resultados de laboratorio de la Tadeo sobre el impacto de la fábrica de cables sobre los árboles de feijoa. Lo que sí es seguro es que cualquiera sea el resultado, seguiré prefiriendo el jugo de tomate de árbol.

1. Tomado de www.elcampesino.co

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