Fernando Arias. Mesa. 2012. Madera y resina acrílica. 150 x 200 x 90 cm. Foto: cortesía del artista Fernando Arias. Mesa. 2012. Madera y resina acrílica. 150 x 200 x 90 cm. Foto: cortesía del artista

Una colección para la memoria: el acervo de Alejandro Castaño

Presentamos El destino de los objetos, el primer libro de una serie que rescatará y analizará colecciones privadas en Colombia.

2017/10/19

Por RevistaArcadia.com

En un país como Colombia, donde las colecciones públicas tienen pocos recursos para la adquisición de obras de arte, el coleccionista privado juega un papel primordial en el circuito artístico. Varios coleccionistas han hecho las veces de mecenas, o al menos de impulsores o visibilizadores de las carreras de jóvenes artistas. También cumplen un trabajo de conservación, típica de cualquier coleccionista, pero sobre todo, y esto cada vez sucede más, ahora se lanzan a activar sus propias colecciones con proyectos investigativos o pedagógicos.

Este libro, El destino de los objetos, revisa una de las colecciones de arte contemporáneo más activas del país, la del arquitecto Alejandro Castaño, que empezó a comprar obras de arte a finales de 1980 y desde entonces ha construido un importante acervo de piezas de arte contemporáneo colombiano y latinoamericano. Muchas de esas piezas se conservan hace unos ocho años en una casa del barrio San Felipe de Bogotá.

Castaño llegó a ese sector, que poco después empezó a conocerse como el Bogotá Art District, cuando todavía no había una movida artística allí. Tuvo que esperar un par de años para que se instalaran importantes espacios de creación, exhibición y comercialización como los son hoy Flora ars+natura, la galería 12:00, KB, Instituto de visión, solo por mencionar unos pocos. Hay quienes dicen que la iniciativa de Castaño de mudar su bodega a ese barrio fue uno de los factores de activación de ese nuevo y potente sector para las artes.

Esta tarde se lanzará El destino de los objetos, y también se inaugurará una muestra de la colección de Castaño en la tienda Audi de la calle 86 con carrera 11, pues fue Audi la empresa que financió el proyecto del libro.

Compartimos con nuestros lectores, entonces, un fragmento de la conversación incluida en el libro entre Diego Garzón, director de la Feria del Millón, y Alejandro Castaño, a manera de presentación.

Carátula del libro

¿De dónde nació esa pasión por el arte?

Ese interés surge con la mejor amiga de mi mamá, Lía Ganitsky, pieza fundamental en esta ecuación. Lo curioso es que al comienzo a ella no le interesaba el arte, y mi mamá, que era su mejor amiga, la motivó para que hiciera algunos cursos sobre el tema. Eso fue a finales de los años 60, ya era una señora mayor, con sus hijos grandes, y así es como conoce a Marta Traba. Ahí se da un encuentro importantísimo porque, por un lado, estaba una señora intentando aprender algo nuevo y por el otro, la que conocía el medio y sus artistas. Y de la mano de Traba, Lía comienza a hacer su colección, se emociona con el tema. Y cuando yo iba a su casa y veía todas esas obras, empecé a sentir curiosidad.

¿Qué tipo de obras veía ahí?

Me acuerdo de una “histérica” de Feliza Bursztyn, obras de Julio Le Parc, de Bernardo Salcedo… Ahí en la casa de Lía, empecé a sentir el interés y ella me adoptó en el tema del arte e incluso de la música también.  En mi casa eran muy lectores, mis papás son psicoanalistas, leían mucho, pero de arte nada, y lo que había era regalo de Lía.

¿Qué edad tenía en ese momento?

Era pequeño, tenía menos de 10 años. Su casa fue clave, era mi punto de contacto con el resto del universo, acá no llegaban muchas cosas de discos, ni de diseño, ella viajaba todo el tiempo.

¿Y en qué momento se lanzó a comprar su primera obra de arte, a qué edad lo hizo?

Yo arranqué coleccionando los afiches de las exposiciones, que era como un documento de todo lo que se mostraba en galerías y museos. Y después cuando entré a la Universidad de Los Andes, hacía cambalaches con la gente que estaba empezando, mi contacto siempre ha sido con artistas jóvenes.  Fue en la universidad cuando empecé a comprar algunas cosas.

¿Hay una pintura o un dibujo del que se acuerde como “el primero”?

No me acuerdo cuál fue. Los arquitectos compartíamos en la universidad un espacio con los artistas, con los textileros, y todo el tiempo uno miraba qué trueque hacía para tener unas obras. Pero era de algún estudiante de arte, de eso sí estoy seguro.  

¿Qué pasó con esas primeras obras, siguen siendo parte de la colección?

Fueron desapareciendo. Las fui cambiando por otras obras nuevas, las di como parte de pago de otras y así se fueron. Hay una anécdota con Felipe Grimberg quien desde ese entonces era amigo y marchand de arte, él llegaba con Caballeros, Obregones, Negret, Ramirez Villamizar, cosas que me encantaban, pero nunca me alcanzaba la plata, y cuando ya creía que podía, se subían los precios.

¿Y qué pasó con los afiches, todavía los conserva?

No, esos afiches los fui regalando poco a poco a gente que conocía y, la verdad, hoy me quedan muy pocos. Se los daba a amigos que se iban a vivir solos y no sabían cómo decorar sus apartamentos, y así…  

En esa década de los 80 pasaron por Los Andes artistas que hoy son reconocidos, ¿recuerda algunos especialmente?

Luz Ángela Lizarazo, por ejemplo, era vecina de un compañero de la universidad. Estaba Juan Fernando Herrán, me acuerdo mucho de él. Estaba María Fernanda Cardoso… yo entré en el 83 y salí a finales de los 80. Unos llegaban, otros se iban; pasaron muchos. Pero en esa época nunca pensaba en ser coleccionista, sabía que tenía un interés, disfrutaba mucho viendo las exposiciones, pero nunca me imaginé que esa sería mi intención.

¿Y en qué momento se da esa convicción consciente de querer ser coleccionista?

Eso es como todas las adicciones, que a medida que va pasando, uno se va volviendo más adicto, y pues obviamente es una pregunta que uno no puede responder de manera concreta. Uno sabe, en algún momento, que está pasando algo raro, cuando empieza a darse esa acumulación de obras.  

¿Pero hay un momento específico?

Ese tema va muy de la mano de los ingresos y yo no estoy hablando de grandes sumas de dinero. Mi trabajo es la construcción, el diseño, la arquitectura, y en el 97 y 98 hubo una crisis muy dura como hasta el 2004. En ese periodo no hubo mucho movimiento y, tal vez, después de esa crisis fue cuando ya era más consciente.  Por estos días la galería Nueveochenta cumple 10 años, yo tuve el gusto de diseñar y construir esa galería, y si nos devolvemos unos años, cuando conozco al Presidente Gaviria, a Carlos Hurtado, me doy cuenta de que estábamos todos viviendo lo mismo, estábamos coleccionando.  

Y ya después de ese momento, de esa consciencia del coleccionismo, ¿cuál empieza a ser el interés con la colección?

Yo me emociono con todo, me gustan muchas cosas, y puede que tenga obras de muchos artistas, pero básicamente he querido enfocarme en los jóvenes. Claro, algunos de ellos han ido envejeciendo conmigo, pero yo compro lo que me gusta.

Pero me imagino que después de tener cierto número de obras, más allá de un gusto personal también hay un interés de que las piezas hagan parte de una lógica dentro la colección. ¿Es así?

Si yo tuviera que definir todo en una sola palabra, sería “memoria”. La colección es una memoria de lo que ha pasado en los últimos años. Por un lado, está esa primera intención, y después se abren varias posibilidades donde se destacan dos temas: la arquitectura y los textos. Las dos cosas están muy ligadas a mi vida.

¿Por qué ese interés por los textos?

A mí siempre me ha interesado mucho el tema del lenguaje. Y esa conjunción de la imagen gráfica de un texto es muy bonita. Borges siempre fue uno de mis maestros de vida, por ejemplo, y en el arte se ve cómo ese texto puede tener una armonía y una belleza única. Tengo piezas de Johanna Calle, como un cuento escrito y enrollado; también de León Ferrari, que también se basa en un cuento de Borges… pero son varios. Me gusta cómo el tema de los libros se empieza a transformar según cada artista.   

El otro tema es la arquitectura, lo urbano, el diseño, que viene de la mano de su profesión…

Sí, todo tiene que ver al final con el diseño, con lo que soy. La colección también es, de paso, una revisión de objetos, maquetas. Incluso mi amigo León Tovar me dice que las maquetas de los proyectos que diseño deberían ser parte de lo que está en la bodega. Todo está interconectado con ese interés por la arquitectura, por lo que soy finalmente.

¿Dentro de tantas obras sobre el tema urbano busca alguna relación entre ellas? ¿Hay alguna relación entre las obras de Pablo Adarme, Harrison Tobón o María Adelaida López, por citar algunos ejemplos?

Inicialmente se ven estructuras inacabadas o como obras en procesos de construcción, pero al final yo lo que veo es cómo se relacionan, cada una, con la arquitectura, la tridimensionalidad. Tengo obras que también aluden al proceso de construcción, de lo urbano, como pasa con Los Carpinteros, Alberto Borea o Patrick Hamilton, pero cada obra tiene su propio discurso. Lo mismo pasa con obras de Nicolás Consuegra o Miguel Ángel Rojas, con la serie de Faenza, donde hay una visión más hacia las estructuras interiores de ciertas construcciones. No busco forzosamente a que tengan relaciones entre sí.  Cada una tiene su vida propia.

En la colección aparecen obras que tienen coincidencias, como una obra de un billete de Miguel Ángel Rojas y uno de Mateo López. ¿Hay alguna conexión entre ellos?

Todo eso va ocurriendo por cuenta del azar. Curiosamente el tema del billete como objeto no es uno de mis intereses principales, no me ha gustado mucho, ni nada que haga alusión directa al poder del dinero. Pero estas obras me terminan gustando por algo del azar, por el tema objetual también, más allá de lo que cada una quiera significar.  

¿Algo similar ocurre con los bates de Darío Escobar y los bates de Jorge Díaz Torres?

Totalmente. Es el azar el que va juntando – por decirlo así- estas piezas. No hay una obsesión mía por unos bates o algo por el estilo. Aparecen en algún momento que, por una circunstancia especial, llaman mi atención, y eso me lleva a interesarme por ellos. Puede pasar con la aparición de una pelota de básquet en una obra de Alejandro Almanza pero también en una de Mateo López. El caso de Darío Escobar con estos bates es que se van volviendo una crítica de muchas cosas, a partir del béisbol que es deporte gringo que termina volviéndose un emblema en muchos países de Latinoamérica.

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