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Lápidas y lugares comunes

Auras anónimas, la obra de intervención urbana de Beatriz González en el Cementerio Central, ha abierto la discusión sobre qué tanto arte público existe en Bogotá. Aunque su obra no fue realizada con este fin, es tal su poder evocador que ya inspiró un encuentro de arte público en la ciudad.

2010/03/15

Por Rodrigo Restrepo

Lo primero que sorprende de Auras anónimas es el silencio. Ni los taladros de los marmoleros ni los buses de la calle 26 parecen afectar la atmósfera sepulcral de esta parte del Cementerio Central donde ya ni siquiera reposan los difuntos. Pero lo que realmente impacta es la dimensión de la obra: cuatro inmensos columbarios —más largos que una cuadra bogotana— con casi nueve mil tumbas. Al caminar por los largos corredores se tiene la impresión de entrar en una dimensión fuera del tiempo. El piso ajedrezado recuerda al infinito y solo el aletear súbito de una paloma o el crujir de una hoja seca rompen la calma del lugar. Sin embargo, no hay nada de tenebroso en esta monumental intervención urbana de Beatriz González, y sí mucho de tributo y de sagrado.

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