Foto: Galería Duque Arango Foto: Galería Duque Arango

"El río Magdalena está en el mundo entero", Sair García

El pintor santandereano publica 'Magdalena', un libro que compila las obras que creó para la exposición del mismo nombre que viene presentando desde 2012. ARCADIA habló con él.

2020/02/13

Por Daniel Ospina

Labrando una trayectoria cuyo eje fundamental es la construcción de la memoria histórica a través de la pintura, Sair García se ha constituido en un referente para comprender la dirección que ha tomado la pintura colombiana en el nuevo milenio. Con Magdalena, el santandereano dio forma a su trabajo más ambicioso y completo hasta la fecha, y logró una gran aceptación en las exposiciones que realizó tanto en Colombia y en países lejanos para el medio como Singapur o Corea del Sur.

El éxito de la serie llevó a la publicación de un libro donde queda constancia del trasfondo y las motivaciones de García para embarcarse en el proyecto. Con un prólogo de Eduardo Serrano, el documento reafirma la conciencia que tiene sobre ese país que  resulta con frecuencia lejano para los citadinos.

ARCADIA conversó con el artista en su taller, acompañado de uno de los polípticos que forman parte de la mencionada serie.

¿Qué es Magdalena?

Es una serie que empezó hace 8 años, que buscaba mostrar todos los sucesos del río, lo que este generaba y transmitía a los pueblos aledaños, y que tomó connotaciones más profundas en donde afloraron todas las tragedias que transportaba el río. Terminó siendo una narrativa importantísima del Río Grande de la Magdalena, de su historia, su devenir y de lo que genera y transmite a todos los pueblos y sus habitantes. Los "magdalénicos", como lo dijo un amigo sociólogo, son los que sufren, viven y gozan de su presencia.

Eso aplica también para usted, nació en Barrancabermeja, es un "magdalénico". ¿La idea de hacer algo así estuvo siempre en su cabeza?

Al final, Magdalena es es el resultado de muchas vivencias. Cuando era niño veía el río de otra manera. Lo gozaba de una manera muy distinta, teníamos intereses lúdicos. Todo eso fue mutando a cosas un poco desagradables y, siendo niño, nos tocó ver cómo fue cambiando el río y cómo fue pasando de ese elemento con el que podíamos convivir a uno al que le terminamos cogiendo mucho miedo. Lo que sucedió cuando éramos niños pasó, y pasó muy rápido. Ser “magdalénico”, como dice, me hace de alguna manera testigo práctico de lo que terminó siendo el río para mí y para todos nosotros.

Cuando lanzó la exposición, ¿ya tenía claro que quería hacer un libro alusivo?

Todo lo va creando la misma necesidad que va generando la obra. Claro, uno quiere que llegue a ciertos escenarios, pero eso solo lo va dando el trabajo. Magdalena trascendió fronteras y hubo piezas que llegaron a Europa, Asia, distintas regiones de América... en vista de eso, que había viajado por el mundo, se pensó en la necesidad de tener este documento.

¿En qué consistió el proceso de gestación de las obras? ¿Por qué las trabajó en acero?

Están hechas en acero inoxidable, satinado, y algunas obras fueron hechas en acero dorado. El material se escogió porque es una metáfora del río. El acero tiene una superficie similar al agua, tiene un labrado con una especie de cualidad líquida, y el río también tiene su connotación de acero. De hecho, los mismos pescadores dicen que a ciertas horas el agua se vuelve como un placa acerada que se mueve, y eso resultó en una bella metáfora para trabajar el acero. Otras de mis series se han trabajado sobre madera o tela, pero solamente Magdalena está hecha en acero.

¿Cómo fue la experiencia de trabajar con acero por primera vez?

Las primeras horas fue difícil porque el acero es un material rígido, frío. Tiene otras exigencias comparado con la tela o la madera. Me llevó ocho años depurar la técnica, y creo que funcionó.

Tal vez lo mejor de Magdalena son los polípticos. ¿Es la primera vez que trabaja con ellos?

Había trabajado con algunos antes, pero no como en Magdalena. Esta serie, en cierto modo, recoge todos mis intereses como artista. Aquí pude hacer piezas enormes que siempre quise hacer pero antes no lograba. Las otras series fueron fragmentos de todo lo que finalmente pude articular aquí.

Entonces es la serie más completa, la investigación más completa y, por esa misma razón, fue que llevó a la decisión de hacer el libro. Era necesario compilar en un libro todo ese trabajo de campo y lo que reúne la serie, que no es sólo el devenir del río; también es tragedia, belleza, apaciguamiento, convivir con el arte, es saber que vives en un país que tiene una arteria fluvial importantísima que se está muriendo y es necesario rescatar. Magdalena es un gran contenedor de todo eso.

La exposición se ha mostrado en Colombia, también en el extranjero. ¿Cómo ha sido la recepción por fuera?

Muy buena, porque al final todo en el arte resulta ser un referente. Magdalena es un lenguaje universal. El Río Magdalena está en el mundo entero, en todos los países está el río, sólo que con otros nombres. Son las arterias fluviales más importantes de sus países, pero también son contenedores de historias afortunadas y desafortunadas. Son los que rigen el día a día de ciertos pueblos, tienen a su cargo el desarrollo de una comunidad. Magdalena es la excusa de algo que resultó ser un lenguaje universal.

En la apertura del capítulo dedicado al Alto Magdalena, menciona que para los pobladores de la zona en la era precolombina tenía una denominación que traducida del quechua significa "río de muertos". Esa lectura resulta un poco triste al relacionarla con el conflicto armado en Colombia y permite inferir que es un río donde nace la muerte, ¿no?

Cuando los indígenas tuvieron esa consideración se debía a que, precisamente, por ahí entraron los españoles, y con ello toda la colonización. Que le hayan dado esos nombres no es gratuito. Hoy nada ha cambiado, lo único que ha cambiado son los protagonistas de la escena. Los indígenas decidieron ponerle "río de los muertos" o "río de las tumbas" en el Bajo Magdalena, pero en el Magdalena Medio lo llamaban "río de los peces" o "el río feliz" por ser la zona donde hay mayor afluencia de peces. En esa época esos nombres respondían a lo que sucedía en el momento, y eso no ha cambiado. Siguen siendo las mismas razones por las que se llama "río de las tumbas", "río de los muertos" o "el río feliz". Por ahí siguen bajando cadáveres, por ahí siguen bajando tragedias. No sólo el río resultó ser un elemento de progreso, que lo fue. También fue contenedor de tragedias, y lo sigue siendo. Que le hayan dado esas denominaciones resulta interesantísimo, y por eso se puso en el libro, por su absoluta vigencia.

En la sección Bajo Magdalena usted le dedica algunas de sus piezas a Nueva Venecia, un pueblo que está en la Ciénaga. ¿Cuál es la historia? ¿Por qué le llamó la atención?

Ciénaga Grande es un pulmón de toda esa región. Yo siempre he trabajado pueblos palafíticos, no solo en el norte sino también en el Pacífico. Antes de Magdalena, hubo un trabajo sobre los pueblos palafíticos del Chocó. La idea entonces era hacer una especie de paralelo entre los pueblos palafíticos de un mismo país en dos escenarios distintos.Cuando llegué a Nueva Venecia me di cuenta de que no solo es distinto por idiosincrasia. La arquitectura es otra, los intereses son otros, hay un colorido impresionante en ese pueblo y en los otros de la región como Sitio Nuevo o Buenavista, que son Patrimonio de la Humanidad. Eso ya es importante por sí solo, pero aún más importante es el hecho de que la Ciénaga está contaminada. Esas personas están sufriendo mucho por su modo de vida e incluso por su vida política, que también está permeada por la violencia. Siempre me ha interesado abordar esa clase de temas porque me tocan directamente, los tengo en la piel.

¿Qué sigue después de Magdalena?

Por ahora estoy haciendo una serie nueva más relacionada con el cine. Involucra el tema de la Diáspora, que también puede ofrecer una lectura universal. y existe la posibilidad de llevar Magdalena a otros países como Perú o Estados Unidos.

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