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Sobre universos para lelos

Postales de una serie de noches "casi" artísticas en Bogotá.

2017/12/11

Por JOSÉ FERNANDO ARAMBURO

El martes quería ir a una exposición colectiva en la galería La Cometa siempre me he preguntado por qué se llama así esa galería− con obras de Adriana Martínez, Karolina Rojas, Rafael Díaz y otros. Todo apuntaba en esa dirección, pero no tengo muy buena puntería. Así que, como no fui, no tengo nada que decir de esa exhibición. Me encontré en cambio con Héctor, Juan y Angélica en el quinto piso del apartamento que comparten cerca a la plaza de Lourdes. Tomamos un par de whiskies con hielo y pronto decidimos que la mejor idea era ir a Dinasty, un bar a pocos pasos del SENA donde oficinistas y estudiantes se reúnen para oír rock pesado, y sobre todo para no tener contacto con ninguna canción de reggaeton.

Departíamos alegremente en ese bar ambientado con todo tipo de parafernalia alusiva a KISS. Mientras por los parlantes retumbaba The Eye In The Sky de The Alan Parson Project alguien me dijo hace un par de años que la canción trataba realmente sobre las cámaras de seguridad en los casinos de Las Vegas, y no sé si eso sea cierto, pero no quiero averiguarlo porque me gusta mucho esa posverdad cuando una llamada al celular de Juan cambió el rumbo de la noche dramáticamente: alguien tenía entradas adicionales para ver a Arcade Fire el grupo más hipster de la historia global en vivo y en directo. Nos apresuramos entonces a tomar un taxi para dirigirnos a ese aquelarre ligero en Corferias. El concierto duró tres larguísimas horas. Nunca pensé que fuera un grupo tan prolífico y debo admitir que hasta ese momento nunca había oído a Arcade Fire seriamente. Me refiero a oírlo lo que se dice oírlo. Algo siempre me ha alejado de ese conjunto musical, no hasta el punto de no soportar oírlo o desear que no existiera como lo que siente el público de Dinasty con respecto al reggaeton−. Me imagino que se trata de la semejanza de su nombre con el de esta revista pero con letras de fuego, o no saber muy bien de qué se trata este Putumayo Records joven y progresivo.

Alguien me dijo que los integrantes eran canadienses pero sospecho que son de el mundo. Para ser más preciso, me suena a música de autoayuda para estudiantes de diseño gráfico o canciones incidentales para películas de Wes Anderson, de esas que no tratan sobre nada. El público estaba como extasiado bailando –la palabra precisa sería “danzando”− al ritmo de este Cirque de Soleil de publicistas. Me sentí un poco culpable de no sentir la misma alegría igual al pajarito de la canción de El Binomio de Oro que siempre canta Jorge Iván.

No sentí nada, ni siquiera cuando el cantante bajó valientemente del escenario para compartir más de cerca esa eucaristía narcotizada con su público más querido: las personas que pagaron las entrada más costosas.

El miércoles quería ir al Archivo de Bogotá para ver la exposición titulada Set de Juan David Laserna para el Premio Luis Caballero. Quería hablar de eso en esta columna, pero me decidí a última hora visitar un bar con rockola en la 22 con décima que había visitado el lunes anterior. Casi me atraca un grupo de barras bravas de Millonarios, así que lo mejor fue huir de ese sector. Terminé en KB la galería bar de San Felipe que frecuento− tomando un par de ginebras con tónica, justo como lo haría un verdadero fanático de la arcada de fuego.

El jueves quería ir a la exposición de Sergio Daniel Ramírez –el artista del siglo y del colectivo Don Nadie en la galería Valenzuela Klenner. En vez de eso terminé departiendo nuevamente en KB con algunos artistas participantes en la muestra Jarrón Jarrón, que como su nombre indica y reitera− reúne una colección de jarrones hechos en diversos materiales y con diferentes propósitos. Algunos ni siquiera sirven como jarrones. Había, por ejemplo, un jarrón/video de Mariana Jurado. Después de estar ahí un buen rato, e incluso oír la historia de un argentino que afirmó estar en una lista de terroristas islámicos a raíz de un viaje de tipo espiritual que hizo a Irán, me fui a una fiesta de diseñadores o algo así llamada C.R.A.C.K. Sobre eso no tengo nada que decir, solamente sé que terminé en la terraza de Xavi con sombrero puesto y borrando casette en tiempo real –como dicen que dijo el neurólogo Rodolfo Llinás en el lanzamiento de su libro en el Gimnasio Moderno hace un par de meses.

Ayer supe que Juan David Laserna ganó el premio Luis Caballero y, aunque no he ido a ver su proyecto en el Archivo de Bogotá, casi todas las personas que conozco y que sí fueron lo señalaban sin vacilaciones como el más seguro ganador, así que imagino que se hizo justicia o algo así. Espero ver ese Set la próxima semana, aunque lo más probable es que termine en un tobogán tolimense, un desconectado en Matik-Matik o algo muchísimo peor: todo por culpa de esa fuerza misteriosamente juguetona que me guía casi siempre a los lugares que no quiero ir o en los que no debería haber estado. Universos para lelos por doquier.

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