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Sobre “El artista del siglo”, Venezuela y un poquito de socialización

Una crónica a propósito de una exposición de Sergio Daniel Ramírez, la residencia en Caracas de Felipe Barreiros y un par –o más– de chistes flojos.

2018/02/20

Por JOSÉ ARAMBURO

Hace un par de semanas me entrevisté con el autoproclamado “artista del siglo”. Llegué a eso de las 5:00 p.m. a Valenzuela Klenner. Como soy muy impuntual llegué a tiempo (el bogotano promedio llega siempre al menos quince minutos después de la hora acordada: uno de sus comportamientos más groseros; como ideado para romper el hielo habla de tráfico, trancones o los cambios del clima). Llegar puntual –pero a destiempo– me permitió conversar con Jairo Valenzuela –uno de los fundadores y propietario de la galería– sobre diversos temas y eventos de la menor importancia. Cuando apenas se estaba calentando la tertulia que rozaba todo sin tocar nada, apareció el hombre del momento: Sergio Daniel Ramírez, la joven estrella –uno de los ganadores del Artecámara pasado– . Nos saludamos con esa incómodo momento entre bogotanos que no saben cómo abordar al otro –amagué con un abrazo mal hecho mientras el joven artista proponía un saludo de mano–, principalmente porque la torpeza parece haber sido inventada en Bogotá: algo así como cuando Uribe y Chávez se abrazaban cuando eran amigos, pero como si al mismo tiempo fueran cachacos.

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Conocía algo de la obra de Sergio Daniel Ramírez a través de Facebook: unos videos donde aparece como una especie de youtuber sobreentrenado, haciendo fonomímica –como si Jeringa hubiera hecho un doctorado– a segmentos de entrevistas donde celebridades de la plástica –como Fernando Botero o Doris Salcedo– pontifican sin titubeo. Los videos se comportan como una fantasmagoría incómoda –como nuestro saludo– que hacen que el discurso de esas súper estrellas del arte nacional luzca torpe y banal. La postura de Sergio Daniel, serena como de médium canchero, desnuda la insoportable certeza de lo que ahí dicen las premiadísimas vacas sagradas: crecidos, señalando El Camino: un camino que hoy se advierte de herradura, sobre todo para los artistas más jóvenes como Sergio Daniel. La expresión inmutable de Ramírez mientras mueve los labios, como enmudeciendo el discurso, hace que se pueda saborear un poco ese salpicón azucarado de una nueva camada de artistas: una generación dispuesta a matar los ídolos de sus profesores, como una especie de psicópatas pasivo-agresivos o de monaguillos sin fe.

En la muestra no estaba ninguno de esos videos, pues –según me explicó el artista– “habían sido parte de Artecámara del año pasado” y no quería repetir obras. Recorrimos juntos el piso donde se proyectaban algunos videos y un par de piezas bidimensionales, además de una tela con un texto impreso que decía “Tell me something like I’m your favorite artist” (Dime algo como si fuera tu artista favorito). hablábamos de las obras como sin mencionarlas. Había una foto del artista desnudo pero autocensurada. La única forma de ver lo velado –en este caso el ano de Daniel– era dejando algún comentario en su página de Instagram. Algo muy millennial, si me preguntan. Todo me pareció incómodo pero divertido: como la foto de Uribe en Tobogán o el “Aló Presidente” de Chávez, que no me perdía cuando visitaba a mi madre en Venezuela. Sobresalía una pieza que simulaba la firma de Manuel Quintín Lame –apropiada y popularizada por Antonio Caro–, pero que en este caso decía “Lana del Rey”: como un acto contrarrevolucionario de comediante o las primeras patadas a la posverdad. Después de ver la exposición tuvimos una conversación en el patio de la galería. El galerista nos obsequió un par de cervezas (¡!) mientras yo hacía preguntas muy malas –como en una especie de trance periodístico– del tipo “¿en qué universidad estudió?” o “¿cómo hizo para exponer aquí?”, entre otras (in)quietudes sin importancia, las cuales fueron respondidas con cordial frialdad por parte de Sergio Daniel. Lo único que recuerdo de esa falsa entrevista, fue que Sergio Daniel había titulado su muestra “El Artista del Siglo” inspirado en unos premios de la popular revista TV y Novelas, cuando entregaron ese título honorífico a Shakira en una categoría creada especialmente para ella. Fuimos felices recordando a Shakira, e incluso tarareamos juntos algunas canciones. También me contó –dentro de la información anodina y que consigné en una hoja a cuadros que después perdí– que su primer recuerdo de infancia es haberle cogido por equivocación la pierna a otra mujer confundiéndose con su madre, pero eso también carece de importancia.

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Al final le pregunté si había algún texto del que podía echar mano para escribir este artículo. Me envió el texto de su tesis. Citaré a continuación la única parte de la tesis que no está en comillas:

“Las palabras y el silencio son artificios. No se les

debería exigir verdad, ni ser transparentes. Las

palabras no son consecuencia de lo que se piensa. No

hay congruencia entre lo que se es y lo que se dice.

Cuando alguien dice algo, o no dice nada, es un acto

puramente superficial. Es materia para el mundo,

pero no es expresión, opinión, ni convicción. El

contenido es lo menos importante.

El pensamiento se crea en la boca.

El párrafo anterior es el argumento de mi proyecto.

Todo lo que viene está entre comillas.”

Nos despedimos con un abrazo –esta vez preciso y elegante–. De ahí salí caminando a El Parche, el espacio que fundó y dirige Olga Robayo junto a Marius Wang. Ahí había una socialización de la residencia que hizo en Caracas el artista y boxeador Fernando Barreiro –donde se reunió el mayor público que he visto en esa clase de eventos en mucho tiempo– para oír de la castigada boca del gran artista y pugilista, el mejor y al mismo tiempo peor consejo de la temporada, algo así como: “Si van a Venezuela contraten gente: es muy barato y al mismo tiempo ayudan”. Además de fotos y videos de su periplo, dispuso sobre una de las paredes una selección de sus bellísimos dibujos hechos en carboncillo y pastel, en los que predominan escenas de marginalidad, violencia y vacío. Pequeño formato y gran factura. También nos contó que en Venezuela ya no hacían el célebre paseo millonario: vale más una bala que la cantidad de plata que se puede sacar del cajero. Esto es verdad.

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