Castillo de San Felipe en Cartagena. Crédito: archivo particular, vía Revista Semana.

De San Felipe (el barrio bogotano) a San Felipe (el castillo cartagenero) II

La segunda parte de una crónica de un viaje artístico y accidentado al festival de cine de la ciudad costeña.

2018/03/15

Por José Fernando Aramburo

Primera parte

Llegué a Cartagena un jueves, cuando ya había sido inaugurado oficialmente el festival de cine de “la ciudad amurallada”. Debo admitir que no tenía mucho interés en meterme en salas de cine repletas de fanáticos del celuloide y menos mientras afuera había todo tipo de divertimentos que no existen en este lluvioso altiplano que sufro. Tenía sobre todo la misión de recuperar el amor perdido: el propio. Al final resulté viendo más películas de las que creí y recuperando menos amor del que perdí –pero eso es guion de otra película–. Las maletas de otros pasaban sobre la banda del Rafael Núñez como burlándose de mi impaciencia. Cuando ya estaba por arrancar mis pocos cabellos en agonía, se asomó mi destartalada maleta de ruedas para recordarme que el periplo había oficialmente empezado. No había decidido dónde quedarme. Llamé entonces a un amigo que había anunciado su viaje a Cartagena por Facebook. Me contestó muy enguayabado y me sugirió el barrio de Getsemaní como el lugar indicado para quien quiere disfrutar de los beneficios de “la heroica” sin recibir los cañonazos que en esta ciudad aún retumban pero en forma de precios inflados. Infladísimos. Me fui con uno de esos taxistas que ofrecen sus servicios a la salida del aeropuerto y que más que taxistas son desempleados con carro: gente mucho más confiable en todo caso. “¿Cuántas barras valdría ir a Getsemaní?”, le pregunté al conductor como si el uso de “barras” pudiera hacer pensar que soy un cartagenero más, pero mi incomodidad y sudor sepultaron cualquier amago de costeñidad, y mi estrategia se fue al carajo cuando me respondió con un incontrovertible “treinta pesos, compadre”. Errda, pensé.

Ochenta mil barras fue el costo de pernoctar en el hotel El Pedregal en Getsemaní. El lugar estaba en una especie de Candelaria tropical. No tenía mayores comodidades además de servir para ahorrar esos dineros que habrían de ser derrochados en cocteles de camarones con salsa rosada y un sombrero que se fue deshaciendo minuto a minuto y que se escapaba a la más suave ventisca de mi cabeza, como si estuviera entrenado para volver a manos del vendedor.  Ese primer día departí con el periodista inglés Toby Muse, la también periodista Mónica Villamizar –ambos radicados en el Washington de Trump–, Lucas Silva –quien me enseñó su libro editado por Silueta sobre su madre y gran documentalista Marta Rodríguez–  , y los productores Diana Rico y Richard Decaillet a la elegante mansión –de esas donde su fachada sirve de fondo para fotos de turista– de los padres de este último. Hablamos de Trump, de la guerra, de la dignidad de los pueblos del Putumayo, de Marta Rodríguez y su esposo –que parecía ser ese hombre que tendría que haber detrás de toda gran mujer– , y de la película que inauguró el festival: The Smiling Lombana, un documental sobre uno de los primeros mafiosos de Colombia que paradójicamente habría diseñado el monumentalmente feo monumento Los Zapatos Viejos. Al calor de unas tibias cervezas en lata –que contrastaban con el lujoso escenario de la mansión en la calle de Baloco– pude sentir los primeros aires tibios del FICCI, además de la certeza de que en Cartagena no se regala casi nada. Un par de horas después llegarían a esa misma casa los artistas Elkin Calderón, Magdalena Bentivoglio y Diego Piñeros, con los que compartí  unos rones de mediana gama que salimos a comprar a la licorera más cercana, además de un par de bolsas gigantes de Detodito –del que prefiere la gente comer solo el chicharrón– que sirvieron para amenizar la velada en la lujosa casona que parecía contener aún los ecos de grilletes de cuando el tirano mandó, que ni Joe Arroyo fue capaz de romper. Después aparecería el director Peter Webber, el mismo que hizo esa versión de Hannibal Lecter que no da mucho miedo que digamos. La reunión se empezó a deshacer en la medida en que nuestros rones cada vez más baratos empezaron a evaporarse y la idea cada vez más robusta de que en Cartagena casi nada es gratis.

Al día siguiente decidí ir a ver en el teatro antes llamado Pedro de Heredia la película de PowerPaola titulada Virus Tropical, una largometraje animado y producido por Santiago Caicedo que nunca supe si estaba realmente animado: me salí de la sala antes de que empezara por razones que aún no puedo comprender. Alguien me dijo que PowerPaola llevaba una garrafa de aguardiente para celebrar su estreno y eso hizo que me cayera muchísimo mejor de lo que ya me caía, sobre todo por aportar eso que le parece faltar a los festivales de cine: una pequeña dosis de realidad. La artista María Isabel Rueda me dijo que la película estaba muy bien lograda; a Iván Argote le pareció que el formato era muy pesado para esa duración y Simón Hernández me dijo que era espectacular –hay que tener en cuenta que él fue quien la editó–. Espero que la pasen por Señal Colombia para poderla disfrutarla sin que mis ronquidos molesten a los otros, pues debo admitir que mi cerebro no ha desarrollado esa parte que permite a las personas ver animaciones de más de veinte minutos en pantalla grande. Ese mismo día fui a la premiere de Pickpockets, la película dirigida por Webber –a quien había conocido en la velada del día anterior–. No sé aún qué pensar de la película; lo único que puedo decir es que seguramente será un gran éxito comercial de grandes proporciones y que contiene una de las peleas de gallos más lánguidas de la historia. Entiendo que será incluida en Netflix y ese hecho la inscribe automáticamente en ese subgénero que es el cine para guayabo y tendría entonces que ser analizada en ese contexto. El caso es que una vez terminada, fui con Luis Ospina –el Pasolini colombiano–, Lina Gonzales y María Isabel Rueda a la fiesta de esa película: una reunión ahí sí con todos los fierros –carimañolas, empanadas y ceviches, además de tragos generosamente servidos– que me hicieron entender que el gremio del cine–contrario a lo que imaginaba– es en mayor medida mucho menos decadente que el gremio del arte. Me parecía verme junto a Juan Peláez, Licona o Jaime Cerón con una copa en cada mano y todo tipo de carcajadas y cacofonías estruendosas además de exigencias musicales si los invitados fuéramos nosotros, los del séptico arte, pero mi diosito es muy grande y ese no era el caso. Al día siguiente fui a ver –en el mismo teatro en el que no vi Virus Tropical–  la película del célebre cineasta brasileño Glauber Rocha titulada Dios y el Diablo en la tierra del sol. Esta vez –y al fin– presencié una verdadera OBRA DE ARTE: así, en mayúsculas. Una película que parece una nueva forma de arte en sí misma: donde  sonido, actuaciones –incluso de los extras–, edición, música y guion parecen un circo multidimensional que aplasta cualquier apego por la realidad que me hizo oírme en una suerte de incesante grito interno repetirme: “¡Qué putas es todo esto que está pasando aquí!”. Estamos en tiempos muy difíciles y lo mejor del cine se fue con esa película y no volverá, les digo.

Mi FICCI terminó en una lancha rumbo a una casa de lujo en una de esas islas que solo pueden ser pisadas si se tiene la suerte de conocer a la persona indicada en el momento indicado. La lancha con ese ruido de motor de rastastas intenso apagaba las voces de todos los que iban ahí y nos igualó a todos por unos largos minutos. Me quedé idiotizado con el tatuaje que Carlos Bardem –hermano de Javier Bardem– portaba orgulloso en el brazo derecho: un par de delfines con un letrero que rezaba “BRO” debajo. Me pregunté si la estrella de Hollywood tendría el mismo tatuaje, pero también pensé en esa frase que leí hace poco tiempo que decía algo así como “todos somos iguales pero hay unos más iguales que otros”. Mucho ha cambiado desde los años mil seiscientos y nada a la vez: como el refrán o los zapatos viejos.  

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