Jhonny Hendrix Hinestroza nació en 1975 en Quibdó, Chocó. Crédito: David Amado Pintor / Revista Semana.

¿Qué esta pasando con el cine colombiano de hoy?: una conversación con Jhonny Hendrix

El director colombiano está recibiendo premios y elogios por su obra más reciente: 'Candelaria'. Hablamos con él sobre el pasado, presente y futuro del cine nacional.

2018/04/12

Por CAMILO RODRÍGUEZ*

Jhonny Hendrix Hinestroza es el favorito del público. En el Festival de Cine Latino 2018, que se celebró entre el 16 y el 25 de marzo  en la ciudad de Toulouse, Francia, el realizador chocoano presentó su largometraje de ficción Candelaria y ganó el gran premio del público. Antes de eso, la misma película ganó otro premio en el festival de Venecia. El realizador de Chocó y Saudó representa los nuevos caminos y voces que está explorando el cine colombiano y, en el marco del festival de Toulouse, Hendrix habló con ARCADIA sobre el pasado, presente y futuro de la industria cinematográfica nacional.

Se dice que usted es mucho más que un realizador cinematográfico, que es un impulsador de proyectos audiovisuales, un coproductor…

Yo me considero una persona muy inquieta por la cinematografía. Precisamente en estos días estuve tratando de analizar cuál es mi rol dentro del cine latinoamericano y llegué a la conclusión de que soy de esos tipos que se desprenden de la emocionalidad y empiezan a ver el cine más bien como un oficio, una labor, un trabajo. Desde esa perspectiva, me adapto al papel que considero necesario en el momento, el que sea adecuado con el fin de transformar poco a poco al cine colombiano en una industria más sólida, así sea como productor, como guionista, como realizador o como espectador. He participado en muchas coproducciones a nivel nacional e internacional porque eso facilita las cosas a la hora de hacer películas. Sin embargo, me involucro en un cine sensible, un cine que desde su puesta de cámara, su guión y sus personajes cuenta algo de lo que somos, de dónde venimos y hacia dónde vamos, que es lo que más me intriga actualmente.

Esos tres puntos son esenciales para el cine colombiano. Empecemos por la primera cuestión. ¿Qué hacemos?

El cine colombiano vive un presente muy particular, está marcado por una herencia de un cine muy enfocado en la autoflagelación, que supone el tema del narcotráfico y la violencia. Esa etapa nos permitió asentar un presente diferente, aunque muchas veces queremos desmarcarnos completamente de ese pasado y asumir una personalidad que todavía no tenemos. En la actualidad, el cine colombiano no ha alcanzado la madurez para marcar una identidad precisa. No tenemos todavía una personalidad establecida.

¿Qué producciones se pueden resaltar dentro de ese panorama?

Es una pregunta compleja. Tenemos un cine tan variado que toca tantos temas y se dispersa en tantos horizontes que hacer un mapa de esos mil pedazos es muy difícil. Nuestro cine está como nuestra política [risas]. Desde luego que Ciro Guerra ha marcado un precedente por todo lo que ha ocurrido con su cine y se puede decir que lleva la batuta de nuestra cinematografía. Gracias a Dios le cayó esa responsabilidad a él [risas]. Es una carga muy grande y ojalá pueda sostenerla porque pienso que es un director con un talento excepcional.

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Ahora, ¿de dónde venimos? Habló un poco del cine dedicado a la violencia, el narcotráfico y el conflicto…

Al analizar el panorama del cine en Latinoamérica, nos damos cuenta de que en países importantes para la cinematografía, como lo son México y Argentina, la política ha marcado mucho sus producciones. Los demás países, a la par, también han querido exorcizar sus miedos y sus dolores. En Colombia, la política no ha sido el punto de lanza, sino que se ha concentrado más en la violencia y la miseria social. Por eso hay una generación de directores dedicada a expresar esa dolencia que ha dejado el narcotráfico, que nos ha partido en mil pedazos. Somos una generación que sufrió en carne propia, o viendo por la televisión, lo que sucedía en el país. Vimos la muerte de Galán, el exterminio de la UP y una ola de asesinatos que de alguna forma nos confrontaron y nos llenaron de terror.

El cine de Colombia venía siendo un cine de estigmas, un cine que muestra nuestras heridas con una consciencia más lúcida. Una de las críticas que le hago es que estamos condenados a Hollywood porque, desde muy niños, nos están estructurando con las series de televisión y las películas de divertimento. Hemos imitado consciente o inconscientemente ese tipo de audiovisual. Además, por eso mismo no es extraño que películas como La liga de la justicia se encuentren entre las más taquilleras en nuestras salas de cine. Eso deja en claro que nuestro audiovisual carece de historia y hasta ahora está tratando de encontrarse y construir sus cimientos.

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Y hablando del pasado, ¿qué referentes te marcaron en su juventud cinematográfica?

Víctor Gaviria es sin duda un director que nos marcó a todos los grandes directores y el que diga que no está mintiendo [risas]. El zarco es un personaje inolvidable. A pesar de que me encanta El Abrazo de la Serpiente, creo que Rodrigo D: No futuro es la película más importante del cine colombiano. El otro personaje que considero muy esencial para el cine colombiano es Felipe Aljure y no todo el mundo lo tiene referenciado. Gracias a sus gestiones tenemos una ley de cine y gracias a su iniciativa a la hora de explorar diferentes formas nuestro cine ha logrado un estatus legal y cinematográfico que a mí me inspiró para contribuir a una perspectiva distinta.

Con respecto al futuro, ¿qué horizonte podría aventurar para el cine colombiano?

Es muy difícil definir el futuro de nuestro cine. Aún hay muchas dolencias y heridas que debemos expresar para encontrar un camino. La generación de creadores en donde me ubico proviene de panoramas ajenos al cine: diseño, fotografía, publicidad, etc. Creo que la nueva generación de realizadores latinoamericanos se está formando para tener un diálogo maduro con la pantalla. Eso se puede ver en el simple hecho de que en todos los festivales de cine siempre hay una película colombiana sacando la cara por el país. Sin embargo, todavía no nos hemos ganado el Óscar. Argentina ya lo ganó. México lo ha ganado varias veces en los últimos años. Eso no quiere decir que el Óscar sea la graduación para una u otra cinematografía, pero es una referencia innegable y, en mi perspectiva, muestra cuántos años nos hacen falta para encontrarnos en la cinematografía mundial. A pesar de la influencia de Hollywood, no creo que estemos tratando de imitarlo, al contrario. Vamos a encontrar un discurso, no necesariamente una madurez, pero sí una voz propia. Lamentablemente, seguiremos teniendo el lastre que representa el audiovisual del narcotráfico y la mirada foránea de nuestra realidad.

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Hablando de su cine: ¿cree que sus películas tratan de exorcizar esos dolores que menciona?

Pues, la verdad, sí y no. Sí, porque el cine que uno hace, finalmente, termina diciendo quién es uno, cuáles son sus dolores y sus necesidades. Pero no, porque las películas que yo he realizado han nacido a partir de las dolencias de otros. Por ejemplo, Candelaria nace de un relato que me contó un vendedor cuando estaba en Cuba en 2012 y quise pagarle con un billete de 20 dólares pero él no tenía cambio. Entonces le propuse que me contara una historia y así nació la inquietud. Sin embargo,  solo pude retomarla cuatro años después porque aunque me había fascinado, yo no lo había sentido en carne propia. En el momento en que sentí un dolor muy fuerte, quizás similar u homólogo, decidí lanzarme y contar la historia. Yo pienso que solamente se puede narrar cuando uno siente lo mismo que el otro, cuando se hermana en la emoción.

¿Cree que hay una continuidad entre Chocó (2012) y Candelaria (2017)?

Aunque no haya una conexión directa entre las películas de un director, consciente o inconscientemente, el director siempre va a tratar de crear una relación entre sus obras. En mi caso, creo que la nobleza y la dignidad de los personajes que exalto marcan esa relación. De todas maneras, hay una gran diferencia entre ambas. En Chocó hay una película que busca emancipar una heroína, una mujer que trata de sacar adelante a su familia en un contexto adverso; y en Candelaria se trata de emancipar un amor en la vejez. Es muy difícil saber si uno lo ha logrado o no, pero a veces la respuesta del público es la señal de que sí.

¿Qué retrato de la vejez propone con Candelaria?

Luego de una crisis afectiva que tuve me sentía inválido del corazón, pensaba que ya no podía sentir amor, y entonces llegué al festival de cine de la Habana para tratar de llevar un proceso entre duelo y exorcismo [risas]. Entonces conocí a Jesús Terry, el primer actor que había elegido para el papel de Víctor Hugo en Candelaria. Era un hombre muy carismático y alegre, un tipo con más de treinta hijos y enamoradizo a pesar de sus años. Yo lo veía solo y no sabía cómo lograba hacer ese cruce tan rápido, tan espontáneo, entre la soledad y la felicidad. Sin embargo, una enfermedad lo hizo caer en cama y al poco tiempo falleció. Ese fue un impacto muy importante y transformador para la película. Luego de eso tuve que reescribir muchas partes del guión, sobre todo ciertos diálogos,  y, a mi modo de ver, son muy poéticos.

Yo creo que, en el fondo, Jesús Terry tenía una profunda necesidad de sentirse útil productiva y afectivamente. En lo personal, esa historia me hizo pensar mucho en mi propio padre, quien hace poco se jubiló y lamentablemente cambió por completo. Pasó de ser una persona sumamente activa en un ser inactivo, que pasa sus días encerrado y vive una especie de frustración. Mi reflexión sobre la vejez es que la sociedad te da una responsabilidad y un deber de estar activo, pero luego, a un momento dado, te lo quita y en ese momento empiezas a decirle adiós a muchas cosas. Pero en el fondo, lo importante es encontrar la manera de decirle adiós a todo desde la alegría, sonriendo, como lo hizo Jesús Terry.

No puedo evitar preguntar cómo le gustaría vivir sus últimos días…

Yo lo digo honestamente: a mí me gustaría morir en un set de cine. Esa es la parte que más me gusta de mi trabajo, estar en el set dirigiendo un equipo, una familia que tú mismo elegiste. Levantarse todos los días con una sonrisa impresionante, saludando a todos y comenzando a disfrutar de esa experiencia increíble. Yo sé que en el futuro no quiero quedarme metido en mi casa, ni tampoco quiero permanecer en una universidad. Si hay una razón por la cual tengo muchos proyectos es porque mi sueño es siempre estar metido en el set hasta el día de mi muerte, eso es lo que me hace feliz, solo en el set soy yo, solo en el set soy Jhonny Hendrix.

*@Cajme

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