Claude Lanzmann. Foto por Eric Fougere/Corbis via Getty Images. Claude Lanzmann. Foto por Eric Fougere/Corbis via Getty Images.

Una comunidad de duelo: Claude Lanzmann y 'Shoah' después de su muerte

El cineasta francés murió el pasado 5 de julio en París a los 92 años. Aquí un homenaje.

2018/07/18

Por Andrés Caro

“Nunca pensé que iba a decir las palabras que ahora me salen naturalmente cuando te veo: te adoro. Te adoro con todo mi cuerpo y con toda mi alma. Eres mi destino, mi eternidad, mi vida”. Simone de Beauvoir no le escribió esto a Sartre. Se lo escribió en una carta a un joven judío, Claude Lanzmann, que fue su amante y la persona con quien vivió entre 1952 y 1959. Lanzmann murió el pasado 5 de julio en París a los 92 años, dejando como legado uno de los documentos definitivos sobre el Holocausto: Shoah (1985).

Era 1953 y Lanzmann no había llegado a los 30 años. Ella tenía 45 y ya había publicado El segundo sexo. Él era el secretario de Sartre y luego sería el editor de su revista Los tiempos modernos. Tras la muerte de Sartre, y sin que los celos hubieran mellado la amistad, Lanzmann lo sucedió como director de la revista, que de Beauvoir y Sartre habían fundado junto a Aron, Merleau-Ponty y Leiris en 1945.

En 1945, Lanzmann tenía veinte años y era ya un veterano de la resistencia. Su familia estuvo escondida durante la guerra pero él luchó con los Maquis y contrabandeó armas a escondidas de la Gestapo. Tras la victoria, estudió literatura y filosofía, y fue profesor en la Universidad Libre de Berlín. Sin embargo, cuando conoció a Sartre y a de Beauvoir, Lanzmann ya era periodista. Del periodismo, rápidamente pasó al cine.

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Sería injusto decir que Lanzmann es un artista de una sola obra, pero también sería injusto decir lo contrario. Es cierto que nunca dejó de escribir —sus memorias, La liebre de la Patagonia, y un libro de textos cortos, La tumba del sublime nadador, han sido traducidos al español—, y que hizo más de una película. Sin embargo, Shoah, su película (no documental, como él tantas veces insistió) de más de nueve horas, es su gran legado. De hecho, algunas de sus otras películas, como Un visitante de los vivos (1997), Sobibór, October 14, 1943, 4 p.m. (2001) y El último de los injustos (2013) son, en verdad, pedazos no utilizados de las 350 horas de material crudo que durante once años y en 14 países Lanzmann recogió para Shoah.

“Shoah” es “catástrofe” en hebreo. Es la palabra, además, con la que los judíos nombran al Holocausto. Llamándola así, Lanzmann nos dice algo sobre la película y sobre el evento que evoca. La película no es documental porque no hay documentos del evento —la muerte de millones en las cámaras de gas—. Así, sin fotos en blanco y negro, sin imágenes de la liberación de los campos o de los desfiles militares en Berlín, Lanzmann dejó filmada la terrible devastación que llega después, la memoria de algunos sobrevivientes de los campos de exterminio.

Sin atisbo de duda metodológica, y durante esos once años, Lanzmann se hizo pasar por historiador del Holocausto (no en vano la base de su trabajo fue la lectura minuciosa del también gigantesco La destrucción de los judíos de Europa, de Raul Hilberg), filmó con cámaras escondidas a antiguos nazis, e incluso arrendó una peluquería para que uno de sus testigos más valientes, Abraham Bomba, quien como prisionero fue forzado a cortarles el pelo a mujeres judías en Treblinka, contara su testimonio mientras peluqueaba a un extra. Esta entrevista, una de las más dolorosas de toda la película, muestra el coraje del director y de sus testigos. En un momento, Bomba no puede seguir hablando. Está al borde del llanto, narrando cómo un día reconoció en la hilera de prisioneros que iban a morir a personas de su pueblo, a sus amigos. El director deja correr la cámara. Bomba dice que no puede seguir. Pasa un minuto, luego dos, cuatro, sin que Bomba hable. Su boca tiembla mientras le corta el pelo a un hombre de su edad. En medio del silencio, Lanzmann decide hablar: “Sigue, Abraham. Debes hacerlo. Lo sabes. Debemos hacerlo nosotros, lo sabes”.

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“Nosotros”: primero es el recuerdo de Abraham Bomba, luego el testimonio filmado y provocado por Lanzmann. Finalmente, está el espectador, que también con dificultad intenta ver la película en la sala de cine, en YouTube, en una universidad. En esa escena, que ocupa apenas el 3% de la película, Lanzmann se desnuda y da cuenta del tipo de proyecto en el que se ha embarcado. Está haciendo una comunidad de duelo en la que testigo y oyente crean un vínculo de justicia del que Primo Levi habló cuando les pidió a sus lectores que asumieran la labor de jueces. Lanzmann, así, y Bomba y sus otros testigos, crean con Shoah un vínculo de justicia: no tenemos documentos de lo que ocurrió en la cámara de gas, pero Lanzmann nos ha dado uno sobre todo lo demás. Shoah nombra así al Holocausto porque no lo puede documentar. El documento, más bien, es este: son las horas y horas de entrevistas a las que el espectador se enfrenta. Tal vez, gracias a la magnitud de la película, podamos empezar a imaginarnos la magnitud de la catástrofe.

Es probable que el trabajo de Lanzmann haya predicho e influido el trabajo de algunos artistas colombianos como Doris Salcedo o Juan Manuel Echavarría. Hoy, cuando nos encontramos en un momento de quiebre, de expectativas y de duelo, la obra de Lanzmann puede contribuir a nuestra propia comprensión de la historia de Colombia y de sus guerras. No tenemos que comparar la violencia colombiana con el Holocausto para que el trabajo de Lanzmann sea útil y ya no solo necesario para nosotros. Quizás solo es preciso que entendamos que ese “nosotros” que incluyó a Lanzmann y a Abraham Bomba es uno que también podemos decir. Podemos decir “nosotros”, no porque “nosotros somos también víctimas”, sino porque juntos podemos recordar la catástrofe y empezar a imaginarnos un dolor para siempre ajeno.

Ojalá que la fuerza de Lanzmann haya quedado en alguna parte.

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