El director francés Romain Goupil fue uno de los invitados principales del X Festival Internacional de Cine de Cali. Foto: Getty Images. El director francés Romain Goupil fue uno de los invitados principales del X Festival Internacional de Cine de Cali. Foto: Getty Images.

“Después del 68, me cuesta pensar que podamos cambiar el mundo”: Romain Goupil

A cincuenta años de las revueltas estudiantiles en París, y en el ímpetu de las nuevas movilizaciones en Colombia, ARCADIA habló con el director de uno de los documentales que mejor ha ayudado a comprender el espíritu del Mayo francés: 'Mourir à 30 ans' (1982). Una conversación para iluminar nuevos sentidos sobre el desencanto progresivo de los sueños de cambio y las potencias del cine como documento histórico y herramienta de transformación social.

2018/11/12

Por Felipe Sánchez Villarreal

En la París de los sesenta, cámara en mano, Romain Goupil se dedicó a registrar sus años de militancia. Mejor: el furor de las protestas estudiantiles y el progresivo desencanto que produjo que el nuevo mundo por el que luchaban, el de “la imaginación al poder”, nunca llegara. Con el suicidio en 1978 de su amigo Michel Recanati, su compañero de activismo y sueños de transformación política, Goupil decidió producir un documental autobiográfico que se volvería uno de los documentos más valiosos para comprender el espíritu del Mayo francés: Mourir à 30 ans (1982). A modo de ensayo audiovisual, Goupil toma la vida de Recanati como vértebra narrativa para evocar la implosión de las movilizaciones de la izquierda francesa entre los sesenta y los setenta. Cintas caseras, material de archivo y una serie de entrevistas ensamblan un mosaico encendido de la energía que vivía París durante las revueltas de Mayo del 68 y la gradual muerte del sueño revolucionario.

Ese documental le valió la Cámara de Oro en el Festival de Cannes de 1982, después de su activa militancia trotskista y su incidencia en la fundación de comités de acción estudiantiles, con lo que Goupil, que ha sido considerado como “uno de los representantes más elocuentes del espíritu de las revueltas de Mayo del 68”, siguió haciendo cine. Ha dirigido cortos, series de televisión y más de diez largometrajes. Ha sido actor. Ha sido, también, asistente de dirección de leyendas del cine europeo: de Chantal Akerman en Les Rendez-vous d‘Anna (1978), de Roman Polanski en Tess (1979) y de Jean-Luc Godard en Sauve qui peut (la vie) (1980). Su película más reciente, La Traversée (2018), lo llevó junto a Dany Cohn-Bendit en una road movie de reexploración de Francia, cincuenta años después del sueño del 68, para sellar su mirada irónica del país.

A cincuenta años de Mayo del 68, y en el ímpetu de las nuevas movilizaciones estudiantiles en Colombia, ARCADIA habló con Romain Goupil en el X Festival de Cine de Cali para iluminar nuevos sentidos sobre el desencanto de sus sueños de cambio, las potencias del cine como documento histórico y herramienta de transformación social, así como de las tensiones entre la creación estética y el clima político.

Fotograma de Morir a los 30 años.

Han pasado cincuenta años desde las revueltas del 68, donde usted participó activamente como activista estudiantil y como cineasta. ¿Cómo ve hoy sus efectos?

Cincuenta años no son nada en la historia. Esos objetivos por los que luchábamos no se pueden medir en la vida de un hombre, aunque sí podamos percibir que hemos logrado victorias. La cosa es que no fueron las revueltas del 68 las que detonaron los efectos más visibles, sino lo que vino después. 1969 y 1970 fueron los años donde todo cambió. Fue allí cuando, por ejemplo, bulleron los movimientos feministas. Y eso sí puedo decirlo: las mujeres que querían cambiar la sociedad, la han hecho cambiar. Sus conquistas han sido las consecuencias más inmediatas, porque no fue la revolución marxista la que sacudió el mundo, sino revoluciones localizadas como las suyas contra la sociedad patriarcal, homofóbica, vertical. Lo que cambió después del 68 no fue por el 68 mismo, sino precisamente por movilizaciones como las feministas, que revolcaron las relaciones familiares, las jerarquías. Mira lo que está sucediendo con causas como el #MeToo.

No obstante, el enfoque marxista o del socialismo científico de esa época sí se resquebrajó. Vimos que esa ecuación, que parecía un cálculo casi matemático (una huelga general que conduciría inmediatamente a la dictadura del proletariado), no era exactamente así, aunque con las huelgas hayamos ganado muchas batallas: la legislación, los derechos internacionales. Pero la victoria que amasamos hizo que desarrolláramos también la idea del individualismo, de que cada uno elige: los estudios que quieres, eliges a tus compañeros, puedes elegir tu libertad sexual. La autonomía con la que soñábamos después del 68 ha traído sus monstruos, como el enfoque individualista de las luchas desde el cual, como vemos, ya no hay organización ni sindicatos. Todos están desubicados. No hay un punto de convergencia sobre un foco de liberación, como en algún momento lo fue el comunismo, el marxismo o la lucha de clases. Tampoco un pensamiento tutelar que esté a la altura de las demandas, que ahora están atomizadas, diseminadas. 

Hoy parecería que muchos de esos sueños de cambio se han ido desfigurando. Han regresado movimientos conservadores, antifeministas, xenófobos, la contravía absoluta de los ideales del 68. ¿De qué manera puede leer ese clima político, el ascenso de dirigentes como Bolsonaro o Trump, la popularidad de Le Pen?

Nuestro clima político es muy diferente al del 68, porque ya hemos normalizado muchas condiciones que hace cincuenta años no estaban garantizadas: derechos, libertades, menos hambre, acceso a la educación de personas que no lo tenían. Hace cincuenta años era impensable que ciertas clases o grupos sociales tuvieran su propio apartamento, su televisión, que sus hijos fueran a ir a la universidad. Era un mundo binario: los de arriba y los de abajo. Las crisis y las revueltas cambiaron las cosas. Hay muchos países donde la situación ha mejorado de forma increíble. Pero en las actuales crisis económicas —como la de Francia—, ciertas clases, incluidas las clases obreras y medias, han comenzado a tener miedo por el futuro. Se ha potenciado la idea de que nuestros hijos estarán peor que nosotros.

Eso viene de cómo se ha normalizado que la gente tenga cosas. Antes, cuando éramos militantes en París, no teníamos nada que perder: nos podíamos morir, nos podían meter a la cárcel. No teníamos nada, entonces luchábamos. Pero ahora la gente tiene cosas, así sean pocas, y tiene miedo. Los líderes políticos han jugado bien las cartas para que se tenga miedo de perder ese algo. Están aprovechando para decir que, justamente, los “otros”, los inmigrantes, digamos, son quienes les van a quitar eso por lo que han luchado. Los venezolanos, los hondureños, los sirios. Pero es completamente al revés, la operación victoriosa del poder ha sido que la clase obrera no le tenga miedo al poder sino a los más pobres, a los más pobres que ellos. Ese miedo de volver a la precariedad que utilizan Trump o Bolsonaro se da con chivos expiatorios. Y lo están logrando.

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¿Y cree que se puede hacer algo para reversarlo desde estrategias similares a las del 68 o desde el cine? 

A veces es imposible hacer cosas posibles. Me sorprende que muchas veces no sea posible que en este mundo apliquemos cosas que sabemos para mejorarlo. La historia parece seguir un curso sinuoso y de muchos vaivenes. A los hombres prehistóricos el fuego los hizo entender que todo había cambiado. Ese fuego pasa, sigue, a pesar de gente como Bolsonaro, a pesar de Trump, el fuego de las movilizaciones por la igualdad que los va a sobrepasar. Pero para mí, después del 68 y viendo el mundo ahora, me parece cada vez más difícil pensar que podemos reversar cosas. Todavía hay esclavos, todavía hay personas que trabajan en condiciones infrahumanas.

Ahora desconfío mucho de lo que yo pueda decir, porque cuando tenía quince años, si me cruzaba con mayores de treinta que me daban consejos, sentía que ya eran viejos, muertos, autoridades a las que no quería hacerles caso: profesores, padres, policías. En su momento estábamos seguros de lo que queríamos hacer, no escuchábamos a los viejos y ahora que soy viejo, desconfío de mí mismo: siento el cansancio, el agotamiento de no ver los efectos de lo que hicimos. Hay que cuidarse de ese cansancio. 

Pero cuando ves a Bashar al-Assad o los genocidios de Ruanda, ¿cómo respondes? Si no hay un funcionamiento colectivo con el que podamos sobrepasar nuestros intereses personales, quedaremos completamente perdidos. Tenemos que elegir. Las únicas marchas potentes que he visto son las manifestaciones que apoyan a Hussein, que apoyan a los fascistas. ¿Alguna manifestación contra al-Assad? Ninguna. Si nos conformamos con este mundo, con Trump y al-Assad, perdimos. Las clases dirigentes, que no se preocupan por las personas vulnerables, van a triunfar. Y lo peor: con nuestro consentimiento.

Escenas del documental Morir a los 30 años

Para muchos artistas en los sesenta y setenta, el cine era una herramienta de lucha política, un medio para producir ese sueño de transformación. Usted mismo ha dicho que ese era uno de sus grandes temas de discusión con directores como Godard. ¿Cómo se ha transformado esa función militante del cine en este cincuentenario?

En sus principios, los usos del cine eran los de un circo o un espectáculo: operaba como una distracción, un intento por hacer olvidar las condiciones terribles de trabajo en la época. Pero los norteamericanos y los soviéticos le dieron un giro: el cine empezó a usarse para trazar caminos ideológicos. Apropiándonos de esa idea, algunos usamos luego el cine del mismo modo que la literatura comprometida; es decir, como medios que parecían poder usarse como armas para acabar con la injusticia. Los intelectuales empezaron a interesarse por la imagen a la manera de la literatura, hablando de preocupaciones íntimas, amorosas, contradictorias. Hubo un movimiento donde se utilizó la imagen para mostrar aspectos más hondos, complejos, incluso de las condiciones de vida. Pero era un cine minoritario, que se llamaba cine pero no era lo mismo.

Las películas nos servían de algo en las luchas. Ahora parece que solo sirven, de nuevo, para distraer. Hasta películas como las que yo hago, que también se usan para divertirnos durante dos horas porque hemos pagado una entrada a la sala. Ya las películas no tiene esa función militante, en su sentido más noble, como era en las escuelas o clubes de los años sesenta, en los comités militantes del 68, cuando proyectábamos cintas en las universidades o colegios. ¿Quién haría eso con películas como Gravity? Para nosotros nos representaba una herramienta para poner situaciones sobre la mesa: las condiciones de vida, el recuerdo del Holocausto, el dolor, lo monstruoso. El cine y la literatura en las cinematecas hacían vibrar eso por lo que acabábamos de pasar. Y ganamos en el 68. Pero en esa victoria volvió una nueva disciplina, porque nuestros hijos están cómodos, ya no nos escuchan. 

Como recordaba Luis Ospina en su conversatorio, durante su carrera usted ha colaborado como director asistente de grandes realizadores como Jean-Luc Godard, Roman Polanski y Chantal Akerman. ¿Cómo fue su experiencia particular con cada uno de ellos? 

Era personajes totalmente diferentes. Polanski es un gran técnico: en todas sus películas involucraba a todo el equipo, procuraba un trabajo de las minucias impresionante. Cuando rodé con él Tess (1979), con Nastassja Kinski, éramos ochenta técnicos. Nuestro único objetivo era que todo estuviera perfecto: ver cómo estaban encerados los zapatos de los actores, por ejemplo. Todos participábamos cono engranajes meticulosos de esa gran visión. Chantal Akerman tenía mi edad y se suicidó hace poco. Ella buscaba en el cine y en la relación con sus historias su propia historia, una que estaba marcada por el Holocausto y el recuerdo de sus padres, que tenían todavía el número escrito. A pesar de que fuera su familia, había una incomprensión que no terminaba de procesar. Toda su vida intentó comprender el enigma de sí misma; con ella era un trabajo de complicidad amorosa, un trabajo secreto, complejo, que nos obligaba a acompañarla de cerca para perseguir algo que quería decir, pero que ni siquiera conocía.

Y con Godard era curioso: él decía que sus propias obras maestras eran una mierda, que quemaría esos negativos. Incluso decía eso de sus propias películas magníficas, como Sálvese quien pueda. Picasso decía: "Busco y encuentro". Godard: "Busco y no encuentro, no encuentro". Buscábamos con él y no encontrábamos, pero los resultados eran sorprendentes. Se podía poner violento a veces. Recuerdo cómo trataba a su equipo, como el actor de Alphaville Eddie Constantine. Le decía cosas terribles sobre su inteligencia, sobre su trabajo. Yo, como asistente, le decía siempre que parara. Pero su respuesta siempre era gritarme: “¡No entiendes, Romain, que no es Jean-Luc el que habla, sino la película! ¡Es todo por la película!”. Su búsqueda de la película, de la película por la película, conllevó cosas difíciles: humillaciones pública, violencia. Es un genio absoluto, del estilo de Pasteur, con una palabra puede cambiar el destino de alguien, sus películas son magníficas. Pero ese estar siempre cuestionándose, ese ser un misántropo absoluto, hizo que yo nunca quisiera seguir su vida. A pesar de sus obras maestras, no elegiría nunca ese destino tan tormentoso. Admiro a Godard, pero jamás quisiera seguir sus pasos: el llanto, la conmoción, su vida insatisfecha. 

En una escena de su documental se ve el contraste entre el cine como acción y la acción en las calles. En un momento usted se ve obligado a dejar la cámara de lado para salir a la calle, entrar a una barricada. ¿Con las coyunturas políticas acutales ha sentido la necesidad de volver a dejar la cámara de lado y regresar a la acción?

Ahora, como soy más viejo, observo las cosas. Al contrario, como no tengo la fuerza y la energía de ir a las manifestaciones, escribo. Escribo para periódicos, hablo en televisión, uso la cámara para contar historias. No cosas que cambien el mundo, aunque si hay algo que necesite que me movilice, uso el periodismo y la televisión. Ya no el cine. 

¿Y cómo ve el cine hoy?

Ahora, con internet, me sigo preguntando si todavía el cine puede ejercer un efecto reflexivo sobre el mundo. Las películas de los intelectuales de hoy se están viendo avasalladas por un tiempo de producción que pasó al internet. El internet es como el fuego de los hombres prehistóricos, pero allí solo hay balbuceos. En diez, veinte años, el sueño de Godard, de Chris Marker, de narrar una ficción con la esperanza de que todos permanezcan fascinados en una sala negra, no será más. Los jóvenes ya no lo hacen, sino que lo ven en computadores. Es como el fin de la religión o de la iglesia: cada vez menos jóvenes van a escuchar las prédicas en la iglesia, cuando antes era obligatorio. Va a pasar lo mismo con el cine. Antes todos iban, pero ahora se está desacralizando con la mundialización. 

La mundialización digital está efectuando una revolución. Es como siempre ocurre en la historia. Antes había una minoría ilustrada que era lo que sabía cómo hablar, comunicar y escribir. Todos comían, trabajaban, pero no conocían la escritura y solo escuchaban prédicas sacras. Con la imprenta de Gutenberg vino la sociedad industrial y todo cambió. Ahora, con lo digital, se ha vuelto a cambiar completamente la mentalidad de la gente. En cualquier esquina en Colombia y Bolivia, uno abre su computador y tiene una igualdad de información de alguien que está en París o Londres. Estamos viviendo una revolución inmensa en el cine: el cine ahora parece como el pergamino. Creo que es algo que va a desaparecer. Quién sabe si venga el holograma u otras formas de pensar la imagen. Pero el cine como lo conocemos, lo siento, está acabándose.

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