Fotograma de 'El otro de la esperanza', de Aki Kaurismäki. Fotograma de 'El otro de la esperanza', de Aki Kaurismäki.

‘El otro lado de la esperanza’, de Aki Kaurismäki: una crisis humanitaria desde el humor

La película más reciente del director finlandés retrata la crisis social de refugiados a través de una representación muy particular. Este jueves 21 de marzo es su estreno en Colombia.

2018/10/17

Por María Camila Parra Norato

Este texto es producto de los talleres de crítica de cine que el Bogotá International Film Festival (BIFF) ofreció en su edición de 2018

Khaled (Sherwan Haji), un emigrante de Siria en Finlandia, ha llegado a Helsinki con dos propósitos: huir de los tormentos que ofrece la guerra y encontrar el paradero de su hermana. Tras haber buscado asilo por medios legales y haberle sido negado, Khaled se opone a regresar a su país y opta por pasar sus noches detrás de un restaurante que, sin saberlo, le asegurará su futuro o, por lo menos, unos cuantos días de trabajo. Llamado “Kultainen Tuoppi” (“La cerveza dorada”) y administrado por Waldemar Wikhström (Sakari Kousmanen), un hombre de unos cincuenta años que busca cambiar su vida tras haber dejado a su esposa. Este restaurante es el escenario que le permite a Khaled decir: “me he enamorado de Finlandia”.

La historia, escrita y dirigida por el finlandés Aki Kaurismäki, se titula El otro lado de la esperanza y, como su propio nombre lo indica, procura exhibir una de las caras que puede tomar la expectativa de distintos deseos. Precisamente, la película está cargada de una multiplicidad de esperanzas que logran materializarse a lo largo de su exposición: el encuentro entre Khaled y su hermana y la compra del restaurante por parte de Wikström retratan cómo dos vidas pueden cambiar en la búsqueda de su propia transformación.

Sin embargo, no todos los anhelos tienen la misma fortuna, como ocurre con Mazdak (Simon Al-Bazoon), un inmigrante de Irak que, como él mismo le comenta a Khaled, ya lleva un año entero en Finlandia sin encontrar algún tipo de progreso. En todo este año y circulando entre distintos centros para refugiados, Mazdak ha aprendido distintas cosas que le han permitido permanecer en el país. Una de ellas es la siguiente lección: “Los que son melancólicos son los primeros en ser devueltos. Todos los melancólicos son devueltos”. Esta afirmación, recitada de manera tan escueta, envuelta de seriedad, es quebrada por Kaurismäki con un tinte cómico que, por muchos momentos, sorprende al espectador. Esta es la firma del director a lo largo de todos sus filmes: una que vive entre la comedia irónica de las acciones que realizan sus personajes y la seriedad que involucran sus propias tramas. Puede que la historia de un empresario malhumorado o de un inmigrante sin carisma no nos transmita mucha jovialidad, pero, sin duda alguna, el tratamiento de Kaurismäki sí nos permite entrar a un cosmos donde la seriedad de la vida se percibe a un ritmo pausado y, al mismo tiempo, humorístico. Por eso el trabajo de este director finlandés descoloca las categorizaciones tradicionales del cine: una ruptura que El otro lado de la esperanza también hace. Sin saber con seguridad dónde situarla, si como drama o como comedia, esta obra nos demuestra algo con claridad: hay muchas maneras de escenificar la vida y, con trabajos como el de Kaurismäki, parece que un cierto surrealismo es más que suficiente para representarla.

Pero así como la comedia envuelve la severidad de las acciones, esa misma forma satírica reviste un problema social y político. La “crisis” (como se ha querido denominar a una realidad que siempre ha existido) de los refugiados en Europa Occidental ha sacudido las mentes de sus habitantes. Kaurismäki es una de ellas y, junto con su cabeza, todo su espíritu parece haber adoptado una mirada crítica acerca de este tema. Esa perspectiva, gracias a este último filme, ha logrado concretarse. En una entrevista realizada en el marco del Festival de Berlín (2017), el director logra comunicar su pensamiento al respecto: “Todos somos iguales, todos somos humanos y, mañana, serás tú un refugiado. Hoy es él o ella”. Cargada de un carácter político bastante grande, la respuesta del realizador expresa la intención de su película y el juicio que esta emite con claridad: nuestra condición humana suprime cualquier diferencia accidental de nuestra naturaleza.

Sin desemejanzas en nuestra humanidad, los problemas se absuelven, pero cuando estos nacen debe surgir, al mismo tiempo, una representación que permita evidenciarlos. En este caso en particular brota una historia bastante cruda, pero que tiene la posibilidad de expresarse sin el tono realista y naturalista de la vida. Kaurismäki nos demuestra que una representación crítica de los problemas que alteran la vida es posible desde una burla siempre atravesada por una realidad: que todos somos iguales.

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