Carlos Salas pintando. Fotograma de 'En el taller'. Carlos Salas pintando. Fotograma de 'En el taller'.

‘En el taller’, de Ana Salas: el acto creativo que sucede en la intimidad

La película de la directora colombiana, que se estrena este 1 de noviembre, es un retrato detallado de su padre, el artista Carlos Salas, desde sus impulsos de creación, sus luchas contra el lienzo en blanco y los intentos de la directora por desenmascarar sus silencios.

2018/10/30

Por Ángela Carmona

Si este texto girara en torno a películas inspiradas en la vida y obra de un pintor, la lista de directores y productores que han incurrido en la tarea sería larga. Desde Luces y sombras (1988), de Jaime Camino, hasta La joven con el arete de perla (2003), de Peter Webber, hay una larga tradición de filmes que capturan la dedicación de un artista, para proponer, desde una estética ingeniosa y decorativa, modos de retratar sus vidas y obras. Si pensáramos, en cambio, en los pintores como protagonistas en acción, pasaríamos por todos los impresionistas: desde Renoir hasta Monet, siguiendo con varios biopics de la vida de Van Gogh, hasta documentales sobre Pollock, Basquiat y Banksy. En sus talleres, al aire libre. Todos desde el acto creativo.

No obstante, de todas es El misterio de Picasso, dirigida por H.G. Clouzot en 1956, el largometraje que logra reflejar con mayor intensidad el tono de la película En el taller (2018), de la directora Ana Salas, que se estrena en Colombia este miércoles 1 de noviembre. En ambas producciones encontramos a dos hombres que se enfrentan a un lienzo blanco, dos espaldas que se oponen a la cámara y visibilizan las manos creadoras que permiten los trazos y, claro, la intención de un otro por capturar el acto creativo que sucede en la intimidad.

La película de Clouzot pasa con rapidez y de manera lineal sobre los trazos del gran Picasso, que va pintando cuadros con total fluidez. En cambio, Carlos Salas, el artista retratado en En el taller, pelea con un solo lienzo circular, de gran formato, durante los dos meses que duró la grabación del documental. La cámara nos brinda el placer de posarnos en los detalles, de pasar de los colores en polvo al agua que los disuelve para volver a consolidarse. La cámara nos hace entrar en la disputa del blanco, el negro o los azules y luego los rojos con los que se va cargando la obra.

Los diálogos están llenos de saltos al vacío: el salto que dio Salas, el pintor, ante ese círculo gigante, el salto ante quienes grabaron su proceso, el salto ante todos nosotros, que asistimos al ciclo de la obra como espectadores, ya no inmóviles frente a la pieza en una galería. Tal vez el continuo diálogo que aparece en varias perspectivas es el que no me permite pensar en la película desde una narrativa lineal; de hecho, no recuerdo ni el principio ni el final, más allá del cuadro en blanco y después de muchas capas, sucesos y transformaciones. Agua y calor. El cuadro terminado. El espectador puede intuir el final de la obra varias veces. Así, la narrativa habla del acto creativo donde se siente que los pasos nuevos ya han recorrido esos caminos y no hay un resultado predeterminado por el creador menos aún en el campo de la abstracción donde la perfección de las formas se desvanece y la realidad se vuelve tan difusa y es tan difícil de capturar.

Carlos Salas revela sus luchas. ¿Contra qué? Contra ese protagonista que es el cuadro que gira, que le muestra y le habla. Es por eso que el artista colombiano asegura que la soledad del taller no existe; menos en el tiempo del documental, cuando es observado por todos nosotros, que también luchamos con él, y por su propia hija, que quiso entenderlo desde su intimidad. También por su colega, que a la vez es su hija y quien lo registra, quien parece orientarse sobre una frase de Tarkovski: “Lo ideal sería poder filmar la vida de un hombre desde que nace hasta que muere, sin perderse ningún detalle”.

En el taller es también un espacio de combate entre Carlos y Ana. Ana, una hija que, como muchas hijas, quiere desenmascarar el silencio de su padre. La intimidad ha sido la búsqueda en su obra. Sus diarios filmados fueron ejercicios tanto plásticos como narrativos que le ayudaron a consolidar su impronta como creadora. Y fue su padre, Carlos, el primer espectador de esas conversaciones epistolares fragmentarias, donde la distancia marca el límite de las relaciones que, en ocasiones, permite que se reconfiguren, tendiendo nuevos puentes.

Aún recuerdo el fotomatón recreado en el Museo Nacional de Colombia para la exposición Voces íntimas en el año 2016. Los curiosos que hacían fila para entrar, los miedosos que no se atrevían a mirar. Los fragmentos capturados por Ana Salas de su vida en París que podían verse al interior de una pequeña cabina, esos fragmentos plásticos que componen nuestra cotidianidad: una nube, la cáscara de una naranja sobre la mesa, nuestro reflejo en el espejo. En el documental, Carlos Salas mira a su hija como artista, una artista que mira a su padre como creador. Dos obras que, mientras se crean, se encuentran. Un taller en Chapinero y los saltos al vacío que pocos se atreven a dar.

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