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'The Florida Project': al otro lado de Disney

Una mirada sobre los nuevos marginales de Estados Unidos, un retorno a la infancia y una advertencia sobre la moral del espectador. En esta película, que cuenta con una nominación al Óscar, el director Sean Baker toca muchísimos temas con la lucidez y la frescura de un niño.

2018/02/28

Por Laura Martínez Duque

The Florida Project inicia con la música soul festiva de Kool and The Gang. El verano ha comenzado y tres niños en vacaciones se divierten a sus anchas. La cámara los sigue a través de un complejo turístico que llama la atención por su estética un tanto pueril y desfasada. Tiendas y hoteles decorados con cohetes espaciales, hechiceros y naranjas gigantes. Colores demasiado chillones que cubren paredes enteras.

Pronto se descubre que Moonee –la protagonista de seis años– y sus amigos no son turistas y tampoco están de paso. Ellos y sus familias viven en los moteles de las inmediaciones de Walt Disney World. Lejos de quienes sí pueden costear los lujosos condominios aledaños pero compartiendo con ellos los humedales, las rutas y toda la parafernalia alrededor del parque de atracciones más famoso del mundo.

Estos alojamientos de paso se convirtieron en hogares de tránsito para muchos estadounidenses que perdieron sus casas y sus empleos luego de la crisis de 2008. Es la clase media blanca, cada vez más empobrecida, la que ahora cohabita con los marginales de siempre: latinos y afrodescendientes. Este fenómeno probablemente se replica en otros sitios turísticos de Estados Unidos pero el gran guiño del director Sean Baker consiste en ubicar su historia en la tierra prometida de la fantasía infantil. Más exactamente en su vertedero.

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The Florida Project se ubica en un universo infantilizado y construye el punto de vista de un niño para que el espectador suspenda el juicio e ingrese al relato con otros ojos. Para que entre en una casa abandonada, ocupada de noche por drogadictos y prostitutas, como quien explora la más maravillosa mansión embrujada. Para que advierta la solidaridad que a veces puede resultar del hacinamiento o, simplemente, para que entienda la supervivencia como un juego de valientes.

En un ejercicio magistral de dirección de actores, Baker logra que sean los niños quienes lleven adelante todo el peso dramático de la historia. Son ellos quienes cargan con las culpas, detonan las acciones y encaran la única forma de liberación posible a través de la evasión y la fantasía. Y en esta operación de retorno a la infancia hay un solo adulto responsable que es, además, el único actor profesional y reconocible. Willem Dafoe entrega una de las más bellas interpretaciones de su carrera como el gerente de un motel que actúa más como padre amoroso y protector de todos los personajes y de los mismos espectadores. (Y de los animales. En la escena que mejor revela el espíritu profundamente humanista de The Florida Project). Le valió a Dafoe una nominación a Mejor actor de reparto en los premios Óscar de este año.

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A la noche, después de jugar todo el día con sus amigos, Moonee pasa largas horas encerrada en el baño inventando historias con sus juguetes. A lo lejos se escucha un hip hop que hace retumbar las paredes. El espectador está tan absorto como la niña en el juego, hasta que un hombre irrumpe en el baño. Fuera de campo la madre de Moonee y el hombre discuten mientras la niña los mira y el espectador la mira a ella. Hacia el final de la película Moonee hace un comentario sobre esa escena y el espectador que, para ese entonces ya entendió todo, recuerda que los niños se distraen pero no olvidan.

Cuando la diversión infantil es cada vez más desplazada por las acciones de los adultos, el espectador comienza a cuestionar su identificación con la mirada del niño.

Al ver cosas que un niño no debería ver la película le recuerda al espectador el rol de adulto –y testigo– que sí debe tomar una decisión moral sobre todo lo que ha visto.

The Florida Project es una película engañosa en el mejor de los sentidos. Porque habla de una realidad como si fuera una ficción y juega con la ironía para mostrar un fenómeno social muy serio. Pero también advierte al espectador que cualquier postura moral viene del privilegio de ser el que mira y no el que padece. Y, en últimas, es una película sobre la infancia. De cuando termina el juego o la inocencia y nos encontramos al otro lado de Disney.

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