Fotograma de 'Interiores', de Woody Allen. Fotograma de 'Interiores', de Woody Allen.

‘Interiores’ de Woody Allen, cuarenta años después

Jaír Villano comenta este clásico del director estadounidense ahora que se cumplen cuarenta años de su estreno.

2018/07/23

Por Jaír Villano

Llevo varios años viendo su cine, pero este es el momento en que me detengo a pensar y, diablos, aún sigo sin entender quién es Woody Allen. Podría parecer exagerado, pero quienes conocen su obra saben que no lo es, pues a medida que uno repasa su cinematografía se da cuenta de que hay muchas facetas, roles, directores; o, en suma, Woody Allens. ¿Cuáles? En un osado epítome, diría que está el Allen de comedias complacientes (Bananas, Sleeper), el Allen del fino humor (Zelig) y el Allen del esnobismo intelectual (Media noche en París). También están el Allen de dramas fatuos (Match Point), el que homenajea el cine (La rosa púrpura del Cairo) y el Allen que explora con particular inteligencia paroxismos existenciales en familias (Interiores, Hannah y sus hermanas), en parejas (Annie Hall, Manhattan), y en personas que se creen dueñas de sí mismas (Another Woman). La lista que hago es corta está el cine de Allen que uno ya no quiere consumir (A Roma con amor, Vicky Cristina Barcelona)—, pero… ¿lo ven? Tal vez lo menos apresurado sea decir que el neoyorquino es indefinible.

Y, sin embargo, el Woody Allen existencial, dramático y cinéfilo es el que más interesante me parece. En algunas ocasiones puede ser estilístico y dejar que la forma deslumbre al espectador, pero en otras le da todo el esplendor al contenido, al drama, a los diálogos, los personajes y toda una serie de elementos que lo hacen un director de notables cualidades. Que se involucra mucho, sí, pero es que todos los artistas involucran sus vidas en sus obras. No en vano una de sus mejores facetas es cuando expone sin temor alguno sus inquietudes sobre el sexo, el amor, la soledad, la religión. Y cuando critica con algo de cinismo, la “seudointelectualidad”, la cultura inane y todas esas cualidades que caracterizan las producciones de Hollywood.

Es curioso, las polémicas a las que se ha visto enfrentado por cuenta de su hijastra lo han hecho parecer una persona abusiva. Se equivocan los que le juzgan. Y es que si hay un Allen potente es aquel que plasma el desespero, la perplejidad, la soledad y los vaivenes femeninos.

Hasta antes de llegar a la pantalla chica Interiores (1978), Allen era concebido como un comediante de humor inteligente. Con el estreno de Annie Hall (1977), empero, su fama aumentó y tras conseguir cuatro Óscares se consolidó como un director relevante.

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No es extraño, entonces, que luego del apabullamiento mediático, el cineasta decida hacer una reflexión existencial entre un grupo familiar y, sobre todo, sobre la relación del arte en los seres humanos. En un claro homenaje a uno de sus ídolos, Ingmar Bergman, el director americano plasma los problemas entre un círculo familiar tres hermanas desesperadas, una madre en las postrimerías de la sensatez, un padre que busca rehacer su vida, una madrastra colorida. Un film que revuelve los conflictos con los que ha crecido una familia a quien pareciera que no le ha faltado nada, salvo los modales más básicos de la vida.

“En Interiores expresaba mis sentimientos acerca de la vida, ese vacío frío en el que vivimos y del que el arte no puede rescatarnos”, resaltó Allen en una entrevista.   

Y es que los contrastes entre las féminas están bien definidos. Por un lado, los problemas de una madre (Eve), quien no logra superar su exmatrimonio y a quien el perfeccionismo y los escrúpulos propios de una decoradora de interiores la hacen una persona excesivamente honesta, o imprudente. Una mujer que ha sido excesivamente rigurosa en los planes de su vida y su entorno más cercano, pero a quien todo se le sale de manos con la separación de su exmarido (Arthur), un exitoso abogado que busca rehacer su vida, y a quien cada vez le importan menos las constantes caídas de quien fuera su mujer.

Tráiler de Interiores (1978) de Woody Allen

En consecuencia, quienes más padecen los resquicios de dicha unión son sus tres hijas: Renata, la poetisa que suele hacer angustiosas disertaciones sobre la muerte, y quien además debe cargar con los celos de su marido un escritor acomplejado y mediocre—, así como la envidia de una de sus hermanas, Joey, la mujer más inteligente y de la cual sus progenitores se tenían mayores expectativas. Joey no ha triunfado en lo que se ha propuesto, lo que la hace insegura, engreída e inconforme. Por último, se encuentra Flynn, tan bella como vacía, sensible pero desentendida de las fatigas familiares.

En estas cuatro mujeres se teje una historia donde sobresalen los diálogos sobre el sentido de la existencia, donde los pasajes sombríos y melancólicos compaginan con el carácter de sus protagonistas, donde los vínculos domésticos se presionan como se dispersan. “Pobre Joey. Tiene toda la angustia y ansiedad de una personalidad artística pero nada del talento. Debería casarse con Michael y dejar de preocuparse por ser creativa”, señala Renata en una de las tantas escenas en las que queda resaltado que el egoísmo parece ser una cualidad inherente en personas que se dedican al arte. Si hay dos personajes que no padecen problemas son los tres que no tienen ambiciones artísticas, el padre, su nueva esposa y el marido de Joey.

El drama, sobra decirlo, siempre está latente. Woody Allen logra recoger la sensibilidad de cada una de las emociones por donde transitan la madre y las hermanas.

Se trata de un largometraje que cumple cuarenta años de estreno, y que le dio un vuelco a la carrera de unos de los directores más sobresalientes de la actual industria cinematográfica mundial. Una película que vale la pena ver varias veces, que plantea interrogantes sobre los vínculos afectivos y los proyectos de vida. Uno de esos filmes que nos recuerda eso que decía Kundera con respecto a la función de la novela en la existencia: “Las cosas son más complicadas de lo que tú crees”.

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