Fotograma de 'Detrás de las colinas', de Eran Kolirin. Fotograma de 'Detrás de las colinas', de Eran Kolirin.

"La contención en Israel es como vivir dentro de un volcán": Eran Kolirin

A propósito del estreno en Colombia de 'Detrás de las colinas', hablamos con el director israelí sobre las tensiones entre deseo y tabú en su película, de la psicología de los soldados retirados, así como del lugar del cine en un contexto tan tenso como el de la Israel de hoy.

2018/09/12

Por RevistaArcadia.com

Detrás de las colinas empieza con David Greenbaum, un miembro de las fuerzas armadas de Israel, que regresa con su familia después de 27 años de servicio. Esa llegada a su hogar, y sus intentos por rehacer su vida desde otras aristas (el emprendimiento, los talleres de liderazgo), lo ponen de a pocos frente a esa incómoda sensación de que en la rutina cotidiana él se ha vuelto un extraño: su esposa e hijos son unos completos desconocidos, cada uno guarda sus secretos, y la presunta estabilidad emocional y familiar se va viendo cuarteada en una tensión hipócrita. En medio de ese impulso por ser un hombre exitoso y un funcional padre de familia, David decide entrar al mundo de los suplementos nutricionales, en medio del desconcertante contexto social un su país: uno donde los conflictos sociales, afectivos, religiosos, pulsan incesantemente.

El filme, dirigido por el israelí Eran Kolirin, fue nominado en la categoría Un Certain Regard del Festival de Cannes, y se estrena este 13 de septiembre en el país. Antes de su llegada a salas colombianas, hablamos con Kolirin sobre las tensiones entre deseo y tabú en su película, de la psicología de los soldados retirados, así como del lugar del cine en un contexto tan tenso como el de la Israel de hoy.

Uno de los puntos centrales que pulsa en Detrás de las colinas es el tratamiento de la psicología de los soldados retirados. ¿Cómo refleja David, el personaje central, ese sentir psicológico que viven los excombatientes en un país como Israel?

Esas rutas hacia reconstruir las vidas de los excombatientes no es algo que yo sienta propio de Israel, sino de todas las sociedades que, de uno u otro modo, han estado en guerras. Es un sentir social que, creo, desborda las fronteras nacionales. El ejército, la experiencia del ejército, produce y reestructura las formas de pensar, de estar en sociedad, la vida misma del país. Un personaje como David muestra esos puentes entre la vida interna de una persona y la vida interna de una sociedad. De alguna manera, las pulsiones de las personas canalizan pulsiones de los países. Eso, sin duda, ocurre en Israel. Y, por supuesto, la actualidad de Israel se cuela en esa estructura psicológica que muestro en la película.

Otro punto interesante es la forma como en la película pulsan algunos conflictos religiosos: lo judío pujando con lo musulmán, en un registro también afectivo. Las vidas de los integrantes de la familia de David en Detrás de las colinas están atravesadas por esos pulsos...

Este es un país que ha estado atravesado por esas tensiones religiosas que se hacen, rehacen y disputan: las fronteras de Israel y muchos de sus conflictos fronterizos han tenido que ver con eso. Por ejemplo, las tensiones con Siria, con el Líbano. La transformación de Israel y esos choques me han dado maneras de pensar cómo formar personajes. En mi película, quise retratar también esa forma como desde el deseo en los jóvenes, como en la hija de David, eso se suspende y se reformula. Muchas veces, lo que ocurre, es que la gente comienza a pretender, fingir: fingir una religión, aparentar, contener. Quise revisar esas formas como ciertos sujetos se resisten, pero también como ese sentir general, religioso incluso, a veces suprime las voluntades. El país decide unos modos de vivir, y las personas actúan frente a ellos: ya sea para reforzarlos, como podría pensarse el final de la película, o para subvertirlos.

Eso va muy en línea con otra línea que se trabaja allí: la idea del tabú. Detrás de las colinas pone en escena el tabú y esa tensión contradictoria entre su aceptación o su ruptura: el amor entre clases, el amor intergeneracional. ¿Cómo se relacionan esas ideas de deseo y tabú en tu película y en el Israel de hoy?

La familia que retrato y cuyos conflictos reconstruyo sí ponen el dedo sobre cierta forma de enfrentarse al tabú y es desde la negación. A pesar de todo, de las consecuencias funestas que puede traer su transgresión para ciertos personajes (no lo cuento para no dañar la película), suele haber un efecto de reincorporación en la norma. En Israel la gente teme la transgresión, está atemorizada todo el tiempo. A pesar de los asedios a ciertos tabúes, este tipo de sentimiento de vivir dentro de un volcán, que en cualquier momento puede estallar. A la gente se le olvida muchas veces, y ahí es cuando ocurre la transgresión. Pero esa sensación no se detiene, pueden ocurrir cosas como un deseo prohibido entre profesora y estudiante, entre personas de clases distintas—, pero el volcán nunca explota. Esa sensación de fronteras contenidas es lo que buscaba.

La película, como muchas otras hacen, representa muchas luchas (territoriales, familiares, afectivas). ¿Cómo piensas que el cine puede encarar ese estado de las cosas en un contexto determinado? ¿Cómo lo hace tu película frente al contexto israelí de hoy?

El cine, a diferencia de muchas otras narrativas, tiene un poder particular para acercarse al espectador. Las audiencias, de alguna forma y así no lo entiendan del todo, se ven enfrentadas a esas tensiones que se presentan allí. No creo que el cine pueda cambiar cosas directamente o llamar a la acción, pero sí puede hacer pensar: por ejemplo, las líneas entre una cosa o la otra, entre dos conflictos, entre dos identidades. Si una película cuestiona una sociedad, es probable que esa sociedad se sienta interpelada, o eso esperaría que ocurriera, por ejemplo, con mi filme entre las audiencias israelíes.

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