"'La negociación' es un documental precario en su narrativa y confuso en sus intenciones políticas", escribe el crítico Pedro Adrián Zuluaga. "'La negociación' es un documental precario en su narrativa y confuso en sus intenciones políticas", escribe el crítico Pedro Adrián Zuluaga.

Lo que censura (y lo que muestra) ‘La negociación’, de Margarita Martínez

El crítico de cine Pedro Adrián Zuluaga escribe sobre el documental de Margarita Martínez, envuelto recientemente en una polémica por un posible veto de Cine Colombia a raíz de una serie de tuits del expresidente Álvaro Uribe.

2018/11/30

Por Pedro Adrián Zuluaga

La negociación, de Margarita Martínez, completa una mínima saga de documentales sobre el proceso de paz con las Farc. El primero de ellos, Caminos de guerra y paz, producido por Caracol y Laberinto Producciones, estaba programado para estrenarse la noche del 2 de octubre de 2016, una vez conocido el triunfo del Sí en el plebiscito. Pero ganó el No y la emisión del documental fue suspendida. El segundo, si nos atenemos a su orden previsto de aparición, fue El silencio de los fusiles, de la periodista Natalia Orozco, que se estrenó con gran revuelo en el FICCI 57, en una noche histórica del Centro de Convenciones de Cartagena que compartieron, palmo a palmo, las delegaciones de la guerrilla y del gobierno. Les siguió El fin de la guerra, de Marc Silver, amigo del hijo del expresidente Santos, quien aprovecho ese privilegio para tener más y mejor acceso a la intimidad de la “negociación”.

La existencia de un grupo de trabajos documentales sobre el mismo asunto hace inevitable la comparación. Hasta dónde llega el uno, dónde retoma el otro, qué enfoque hay aquí, cuál allá. La negociación llega con la desventaja de ser el último y con el infortunio de no ser el mejor. Los momentos íntimos del proceso, el juego de cuerpos y miradas entre las dos delegaciones y la trasescena de un hecho histórico fundamental, que en los documentales anteriores podía despertar asombro o curiosidad, aquí simplemente aburren. Perdido el interés por el plano general, me sucedió como espectador que me vi obligado a divagar en los detalles: cómo están vestidos los negociadores, qué dice eso de su lugar social (y de nosotros como sociedad), cómo hablan y cómo se va transformando el lenguaje en ambos lados de la mesa. Cuando un delegado de las Farc afirma que al comienzo la contraparte los miraba como unos primates, me quedé pensando en el significado de esa presunta mirada, en el origen de la diferencia insalvable, y no pude sino asociar ese prejuicio a la presencia amenzanate de unos cuerpos (los de los guerrilleros) venidos de muchas oscuridades: de la pobreza, de la selva, de la oscura violencia.

Tráiler del documental La negociación

Y entonces surgen las preguntas: ¿por qué el documental acompaña más y mejor a la delegación del gobierno que a la de las Farc? ¿Se sentía más cómoda la directora y su equipo de grabación con esos hombres y mujeres “blancos” que con los muy mestizos Pastor Alape o la negra Victoria Sandino? Luego llegan las víctimas (las grandes ausentes en estos trabajos) a La Habana y al documental, y el desacuerdo entre la voz narradora de impecable corrección política y las cuestionables decisiones técnicas y narrativas se hace ostensible. El capítulo dedicado a las víctimas se llama “El corazón de la negociación”, pero en vez de honrar su centralidad el documental las arrincona a un lugar periférico que desvela su impostura estética y moral. La voz de las víctimas se escucha en off, sin que sea asociada a un cuerpo. Esto, que parece menor, por el contrario es sustancial. Todos los otros testimonios en el documental están vinculados a una corporeidad. Las víctimas, en cambio, son un coro indiferenciado y amorfo. Muchas de estas víctimas son mujeres, pobres, negras, campesinas, son toda esa Colombia oscura que estorba al proyecto elitista de nación. Y La negociación las ignora de nuevo suscribiendo con este gesto una solidaridad ideológica producto de un inconsciente clasista y racializado: el documental afirma el privilegio y la exclusión.

La negociación tiene un gran interés como producto cultural que desvela la falsa buena conciencia de una élite intelectual que solo puede adscribir solidaridades superficiales, pero que nunca llega a cuestionar, o al menos a hacer consciente, su lugar de privilegio y sus prácticas de exclusión. Lo poderoso del cine es que aquello que la conciencia no puede exponer racionalmente, la irracionalidad de la cámara (y del montaje) lo deja pasar.

Una consideración especial merece el lugar de Álvaro Uribe y su discurso en el documental. Precisamente en el tuit que desató la breve polémica sobre el posible veto al documental, el expresidente usó la palabra objetividad. Esta idea, tan malentendida, está en el centro del debate de estos documentales sobre el proceso de paz. ¿Es garantía de objetividad incluir las voces disidentes o críticas frente a la negociación? ¿Es suficiente? Uribe, quien según Margarita Martínez fue invitado por ella a exponer sus puntos de vista para ser incluidos en el documental (invitación que el hoy senador declinó), aparece una y otra vez agitando multitudes y prorrumpiendo en emotivos discursos contra el acuerdo. Como me lo hizo ver el crítico de cine Manuel Kalmanovitz, el discurso de Uribe nunca es sometido a un debate, un análisis o un mínimo aparato crítico. No se habla de sus mentiras y manipulaciones, ni se toca la tramposa campaña por el No en el plebiscito. La presunción de objetividad que llevó a la documentalista a incluir la voz  (y el cuerpo, ese sí) del expresidente a partir de un disperso material de archivo, deviene en la legitimación de un parloteo delirante.

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Otro detalle me pareció muy diciente: en muchos de los actos públicos de Uribe que son incluidos como parte del archivo usado en el montaje, el expresidente aparece al lado de un fiel escudero: Iván Duque. La negociación termina justo con la elección del senador como nuevo presidente. Y aunque un letrero en pantalla alcanza a traslucir cierta preocupación por la llegada al poder de un político de derechas rodeado de otros políticos de derechas –como Fernando Londoño– que han afirmado su voluntad de hacer trizas los acuerdos de paz, lo que vemos, en las imágenes y el montaje, es una anuencia y un aval al nuevo gobernante (ese hombre que siempre estuvo ahí y que no habíamos visto, pero que Uribe descubrió), un gesto “inconsciente” de confianza de que “uno de los nuestros”, y no un oscuro advenedizo, tome las riendas.

En suma, La negociación es un documental precario en su narrativa y confuso en sus intenciones políticas. Seguramente no estaríamos hablando de él si no se hubiese atravesado el sospechoso empujoncito de Uribe. El documental aprovechó sin mayores escrúpulos la coyuntura mediática, y en esto –que es otro tema no menos importante pero del que no me ocuparé aquí– queda también ratificada su dudosa estatura ética.

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