Estatua de la estautilla de los premios Óscar. Angela Weiss / AFP.

Lo que Óscar ve

A propósito de la entrega de los Premios de la Academia este domingo 4 de marzo, una mirada a la mirada del premio más famoso del mundo del cine.

2018/03/02

Por Óscar Garzón

Quizá no resulte casual que la estatuilla más famosa del mundo del cine carezca de ojos. O al parecer sí los tiene: se adivinan en su cráneo unas líneas tímidas en la cavidad ocular. Si acaso esas formas son en efecto ojos, en definitiva la mirada de Óscar no es particularmente amplia, ni atenta ni curiosa. De hecho su actitud proyecta lo contrario: adormecimiento, rigidez, ceguera. Como si acaso un soldado hubiera quedado dormido de pie en medio de una guardia militar. O como un invidente que sostiene su bastón blanco pegado al torso.

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No es casual entonces que los premios que representan esta estatuilla sean también una extensión de esta mirada; su celebración anual es una reiteración de la insularidad y la afirmación de una industria específica: la industria de los Estados Unidos. Si bien se anuncian como la “Academia de las Artes y la Ciencias Cinematográficas” —nombre que se asemeja a una clase del pénsum de Hogwarts— en ningún lado aparece la palabra “industria” como si esta estuviera mal vista o causara vergüenza. Porque eso precisamente es lo que son: premios que una industria se regala a sí misma como una palmada en la espalda y que ocasionalmente —muy ocasionalmente— otorgan al cine que su propia industria no produce. Óscar, como su actitud, no es muy abierto ante lo diferente así se alegue lo contrario: si frente a Óscar desfilaran las imágenes de cuatro directores mexicanos (Alejandro González Iñárritu, Guillermo del Toro, Amat Escalante, o Carlos Reygadas) ya sabemos sobre quiénes posará su mirada y a quiénes dejará en las márgenes. Pero no importa. Si Óscar premia durante dos años seguidos con la estatuilla de Mejor Director a un mexicano, entonces Óscar parece incluyente. Y digo parece, porque Óscar entiende que su negocio es el artificio.

Además de soldado adormilado y ciego temeroso, la estatuilla del Óscar también parece un monaguillo bueno y arrepentido, listo para recibir la comunión: el objetivo del premio parece ser concreto —celebrar un humanismo— pero su mirada miope solo le alcanza en su mayoría para ver la corrección y las buenas intenciones. Ya es de común conocimiento que —como bromeaba el comediante Ricky Gervais— para ganar un Óscar “solo basta con interpretar un lisiado o tocar el tema del Holocausto.” Más allá de la caricatura en el chiste, es innegable la mirada ideológica detrás del premio. Sentado sobre el trono del privilegio y la vida suntuosa de Hollywood, a Óscar le gusta parecer humano, cercano y bueno. Su industria no es sólo una cuestión de medios de producción concretos, ni de las cantidades exorbitantes de miles de millones de dólares que mueve en el mundo. Su industria es —por sobre todo— un engranaje de ideas que produce, apropia, promueve y premia una mirada particular del mundo. Nada más poderoso que una industria multimillonaria para reproducir una supremacía disfrazada de películas de superhéroes. (Películas que Óscar se cuida de no premiar mucho, porque lo suyo es el prestigio).

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¿Realmente está viendo cine este hombrecillo de oro? Los hechos parecen indicar que la ceguera es absoluta. Mientras Tom Hopper es ganador del Óscar a Mejor Director, los siguientes realizadores nunca consiguieron el mismo premio: Charlie Chaplin, Alfred Hitchcock, Ingmar Bergman, Akira Kurosawa, Howard Hawks, Sergio Leone, Raúl Ruiz y la lista continúa en un largo y vergonzoso etcétera. Si a estos señores les ha sido negada la bendición de la Academia, mujeres como Ida Lupino, Lucrecia Martel o Chantal Akerman no han recibido siquiera una nominación. Óscar no parece mirarlas de a mucho —otras preguntas se abren aquí— y la única directora ganadora del premio a la Dirección ha sido Kathryn Bigelow por su fantasía militarista Zero Dark Thirty (2012), una película de superhéroes disfrazada de prestigio.

No todo ha sido un desfile de desaciertos. En medio de la usual aridez florece de vez en cuando un artista tan contundente que la mirada de Óscar no puede ignorar. Como hierbas salvajes, están los premios honoríficos a Godard, Agnés Vardá y Frederick Wiseman. Como buen ciego, Óscar premia tarde lo que no vio —o no quiso ver— en su momento. Por fortuna también están los pequeños actos de rebeldía de artistas que se rehúsan a recibirlo: Marlon Brando en 1973 rechaza el premio a Mejor Actor por El padrino y señala con su acto el racismo de la industria que lo acogió.

Así que ahí está la estatuilla y su Academia, buscando siempre ser correcta. En los últimos años han invitado a su organización a varios centenares de artistas de todo el mundo, buscando ampliar la mirada del premio. Al respecto Lucrecia Martel, una de las invitadas, dijo: “No me invitaron, lo anunciaron y hablaban como si todos hubiéramos aceptado, y no fue así. Es importante sostener que no acepté, pero que está bien que la Academia sea diversa, para que la votación sea más representativa. Fue una operación de prensa para blanquear la imagen de la Academia. Primero hablá a la gente, proponele, fijate si acepta…”

Y tiene razón. No había caído en la cuenta de que Óscar es también mudo y en consecuencia, poco propenso al diálogo. Sus actos, sin embargo, dicen mucho. ¿Qué verá Óscar este fin de semana?

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