El estreno de 'Clímax' en Colombia es el próximo jueves 17 de enero. El estreno de 'Clímax' en Colombia es el próximo jueves 17 de enero.

Los cuerpos abrumados: ‘Clímax’, de Gaspar Noé

El realizador franco-argentino Gaspar Noé regresa con 'Clímax' (2018), su más reciente película, para volver a mirar con excitación voyerista la frágil frontera entre el cuerpo y la violencia.

2019/01/15

Por Óscar Garzón M.

El realizador franco-argentino Gaspar Noé regresa con Clímax (2018), su más reciente película, para volver a mirar con excitación voyerista la frágil frontera entre el cuerpo y la violencia. Tanto en Irreversible (2002) como en Enter the Void (2009) veíamos ya una clara intención por explorar los límites del cuerpo y sus expresiones máximas, que oscilaban entre el deseo y la muerte. En Clímax, sin embargo, hay una claridad sensorial concreta que le hace justicia a su título: la película apela al cuerpo de maneras abrumadoras con una sencillez sobrecogedora. Clímax tiene en su centro a un colectivo de bailarines diverso que se reúne para ensayar y celebrar en un espacio cerrado en medio del invierno con el dulce acompañamiento de una sangría engañosa.

El espectador que busque aquí una narración elaborada, unos personajes cerrados y complejos o una reiteración correcta de su visión del mundo hace bien en sencillamente observar y entregarse a su cuerpo. El cine de Gaspar Noé es un cine que se pretende más cercano a la experiencia sensorial que a la narración, al voyerismo por encima de la descripción, a la exterioridad pura —el cuerpo— por encima de la interioridad —lo psicológico—. No es, tampoco, un cine del subtexto, donde las ideas nos llevan a otras ideas, sino, por el contrario, un cine de la sobreexcitación, donde los cuerpos nos conmueven, encadenados con el nuestro, hacia la experiencia de lo abrumador.

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Clímax se divide en actos concretos que reflejan, a su vez, las decisiones formales que toman Noé y su director de fotografía Benoît Debie. Al inicio de la película, en un televisor, vemos uno a uno a los personajes hablando sobre sus experiencias y anécdotas a un entrevistador que nunca vemos. No solo es una secuencia que sirve para introducir a sus personajes sino que, además, nos plantea la individualidad que luego será trastocada hacia una colectividad sin centro. Una vez los bailarines están ya en las instalaciones de un colegio en desuso, la cámara de Debie y Noé nos presenta en planos generales (con una elocuente bandera de Francia al fondo) la alegría pura del baile. Los cuerpos se mueven con destreza y ritmo, y muestran, a su vez, la frontera indiscernible entre la experiencia subjetiva y la colectiva.

Después del baile, en planos medios de dos o tres personajes que beben sangría, surge el diálogo que habla del deseo, de los propios cuerpos y, sobre todo, de las fracturas que separan a unos de otros. Si en el primer acto estaba la potencia de todo lo que el cuerpo puede, en su segundo acto está la potencia del descenso que se avecina: la sangría que consumen —hacia el interior— contrasta con las palabras descarnadas que enuncian hacia el exterior. Una vez la sangría ha hecho efecto en los cuerpos de los bailarines, la cámara de Debie y Noé entra también en un estado sin centro: los planos secuencia que van de un personaje a otro transitando el espacio no son más que la representación del descenso, de los individuos que nuevamente devendrán en colectivo, esta vez atravesados no por la destreza y el ritmo sino por la violencia y el delirio.

La cámara trastoca el arriba y el abajo mientras los cuerpos en movimiento son verbo absoluto: no hay más remedio que gritar, llorar, sudar, reír, gemir, quemar, frotar, bailar, besar, oler, golpear, patear y volver a empezar. La banda sonora —que incluye desde una versión distorsionada de Erik Satie hasta Daft Punk y The Rolling Stones— funciona como el pulso de un cuerpo sobreexaltado. Y así como los cuerpos han perdido su centro, la película es también un cuerpo con el eje trastocado: los créditos finales están al inicio, los créditos de apertura en el medio y al final solo un corte seco a negro para darnos cuenta de que nosotros, también, somos un cuerpo que necesita un respiro.

Clímax, de Gaspar Noé, se entiende mejor con el cuerpo. Allí, la violencia, el deseo y la muerte están en un mismo territorio.

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