Tim Blake Nelson como Buster Scruggs en 'La balada de Buster Scruggs', de los hermanos Coen. Tim Blake Nelson como Buster Scruggs en 'La balada de Buster Scruggs', de los hermanos Coen.

Narraciones de vida y muerte en ‘La balada de Buster Scruggs’

Un comentario de la más reciente película de Joel e Ethan Coen: una antología de seis relatos ‘western’ que exploran las distintas maneras como las narraciones adquieren sentido a través de la muerte.

2018/12/13

Por Óscar Garzón M.

La última película de los hermanos Coen, La balada de Buster Scruggs, inicia con la imagen de un libro de relatos sobre una mesa. De entrada su mecanismo narrativo se hace evidente: asistiremos a una antología de relatos. Su eje común es un género concreto: el western y sus derivados; su tema, la muerte. Así, los hermanos Coen continúan con la exploración de un tema recurrente en su filmografía: nuestra relación intrínseca con el acto de narrar y escuchar historias. Ya en películas como Fargo (de manera paródica se anuncia que es basada en hechos reales), Barton Fink o, recientemente, Hail, Caesar!, los Coen reiteran, una y otra vez, el modo en el que las narraciones nos permiten pensar, parodiar y jugar —sobre todo jugar— con la experiencia, muchas veces patética, de lo humano.

Así como en Hail, Caesar! los géneros cinematográficos eran mecanismos maleables para generar un pastiche entorno a la desaparición de una estrella de cine, en La balada de Buster Scruggs el género del western es aquí el centro de todo lo narrado. En tono paródico se extraen de él muchos de sus tropos ya conocidos: el matón cuya cabeza tiene un precio; el asalto a un banco; los indígenas salvajes como enemigo etéreo; la avaricia por la riqueza encontrada o el viaje en una diligencia, por nombrar solo algunos. Sin embargo, la película no se limita a reconstruir y deconstruir un género. Una a una, y es allí donde recae su mayor valor, las seis historias que componen La balada de Buster Scruggs exploran a su modo las distintas maneras en las que las narraciones adquieren sentido a través de la muerte.

¿Qué hay en común entre una canción popular, un giro narrativo o el sencillo acto de planear para el futuro? Todos ellos, nos señalan los hermanos Coen, tienen en común el hecho de nuestra propia mortalidad. No tiene mucho sentido hacer aquí una reseña de cada uno de los segmentos (gran parte del goce que plantea la película está no en seguir lo que se narra, sino en el orden, la estructura y en el tono empleado en cada historia), pero sí podemos proponer una lectura temática y formal de las ideas planteadas. Podemos pensar, por ejemplo, que existen las canciones —narraciones musicales— para darle un orden armónico e ideal, inmune a este mundo inmoral (como sucede en el primer segmento, “La balada de Buster Scruggs”). Que quizás llenamos nuestras narraciones de giros narrativos porque son ellos una gran metáfora para entender que estamos en constante tensión con la muerte (“Near Algodones”) o que todo narrador narra para llenar el tiempo y escapar de la muerte, y que el entretenimiento —así sea una gallina que sabe multiplicar— es inmediato mas no siempre sublime (“Meal Ticket”). Podemos pensar, a su vez, que el trabajo y la propiedad —que se dan también en el tiempo— son también propensos a lo dramático, mientras que la naturaleza, lejana, observa con desconfianza porque para ella todo está dado (“All Gold Canyon”). Podemos concluir, finalmente, que todo plan hacia el futuro —un negocio, un viaje, un matrimonio— no es más que una narración del porvenir que ignora deliberadamente a la muerte (“The Gal Who Got Rattled”) o que, por el mismo camino, podemos imaginar y narrar la experiencia de la muerte como el atardecer que ilumina una carroza en movimiento llena de desconocidos (“The Mortal Remains”).

Pero todas estas ideas —serias y aparentemente solemnes— que plantea La balada de Buster Scruggs están construidas sobre un entramado de ironía y parodia que constantemente utiliza gestos contradictorios entre la alegría, la crueldad y la ternura, y que se potencia desde la banda sonora de Carter Burwell, capaz de musicalizar la armonía y el horror en un mismo segmento, o desde interpretaciones caricaturescas  y entrañables como las de Tim Blake Nelson como el epónimo Buster Scruggs, o contenidas y conmovedoras como la de Harry Melling en el papel del actor sin extremidades que es reemplazado por una gallina. Con la cámara de Bruno Delbonnel (Inside Llewyn Davis), los hermanos Coen plantean una puesta en escena que parte de la paleta del género del western para explorar desde los grandes planos generales, hasta la luz expresionista del último segmento, más cercano a lo gótico, y así dar cuenta de la amplitud de sus historias y sus temas. Si bien puede parecer como un leve divertimento en la amplia y sólida filmografía de los Coen, La balada de Buster Scruggs resuena desde su juego múltiple de narraciones lineales, para reiterar, con sencillez, que no hay mejor razón para llenar la vida de narraciones que la inminencia de un final asegurado. Si fuéramos inmortales, diría Buster Scruggs, nada significaría lo suficiente para ser cantado.

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