Pascal Plante, director de 'Fake Tattoos'. Foto: Robby Klein/Getty Images. Pascal Plante, director de 'Fake Tattoos'. Foto: Robby Klein/Getty Images.

“Nuestro cine sigue surfeando en el tsunami de Xavier Dolan”: Pascal Plante

Hablamos con el director quebequense a propósito del estreno en Colombia de 'Les faux tatouages' ('Fake Tattoos'), su primer largometraje, en el marco de la muestra Cine Canadá 2018.

2018/06/30

Por Felipe Sánchez Villarreal

El amor ocurre en el rostro. En la metamorfosis del semblante. Y ocurre sin anuncios previos ni cálidos atardeceres ni cartas debajo de la puerta. Estamos en Montréal. Théo (Anthony Therrien), la rabia en la mirada, en el sudor que impregna su camiseta de los Dead Kennedys, compra su primera cerveza legal. Es su cumpleaños. Va a un concierto de metal, participa del mosh, salta. Está solo, lo dice el rostro. Tiene hambre y está solo. Eso hasta que irrumpe Mag (Rose-Marie Perreault). Mag, una rubia despreocupada, que señala sus tatuajes, que los señala y descubre que son falsos. Un huracán que lo incomoda, lo provoca. Que, sin misterios, lo invita a una gaseosa. Que lo desploma.

Les faux tatouages o Fake Tattoos (2017), el primer largometraje del director canadiense Pascal Plante, sigue a Théo y Mag, dos jóvenes punkies en la Québec contemporánea, en la cimentación de un amor que va creciendo en los silencios, las conversaciones cotidianas y las discusiones sobre música en las que se entrelazan sus vidas. Sin mayores pretensiones que las de retratar (como un espejo de las sensibilidades de hoy) un romance intenso pero contenido, Plante ensambla una película tamizada de una desprevenida química amorosa, y de trivialidades que desenvuelven los pasados, temores y alegrías de sus delicados protagonistas.

El largometraje ganó en la categoría de Mejor Guion para una Película Canadiense por el Vancouver Film Critics Circle y fue nominada al Oso de Cristal en la sección Generation 14plus del Festival de Cine de Berlín 2018. Además, la película fue seleccionada para abrir la muestra Cine Canadá 2018 en Bogotá. Nos sentamos con Plante —quien actualmente continúa su carrera cinematográfica como parte de Nemesis Films, una productora que él cofundó— para hablar de música, de los clichés del cine de amor y del estado actual del cine canadiense en el marco de la ola que cimentó su contemporáneo Xavier Dolan.

El romance que pones en escena en Fake Tattoos tiene un tono de ingenuidad y marginalidad que la distancia de la forma como los grandes blockbusters narran el amor. ¿Es así? ¿Sentiste que era necesario darle un giro a la estructura de las películas románticas más convencionales?

Sí, yo creo que las películas románticas —sobre todo las comedias románticas— ya están muy codificadas. Hay una estructura de tres actos ensamblados desde el clásico “chico conoce chica”. Todo pareciera copiado y pegado de una película a otra. Eso puede funcionar muy bien para ciertas audiencias, pero yo no quería hacer eso, no quería hacer una película en la que el amor estuviera idealizado. Mi idea era construir un romance con el cual uno pudiera relacionarse, capturar los sentimientos de un primer amor: esa pequeña incomodidad, los sentimientos de incertidumbre de quién va a tomar la iniciativa, cómo va a suceder, el desconcierto, la inquietud.

Creo que en casi todas las películas románticas el paisaje y los escenarios son casi demasiado perfectos para que ocurra el amor. No sé tú, pero mis experiencias me han enseñado que uno se enamora en los momentos triviales, no en una puesta de sol perfecta. Para mí era importante mis personajes se enamoraran en tiempo real, a través de conversaciones normales, de referencias culturales, musicales. En la superficie pueden parecer conversaciones triviales, pero entre líneas ahí es donde el amor encuentra sus caminos. Quise capturar eso con Théo y Mag, los protagonistas de Fake Tattoos.

Fue clave pasar tiempo con los actores, que ellos llegaran a conocerse. En otras películas creo que todo ocurre muy rápido, entonces hay un desfase entre el enamoramiento de la pareja y el tiempo que tienen los espectadores para encariñarse con ellos. Le aposté a mirarlos en tiempo real: si la audiencia los ve enamorarse en tiempo real, se van a enamorar de ellos.

Sí, y creo que la película logra capturar muy bien las formas como el amor se desenvuelve en nuestra época…

Claro, Fake Tattoos intenta ser muy contemporánea. Aunque es una película de amor, los personajes no necesariamente se dicen “Te amo”. De hecho, la película empieza con la noche en la que tienen sexo, algo que en las películas estadounidenses sería extraño, porque en ellas el momento de la intimidad física ocurre cuando ya están enamorados. Intenté darles giros a las expectativas a las que nos acostumbró el cine romántico tradicional: esto está mucho más cerca de la vida cotidiana.

Algo muy contemporáneo de como abordé el amor joven es el tema del miedo generalizado al compromiso. La gente se enamora pero ahora no sabe cómo decirlo, cómo definir eso que siente. Uno no quiere incomodar, invadir al otro. En Fake Tattoos eso se representa bien: cada uno tiene su vida separada, se encuentran, pero no quieren interrumpir mucho la vida del otro. Cuando yo era más joven, después de que terminabas con alguien decías: “Hay más peces en el mar”. Ahora es casi lo contrario: en el mundo actual vivimos un bufet chino de opciones. A veces no quieres comprometerte porque sabes que sí hay otros peces en el mar. El compromiso es muy diferente y, hasta ahora, no había visto ninguna película que lo abordara de una forma tan actual. Ahí es donde intenté entrar yo.

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Algo que acentúa eso es la composición de los planos, la estética visual de la película. ¿De qué forma quisiste que esas decisiones visuales reforzaran tu propia idea de un romance desprevenido?

En la lógica de “pasar tiempo” con los personajes (y me gusta mucho esa expresión: “pasar tiempo” con alguien), quisimos dejar que la cámara no tuviera prisa. En vez de añadir mucha artificialidad, cinematografía o movimientos de cámara, nos fuimos por tomas largas. Quisimos crear un ritmo que al final era el ritmo propio de los protagonistas. Se sentía mal añadirle capas de velocidad: las tomas largas funcionaban bien porque ese romance ya tenía su propio ritmo.

Por eso también jugamos con la pantalla dividida, para que el espectador se pudiera tomar su tiempo con cada uno, con lo que quisiera ver de cada uno de ellos. Si quieres ver el fondo, los detalles de las manos, lo que quieras. Le doy una libertad enorme al espectador para ver lo que quiera. Pero eso solo ocurre con buenos actores y, afortunadamente, tuvimos a dos personas maravillosas. Necesitábamos que no solo fueran buenos individualmente sino que se vieran bien juntos. La clave del cine de amor es esa: la química invisible entre los personajes.

Otra de las cosas que marcan el ritmo es la música: ciertos toques estridentes de punk y heavy metal, mezclados con algunas baladas y algo de pop actual. ¿Cómo fue el proceso de selección y uso de esos golpes musicales que marcan el paso de Fake Tattoos?

La música en Fake Tattoos evoca cierta época, está arraigado en el cambio de siglo, algo que le imprime su tono nostálgico —tanto por las identificaciones del espectador con el primer amor, como por la selección musical noventera y de principios de los 2000—. La elección hizo que la música, ecléctica, reflejara a esa generación, que es diversa y abierta a todo. También fue parte clave de mi proceso de creación del guion: yo le hago playlists a los personajes antes de escribirlos, para entender su psicología. La música me ayuda a anclar los personajes, a hacerlos tridimensionales. Además, esa selección musical también influyó el estilo de grabación. Los créditos incluso corren al son de una balada punk. Y creo que esa idea de la balada punk define bien el alma de la película: es punk, cruda, directa, pero también muy tierna y conmovedora.

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Fake Tattoos es tu primer largometraje. Para un director independiente, ¿cuáles sientes que son los obstáculos más grandes para socializar una película debut, que no la vean solo los familiares?

Muchas veces es difícil que el público, y más un público joven, vaya a los teatros a ver estas películas. Como no hay una buena educación en cine, lo único que ven son los blockbusters gringos. Así es más difícil que la gente entienda que el cine también puede ser un espejo de la vida cotidiana. Ese es el gran reto: que la gente sepa que puede vivir una experiencia hermosa con personajes con los que se puedan relacionar en pantalla. Por ejemplo, las películas de superhéroes, que son todo lo contrario a esa cotidianidad de películas como Fake Tattoos, exhiben personajes irreales, casi inhumanos. Intentar llegarle así a la gente, que la gente quiera ver variaciones de sí mismo en las películas, se vuelve difícil cuando lo único que han visto son versiones exacerbadas del hombre o el amor.

Cuando eres un espectador que está lejos de los lugares de producción de cierto cine (en este caso, nosotros en Colombia respecto a Canadá), hay ciertas figuras que, siento, ensombrecen a los demás creadores. En el caso del cine canadiense joven, Xavier Dolan es el que ha capitalizado ese imaginario del cine independiente canadiense. ¿Cómo ves tú a una figura como la de Dolan para directores de su generación como tú?

Nos guste o no, todos estamos surfeando en el tsunami de Xavier Dolan. Él le dio una voz potente a nuestra generación de realizadores quebequenses. Aunque mi cine no se parece en nada al suyo, en cierta forma extraña le debo mucho a él y sus películas. No solo porque puso la atención del mundo sobre el cine de Québec, sino porque eso despertó un boom de financiación pública del gobierno al cine hecho por jóvenes. Antes de Dolan, los que se ganaban esas subvenciones eran los directores viejos de trayectoria; pero después de J‘ai tue ma mere (2009), la primera de Dolan, se redirigió la mirada hacia los jóvenes directores. Todos nos hemos beneficiado de su ola.

Aunque sí creo que, en cierta medida, Cannes hizo a Dolan. No es que su cine sea mejor o peor que el de sus contemporáneos, incluido yo, sino que el Festival le dio un impulso impresionante. En un mundo repleto de contenidos y de gente que quiere hacer películas, se necesita ese impulso que da una circulación como la de los grandes festivales. Ciertas películas encuentran a su público de inmediato, se vuelven clásicos de culto contemporáneos desde que salen. Con el tiempo, se prueba eso. Hay cineastas que hacen su camino con películas idiosincráticas, con integridad. Pienso en el caso de Lav Diaz, este director filipino que hace películas de cuatro, ocho horas, y ahora está siendo reconocido por esa consistencia, ese estilo particular.

Además de Dolan, ¿qué otros nombres habría que tener en el radar del cine canadiense de ahora? ¿A quiénes deberíamos seguirles la pista?

El cine canadiense tiene una peculiaridad y es que hay una separación enorme entre el cine de la parte francesa y de la parte inglesa. El cine quebequense tiene nombres como el de Dolan o el de Denys Arcand. Pero, hablando del de Québec, de donde vienen los directores que conozco y que me inspiran, hay nuevas voces fascinantes. Anne Émont, por ejemplo, que en 2010 sacó una gran película titulada Nuit #1. Muy oscura, muy interesante. También Rafaël Ouellet y Maxime Giroux. Hay opciones, es variado y diverso. Les Affamés, de Robin Aubert, que es de zombies, de horror, demuestra la variedad de nuestro cine. Que quede claro: no todos queremos imitar a Dolan (risas).

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