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‘Alanis’: madre y puta

La cineasta argentina Anahí Berneri es la primera mujer latinoamericana en recibir la concha de plata al mejor director en el Festival de Cine de San Sebastián por ‘Alanis’, su quinto largometraje. Narra tres días en la vida de una prostituta y su pequeño hijo.

2017/12/12

Por Laura Martínez Duque

Una mujer joven limpia un baño y está desnuda. Entra en la ducha, parece que llora, pero no deja de fregar. Afuera, en la calle, otra mujer mayor pega papelitos que ofrecen sexo. Finalmente las dos mujeres coinciden en la misma casa. La mayor entrega un niño pequeño a la que antes limpiaba. Es su madre. Ésta lo toma en brazos y lo ubica frente a la cámara. Descubre su seno y en primer plano la vemos amamantar al niño en tiempo real.

Suena el timbre y es un cliente. Aparecen dos hombres en la puerta. La mujer joven les advierte que no puede recibirlos al mismo tiempo, que vayan por turnos. Hay un forcejeo y los hombres irrumpen a la fuerza. Son policías. Hay una denuncia, un allanamiento y un saqueo. La mujer mayor es detenida y la más joven, Alanis (Sofía Gala Castiglione), es increpada como una mujer en situación de trata. Logra eludir la situación pero queda en la calle con su pequeño hijo en brazos.

Anahí Berneri construye la angustia de una mujer que debe sobrevivir sin su principal herramienta de trabajo (su celular fue decomisado), sin ropa, sin dinero y con un niño al que no deja de cuidar, entretener, limpiar y, sobre todo, de alimentar con su pecho. Y este es el gran gesto de Alanis. De una belleza sobrecogedora, además, al ser ambos personajes madre e hijo por fuera de la ficción.

En los 88 minutos de la película hay solo dos escenas dedicadas al trabajo sexual de Alanis. Pasada la primera media hora el espectador puede haber olvidado que la protagonista, además de buena madre, es puta. Berneri habrá de recordárselo en una escena magistral y perturbadora. El espejo retrovisor de un auto refleja la mirada perdida de Alanis, el plano se abre y vemos a un hombre mayor tumbado sobre el pecho de ella que lo amamanta. Y no cabe otra palabra. Alanis, además, soba su espalda como apaciguándolo. El hombre no logra la erección, le paga menos dinero y la saca del auto.

Entonces el espectador puede llegar a pensar que a Alanis tampoco le va muy bien como puta. Y comience a desear que la joven madre acepte la asistencia social que le promete un Estado que en primer lugar la deja en la calle. O que acepte ese trabajo de limpiar casas por muy poco dinero y que escuche a la tía y deje esa mala vida por el bien del hijo.

Una vez más, como en todo su cine, Anahí Berneri se aboca a construir personajes cuyos universos y dilemas interpelan al espectador sobre sus propios prejuicios. Y las cuestiones morales –las que debe plantearse el espectador- son decisiones formales que toma la directora para que ciertas escenas sean siempre dobles en su lectura. Situaciones ambivalentes que fluctúan, por ejemplo, entre el erotismo y la perversión. Entre la violencia y el juego, la sexualidad temprana o el abuso. Son cuestiones de poder.

Precisamente por hablar de estas relaciones de poder es que la directora de Un año sin amor (2005), Encarnación (2007), Por tu culpa (2010) y Aire libre (2014) se ha interesado particularmente en personajes femeninos o feminizados. Narrando las cargas que soportan las mujeres en diferentes esferas sociales.

El agobio, parece advertir Berneri, es una cuestión femenina. Pues las decisiones que toma una mujer –una madre de clase media alta, una vedette en decadencia o una joven madre prostituta- siempre serán puestas en tela de juicio. Por el Estado, las instituciones, los maridos, la sociedad y –sobre todo- por otras mujeres.

Alanis es la historia de una joven madre que se prostituye porque es un oficio que sabe hacer y porque entre sus compañeras encuentra una familia. Es madre y puta porque quiere. Para dar forma a este personaje Anahí Berneri trabajó en conjunto con AMMAR (Asociación de Mujeres Meretrices de Argentina) y con varias asociaciones de trabajadoras sexuales en Argentina que defienden su trabajo y buscan que sea reconocido y dignificado como tal.

En septiembre de 2017, cuando Alanis se estrenó comercialmente en Argentina, varios cines se negaron a proyectarla y algunos grupos repudiaron el afiche de la película que muestra a la protagonista en una postura desafiante -¿sugerente?- mirando a cámara y amamantando a su hijo.

La imagen de una mujer amamantando siempre ha despertado una incomodidad sospechosa. Alanis, tal vez, nos recuerda por qué: una mujer puede ser madre o puta. Al ser ambas engendra el peor de los insultos. Y al estar ambas contenidas en una misma imagen nos enfrenta a un deseo incestuoso.

¿Qué pone de manifiesto la prostitución, dícese el trabajo más antiguo del mundo? (¿No será la maternidad el primero y más ingrato de los oficios?). Ambos roles ponen sobre la mesa el tema del cuerpo de la mujer. Alanis es una película que suspende cualquier juicio moral y lo suplanta por una construcción afectiva y estética. Nos presenta a una mujer que representa a miles de mujeres: putas o no, madres o no. Mujeres que reclaman la potestad sobre su cuerpo. Su libertad y su deseo. El que sea.

* Sofía Gala Castiglione también recibió la Concha de Plata a Mejor Actriz por su actuación en Alanis.

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