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Dos monstruos

El estreno en cartelera de la última película de Amat Escalante, 'La región salvaje', coincide con la aclamada 'La forma del agua' de Guillermo del Toro. ¿Qué dicen y qué dejan de lado estas películas sobre lo monstruoso?

2018/02/03

Por Óscar Garzón

La cartelera por estos días tiene una curiosa coincidencia: dos directores mexicanos ponen su interés en lo monstruoso para hablar de lo humano. La forma del agua (The Shape of Water) de Guillermo del Toro es un romance en clave de fábula entre un hombre anfibio y una mujer muda durante la Guerra Fría. La región salvaje de Amat Escalante es un romance atípico en clave de terror entre un extraterrestre cefalópodo y un grupo de personas en la conservadora ciudad de Guanajuato. Las dos películas comentan un entorno social concreto pero dibujan salidas opuestas a este planteamiento inicial. La primera pretende encantar. La segunda logra inquietar.

Creo que lo monstruoso suele acaparar nuestra atención por su doble condición: atrae a la vez que espanta. Como sucede al asomar la mirada hacia un abismo, estamos frente a la posibilidad latente del terror. Pero tampoco podemos dejar de mirarlo porque intuimos que su fondo ensombrecido parece ser una extensión de nuestro interior. En lo monstruoso, como en los abismos, coexisten ambos: tanto el impulso de lanzarse (la atracción) así como la necesidad de aferrarnos a la orilla (el espanto). Las películas en cuestión, sin embargo, parecen observar lo monstruoso desde orillas opuestas. Si lo humano y lo monstruoso están relacionados de maneras indivisibles — ya que no hay monstruo sin un hombre a quien aterrar o seducir— el primer acercamiento está en observar todo lo humano que ambas películas representan.

La forma del agua gira entorno a personajes que la película abiertamente retrata como hombres y mujeres de los márgenes. Sin embargo, su problemática liviandad —en parte la liviandad inherente al cuento de hadas y por otra la liviandad de su forma fílmica— termina por reducirlos a caricaturas sin peso; allí están Elisa Esposito, la solitaria huérfana muda; Zelda Fuller, la mujer negra; Giles, el hombre homosexual solitario; en suma los diferentes, los freaks que merecen nuestra conmiseración. Frente a ellos un megavillano —una caricatura de la caricatura— interpretado por Michael Shannon que hace de cualquier villano de James Bond un antagonista sutil. Nos regodeamos en ellos y en su maniqueísmo subrayado en pos del encanto, el romance y la fantasía. Su trasfondo social e histórico es una representación a grandes brochazos de los Estados Unidos de la Guerra Fría; tan grandes son estos brochazos que se diluyen en lo fantástico, así pretendan pasarlo como analogía de los problemas sociales de la actualidad. En contraste,  los personajes de La región salvaje se conciben desde un realismo concreto: Ángel, el hombre abusador, machista, homofóbico y reprimido, Alejandra, la mujer abusada, las dinámicas familiares y, en el trasfondo, una ciudad conservadora que podemos sentir cercana y, en consecuencia, aterradora.

En La forma del agua la fotografía de Dan Laustsen y la música de Alexandre Desplat  (The Grand Budapest Hotel) construyen lo opuesto de lo monstruoso: son la luz y el compás del embellecimiento y el encanto edulcorado. En ellas no existe el reconocimiento de un terror sino la reiteración de la liviandad. Lo más cercano que La forma del agua tiene a la inquietud es la expresividad con la que Sally Hawkins asume la interpretación de Elisa Esposito. Sus ojos y sus manos — oscilando entre el anhelo y el miedo— dicen más sobre nuestra fascinación con lo monstruoso que la totalidad de la película. En La región salvaje los actores bajo la dirección de Escalante rehuyen del glamour y el puritanismo Hollywoodense para darle mayor peso a los cuerpos y señalar cómo el deseo y la violencia hace mella en ellos.  La fotografía de Manuel Alberto Claro (Melancholia) transita con creces la delgada línea entre el realismo de los espacios urbanos y el enrarecimiento que trae la naturaleza, mientras que las pulsiones sonoras a cargo de Guro Skumsnes Moe y Lasse Marhaug parecen estar diseñadas para los movimientos de nuestro inconsciente resultando en una música soterrada e incómoda.

Y finalmente están los propios monstruos. La criatura de La forma del agua es un benigno y apocado hombre anfibio que está más cercano al disfraz que a la monstruosidad. Sus rasgos característicos son menores y ni siquiera clasifica a la altura caricaturesca de sus contrapesos humanos. Su momento más inquietante es la evidencia de que este hombre anfibio puede curar la alopecia. El supuesto atractivo sexual que produce en Elisa es apenas una tímida sugerencia en una película que malgasta la desnudez al ponerla toda al servicio del encanto. Por oposición, el extraterrestre cefalópodo de La región salvaje se apropia de su extrañeza absoluta, de su total carencia de rasgos semejantes a lo humano, para dar paso a un ente que poco a poco se instala en nuestra imaginación. La secuencia de sexo entre esta criatura y Verónica es la más contundente representación de lo monstruoso: sus imágenes gráficas nos atraen y nos repelen. Su puesta en escena nos obliga a mirar dos veces para sacudir la inestabilidad sensorial que produce. Lejos está del tímido abrazo con el que se sugiere el deseo entre el hombre anfibio y Elisa en La forma del agua.  

Las dos películas —una por acción y la otra por omisión— deberían entonces obligarnos a recordar que lo monstruoso está ahí para levantar y ampliar nuestra mirada; para ver con detenimiento y fascinación las asimetrías y los errores, y no para reducirla, hacerla maniquea o dada a la conmiseración. Lo monstruoso sirve también como guía del deseo: quizá en lo monstruoso esté la clave para escapar de la histeria por lo correcto. La región salvaje nos sugiere que el orden es una fantasía más propia de los cuentos de hadas y que ocultar el abismo latente es el camino más fácil a la triste represión.

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