Algunos de los actores más populares que han representado a Pablo Escobar en el cine y la televisión: Wagner Moura, Benicio del Toro, Andrés Parra y Javier Bardem. Algunos de los actores más populares que han representado a Pablo Escobar en el cine y la televisión: Wagner Moura, Benicio del Toro, Andrés Parra y Javier Bardem.

El miedo a mirarnos: prohibir la narrativa narco no cambiará nuestro pasado doloroso

OPINIÓN | “Teniendo en cuenta que los símbolos no son de concreto y varilla, se debería incentivar el cine, la televisión, las series, los talleres de escritura, estimular la creación de mitos y de símbolos literarios, para que, antes que censurar la representación de una figura como Pablo Escobar, este se pierda en otros personajes complejos, que se pierda solo, agotado y consumido, no censurado”.

2018/10/31

Por Andrés Delgado

Medellín es una gran mina de historias, de emociones, de personajes y de poesía, pero tenemos que aprender a narrarlas. En una de sus conferencias, el escritor Sergio Álvarez decía que “la sociedad colombiana le tiene pánico a verse en el espejo, le tiene un miedo absoluto a mirarse de frente”. Tal vez por ese miedo la Alcaldía de Medellín clausuró el museo de Pablo Escobar, argumentando un incumplimiento de las normas turísticas. La pirueta se ha repetido varias veces: cuando el alcalde Federico Gutiérrez regañó al cantante de reggaetón J. Álvarez por usar una camisa del capo, cuando se quiso derribar el edificio Mónaco y, en el pasado, cuando se censuró a la compañía Air Panamá porque vendía un ‘Narcos Tour’. Con la compañía de turismo se dijo: “no vamos a permitir que empresas serias muestren a Medellín basándose en un pasado doloroso”.

En fin, han sido varias las veces en las que ha quedado en evidencia ese miedo, ese pánico del que habla Sergio Álvarez: “nuestro pasado doloroso”, el miedo a mirarnos. Si vamos a darle la espalda en ese pasado, entonces deberíamos recoger en todas las librerías La virgen de los sicarios, La parábola de Pablo, Comuna 13: crónica de una guerra urbana, Rosario Tijeras y otras novelas que hacen alusión a esa historia de violenta.

Deberíamos, también, prohibir la serie Narcos, censurar a Netflix (aunque la primera temporada haya sido vista por el 70% de los abonados a la plataforma). En defensa de la serie, lo evidente: está basada en hechos reales, pero sigue siendo ficción. Hay que verla de esa manera. Es entretenimiento, está escrita con técnicas narrativas de intriga y suspenso. No solo hay que verla, sino también opinar sobre ella. No es historia en el sentido de la Historia, con mayúscula: no es un reportaje, no es periodismo, no es documental, no es testimonio. Solo es necesario notar la voz del personaje principal para saber que no es un antioqueño quien representa al villano. Digamos, por ejemplo, a un alemán, a un rumano o a un japonés que vean la serie les importa un pepino si este Pablo habla o no habla en paisa. Lo que les importa es que la historia enganche. Y para que eso suceda, se necesita saber de técnicas narrativas, técnicas de la ficción, del mito, del drama; es decir, de entretenimiento.

También es entretenimiento House of Cards, que cuenta, entre otros asuntos, la corrupción dentro de la Casa Blanca, rodada con los permisos de los mismos funcionarios que se representan en la serie. Cientos de películas y series han mostrado las tripas de los Estados Unidos. Allí no tienen miedo, por el contrario, los escritores, los guionistas, los directores y hasta los políticos. Todos saben que antes de esconder a sus personajes históricos y sus conflictos, sus vicios y virtudes, es necesario mostrarlos transformados y simbolizados. Estos personajes y sus vidas son una mina grandiosa, son un tesoro para crear mitos, leyendas y símbolos narrativos.

Otro ejemplo, de muchos, es la película Green Zone, con Matt Damon que tradujeron La ciudad de las tormentas, en la que se recrean las mentiras y confabulaciones de las armas de destrucción masiva en Irak. Un episodio penoso, pero que allá no dio miedo mostrar. Podríamos hacer un inventario de casos similares: Atrápame si puedes (2002), de Steven Spielberg; El lobo de Wall Street (2013), de Martin Scorsese; American Gangster (2007), de Ridley Scott. En los Estados Unidos son expertos en esto, lo tienen claro, son pragmáticos y expertos en la utilización de la Historia para crear referentes narrativos, para crear personajes de ficción. Y, claro, turismo y economía.

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Desde el punto de vista literario, pensando en los mecanismos de la ficción, Pablo Escobar fue y sigue siendo un gran personaje. Es largo, ancho, alto, complejo. Es un villano, un gran villano. Pero además vende. No solo series, películas y novelas: también vende estampados y circuitos turísticos. Escobar no se agota, y no se agotará en mucho tiempo. Allí están Javier Bardem y Penélope Cruz actuando en Loving Pablo (2017), la película basada en el libro de Virginia Vallejo Amando a Pablo, odiando a Escobar (2008), con un gran director, uno de los mejores: Fernando León de Aranoa.

Medellín es conocida por el narcotráfico. La pregunta con Pablo Escobar, la violencia y nuestra historia, hoy distinta, pero con pasado, es ¿qué vamos a hacer con esas historias? ¿Cómo las vamos a transformar? ¿Vamos a seguir tapando el sol con un dedo? Las respuestas son muchas. Se podría utilizar esa difícil marca para potencializar lo que se ha construido: los colegios, los parques-bibliotecas, los centros de salud, las canchas deportivas, los centros de emprendimiento barrial, el Parque Explora y demás nuevos símbolos urbanos de los que siempre se habla. Mostrar sin miedo el antes y el ahora de la ciudad. Teniendo en cuenta que los símbolos no son de concreto y varilla, se debería incentivar el cine, la televisión, las series, los talleres de escritura, estimular la creación de mitos, de símbolos literarios, para que, antes que censurar la representación de una figura como Pablo Escobar, este se pierda en otros personajes complejos, que se pierda solo, agotado y consumido, no censurado.

Hace unos días, un amigo escritor me mostró un borrador que prepara de cuentos narcos en clave de parodia. No paré de reír. Uno de los cuentos iba sobre Popeye, uno de los sicarios que sobrevivieron a Pablo Escobar. Pero este Popeye es un hombre torpe y pretencioso, comete errores básicos, se enreda, se cae, se limpia y sigue como si nada. Es un Quijote que se cree tremendo matón y resulta ser un pobre diablo. Todo el libro es muy gracioso (esperemos que encuentre editor).

En Medellín tenemos que aprender a crear una conexión emocional con la lectura y la escritura. Tenemos que estudiar y practicar las formas narrativas y, con ellas, utilizándolas, lograr darle otro sentido a lo que somos, concederle otro peso a lo que nos tocó vivir. Es lo que estamos haciendo, utilizando esa gran herramienta que son las palabras, porque como dice nuestro Plan de Lectura: “las palabras funcionan”. Con ellas podemos resignificar el entorno, el afuera, y seguir avanzando, profundizando. Llegar realmente al punto importante al que queremos llegar; es decir, tocar nuestro intelecto y nuestra sangre, nuestra racionalidad y nuestro corazón. Tenemos que formar narradores, cuentistas, novelistas, cronistas y poetas. Los talleres de escritura tienen esa tarea, y más en Medellín, donde estamos tratando de construir nuevos símbolos y nuevas identidades, dejando por fuera las que ya heredamos.

¿Vamos a tumbar el edificio Mónaco porque representa a Pablo Escobar? Hay que ver los planes turísticos para visitar los campos de concentración en Europa: dolorosos, pero resilientes. Dicen que somos una ciudad innovadora, pero parece que fuera solo publicidad. Para ser innovadores tendríamos que dejar el miedo, tendríamos que mirarnos al espejo, como dice el escritor Sergio Álvarez, salvar la cobardía para exorcizar el pasado, para hacernos responsables tanto de él, como del presente. Hacernos responsables y asumirlo.

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