El afiche de 'Ready Player One'. El afiche de 'Ready Player One'.

El ‘blockbuster’ sueña con sí mismo: ‘Ready Player One’, de Steven Spielberg

La película más reciente de Steven Spielberg es una inquietante reflexión sobre los 'blockbusters', la cultura popular y nuestra relación con ella.

2018/04/02

Por Óscar Garzón

Con Ready Player One el monstruo del blockbuster ha adquirido conciencia propia. Frente a la película asistimos a dos rupturas concretas: la creación del primer blockbuster cuyo tema y eje central es la cultura creada por los mismos, y la transición —entre biográfica y formal— que implicó para su creador: Steven Spielberg (Jaws). Así, al poner la mirada sobre sí mismo, tanto Spielberg como su película entran en una fascinante y problemática tensión entre varios temas que atraviesan la película: la falsa disyuntiva entre lo real y lo virtual,  la nostalgia del pasado y la imaginación del futuro, la acumulación del capital y la crisis económica y, finalmente, la esperada transición de la familia conservadora a un clan conformado por la diversidad.

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Ready Player One, basada en la novela del mismo nombre de Ernest Cline, relata la historia de Wade Watts (Tye Sheridan), un joven que habita el mundo distópico de 2045. Gran parte de la humanidad se debate entre la desolación económica y social y el escape que proporciona OASIS, una gigantesca red social de realidad virtual que permite a sus miembros crear identidades paralelas y acumular riquezas. El creador de OASIS, James Halliday (Mark Rylance) —una suerte de híbrido entre Willy Wonka y Steve Jobs— ha fallecido. Para determinar quién va heredar su plataforma virtual, su máxima creación, Halliday decide iniciar una gran carrera entre todos los jugadores para encontrar tres llaves escondidas (a modo de los famosos easter eggs que cualquier geek reconocería). Así puede pasar a nuevas manos no solo un complejísimo mundo virtual sino una cuantiosa fortuna que podría transformar el mundo. Watts, de la mano de los avatares de Art3mis (Olivia Cooke) y H (Lena Waithe), inicia el complejo recorrido virtual para ganar el juego y salvar a OASIS de las manos de IOI, una corporación que busca aumentar su poderío económico en la cabeza de Nolan Sorrento (Ben Mendelsohn).

Si bien la trama es en sí misma la representación dramática de la lógica de los videojuegos (la cual está basada en pruebas, premios, herramientas y destrezas), la verdadera fortaleza de Ready Player One está en el modo en que articula esta estructura narrativa para darle un giro formal. El medio que tanto Spielberg como Cline utilizan para rebatir su trama es aparentemente sencillo: las referencias a la cultura popular. Ready Player One rebosa en intertextos y guiños; son tantos que se necesitaría toda una reseña para hacer una lista de sus referencias fílmicas (Alien, Back to the Future, King Kong, Batman, por solo nombrar algunos), musicales (Duran Duran, New Order, Blondie, Bruce Springsteen) y de videojuegos (Space Invaders, Minecraft, Halo). De esta manera la película es, entonces, una extraña cumbre: el febril exceso de la cultura popular que se celebra mirándose al ombligo a la vez que lo hurga como quien descubre nuevas sensaciones. No es en vano que quizás su secuencia más memorable tiene como centro una parodia (el procedimiento posmoderno por excelencia) a una de las películas cumbre de los setenta: El Resplandor de Stanley Kubrick. Visualmente, Spielberg, su director de fotografía Janusz Kaminski y el equipo de efectos visuales de ILM, construyen una recreación del hotel Overlook que resulta sorprendente no solo por su fidelidad y verosimilitud sino porque combina de manera ingeniosa la virtualidad con la realidad: los avatares virtuales recorren sets reales, lo opuesto a casi cualquier blockbuster contemporáneo, donde son actores reales quienes transitan espacios virtuales de pantalla verde. Dicha secuencia no solo reinterpreta la película de Kubrick para ponerla al servicio de su trama, sino que la regurgita como una imagen reciclada que inaugura nuevas maneras de pensar nuestra cultura popular.

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Nadie excepto Spielberg (quien en 1975 inauguró el blockbuster contemporáneo) sería capaz de reconocer el peso de la cultura popular que él mismo ayudó a construir, y solo él podría concebir una nueva etapa de la imaginación emparentada con el capital. Jaws, el prototipo del encuentro entre la industria y la acumulación del capital producto del entretenimiento, ahora da paso a Ready Player One para señalar nuevas tensiones y mostrar posibles caminos que puede tomar la cultura popular. En otras palabras, Spielberg parece reconocer que no se puede concebir el blockbuster sin pensar en la relación que las grandes corporaciones y sus públicos han establecido con el dinero. La transición de uno a otro incluso se podría leer de manera alegórica: si el tiburón era la máquina insaciable que todo lo consume con apetito voraz (piensa uno aquí en el monopolio actual de Disney), el jugador experto del futuro será el que retome lo consumido para replantear su orden social y, por ende, su relación con el dinero.

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Temáticamente, otro punto de ruptura que sorprende es la relación que Spielberg establece con la familia. Quien conozca sus películas (y su biografía) encuentra que es casi una marca de estilo su obsesión por la figura paternal y la celebración de la familia como único centro de afectos y armonía. En Ready Player One, Spielberg finalmente da una nueva mirada: Wade Watts pierde a su familia sin mayores señales de duelo y encuentra un nuevo modo de asociación social en el clan. Así mismo Watts y Halliday se presentan como dos autorretratos de Spielberg como hombre determinante de la cultura popular de nuestros tiempos. Un hombre que ha construido una obra a partir de dos puntos en tensión: el joven aficionado que rebosa en destrezas técnicas y el anciano aniñado que parece mirar con distancia crítica el mundo infantil que ha creado. De esa manera, Ready Player One podría leerse también como una suerte de reflexión biográfica de Spielberg frente a su propia obra y a su lugar en la cultura. 

En últimas, a diferencia de la reciente ola de nostalgia en el cine y la televisión (Star Wars Stranger Things entre otros), Ready Player One utiliza la mirada al pasado no para repetir un cansado "todo tiempo pasado fue mejor". Por el contrario, su mirada atrás sugiere una inquietante certeza: la cultura popular encarna en sí misma el encuentro de memorias en común —un consciente colectivo— que pueden servir para construir comunidades en el presente y, por consiguiente, imaginar lugares de comunión para el futuro. Sus referencias no son meros homenajes, sino propuestas para regurgitar y construir. Con Ready Player One, Spielberg ha puesto un espejo frente al blockbuster, su propio Frankenstein, y este —al verse a sí mismo— parece sugerir una nueva aberración, inquietante, sorprendente y que puede, o no, mostrarnos un nuevo horizonte donde luego de consumir cultura, acumular capital y resguardarnos en la conservación de la familia, decidamos vomitar lo consumido en una nueva tradición, repartir lo acumulado y construir clanes donde no haya lugar para autores, licencias ni corporaciones. Únicamente la memoria exacerbada de nuestra cultura en ebullición; una distopía que da a luz a una utopía.

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