El documental se proyectará del 16 al 22 de septiembre en salas de Cine Colombia de Bogotá, Medellín, Cali, Barranquilla, Bucaramanga, Cartagena, Villavicencio, Ibagué, Manizales, Popayán, Armenia y Pereira. El documental se proyectará del 16 al 22 de septiembre en salas de Cine Colombia de Bogotá, Medellín, Cali, Barranquilla, Bucaramanga, Cartagena, Villavicencio, Ibagué, Manizales, Popayán, Armenia y Pereira.

Un brindis por 'Pavarotti', por Sandro Romero Rey

"El realizador de cine Ron Howard ha hecho, con su documental sobre el tenor Luciano Pavarotti, uno de los más significativos melodramas del nuevo milenio", escribe el crítico y dramaturgo Sandro Romero sobre 'Pavarotti', que esta semana se proyecta en salas colombianas.

2019/09/17

Por Sandro Romero Rey*

El realizador de cine Ron Howard ha hecho, con su documental sobre el tenor Luciano Pavarotti, uno de los más significativos melodramas del nuevo milenio. Ahora que el género está, una vez más, desprestigiado, “la vida real” se encarga de protegerlo de las hordas de las nuevas marginalidades y gracias a nosotros, los melancólicos del fin del mundo, el juego de las lágrimas sale triunfante. Lo primero: unas palabras para Howard. Aunque a veces uno siente que, como dice un amigo cineasta, esa película parece dirigida por teléfono, es preciso reconocer que seleccionar un alud de material de imágenes de archivo requiere una destreza de editor para poder escoger, entre quinientas horas, cuáles son las dos horas que resumen un mundo. No. No es nada fácil. Como no debió ser nada fácil la realización del documental del mismo Ron Howard sobre The Beatles titulado The Beatles: Eight Days a Week – The Touring Years (2016). Porque, ¿qué más se podría contar sobre una banda que ha sido registrada por el universo entero durante sesenta años casi de manera ininterrumpida? The Beatles: Eight Days a Week es, sin embargo, a mi modo de ver, uno de los mejores documentos sobre el cuarteto de Liverpool y un primer paso hacia la exégesis de la nostalgia, utilizando todos los juguetes que las nuevas tecnologías nos permiten.

En el caso de Pavarotti (2019), el asunto sigue siendo apasionante. Es una “experiencia”, vamos a llamarla así, que no se sale de las convenciones —quiero decir, de la dupla entrevistas/material de archivo. La diferencia, por supuesto, la marca el personaje. Y la descomunal presencia de Pavarotti arrasa con todo. Empieza con unas rústicas imágenes del viaje del tenor a Manaos, en una suerte de peregrinación al Teatro Amazonas donde, se supone, cantó Enrico Caruso. Es un comienzo con guiños inesperados al Fitzcarraldo (1982), de Werner Herzog, en los que Pavarotti canta para unos cuantos amigos y curiosos, rindiéndole homenaje al gran mito de la ópera, un mito en el que el mismo Luciano se ha convertido, gracias a su voz sobrenatural, a su figura de titán de otros tiempos y a su irreverente manera de venderle la ópera al mundo entero. Porque Pavarotti no solo “amobló” las grandes salas tradicionales del bel canto. Más allá de Londres, París, Nueva York o Milán, su estrategia (y la de sus mánagers, verdaderos monstruos del negocio del espectáculo, aquellos que tan bien retratase Andrew Loog Oldham en su libro Stone Free) fue la de presentar la ópera como un universo del gran público y no solo de las aristocracias hieráticas que pueblan los teatros galantes de la impostación. Pavarotti cantó en el Madison Square Garden y en el Earl’s Court, en pantalla gigante en los exteriores de la Ópera de La Bastilla y en el Estadio El Campín de Bogotá, solo por poner algunos ejemplos.

Es una lástima que Ron Howard no supiese la anécdota de que Fanny Mikey ordenó desviar las rutas de los vuelos sobre Bogotá mientras Pavarotti cantaba a campo abierto, acompañado de la Orquesta Sinfónica de Colombia en 1995. Aunque anécdotas no les faltan a los realizadores de la hagiografía pavarottiana: están llenos de historias, documentos, encuentros y desencuentros que dan como resultado un pequeño tesoro de la cultura de nuestro tiempo, del hombre que se inventó en Modena, su ciudad natal, un encuentro de estilos en los que James Brown podía convivir con “Tosca” y Sting con “Manon Lescaut”. En este segmento, la presencia de Bono es altamente significativa, cuando cuenta todo el proceso de persecución y de composición del ya clásico “Miss Sarajevo”, el tema que U2 (o sus alter ego, “The Passengers”) gestó para cantar al alimón con “el monstruo”. Bono, por lo demás, defiende a Pavarotti de los sabiondos que lo consideraban “una estrella apagada” que ya no brillaba en los escenarios. “No entendieron nada”, dice Bono con vehemencia. “Cada vez que Luciano canta un aria hay allí el peso de una historia profunda. Eso es lo más grande que puede brindar un artista: la contundencia del paso de los años”. La cita, por supuesto, es una versión libre de mi entusiasmo, pero da cuenta, en esencia, de lo que el cantante irlandés quiso decir a propósito de la colaboración con su colega.

Y, por supuesto, la gesta sentimental de Pavarotti no se excluye por ningún momento en el documental para que el melodrama sea completo. Las entrevistas con su primera esposa y sus tres hijas, sus amores furtivos y declarados, su triunfo mediático y el infierno de verse convertido en una víctima de la moral de los nuevos tiempos, donde se funden y confunden el catolicismo italiano con las militancias histéricas. Todo esto, en el fondo, no tiene la menor importancia, salvo para encontrar un telón de fondo en el que se muestra a qué están expuestos los artistas de éxito y de cómo la envidia puede convertir en amargura criminal lo que antes podría ser materia del respeto y de la sensibilidad. 

Todos los que, durante años, hemos vivido de la “profesión: espectador” sabemos lo que Pavarotti ha representado para el arte y la cultura del cambio de siglo. En mi caso, lo vi en varias ocasiones, cada vez que mi escasa economía me lo permitió: en Bogotá, en París. Pero, sobre todo, en video. Tengo un amigo que va a todos los teatros de ópera del mundo y no le gustan los espectáculos escénicos filmados. A mí eso no me molesta. Al contrario, ver a Pavarotti cantando, con su sangre de mentiras en primer plano, cuando sabemos que el cáncer se lo está devorando en la vida real, es un momento sublime, complemento del drama de la ópera frente a la tragedia inexorable de la muerte.

Es un triunfo de Cine Colombia el hecho de poder traer, en cinco proyecciones nacionales, el Pavarotti de Ron Howard. Se los recomiendo a los que van a la ópera y a los que no van. A los que amaron al tenor y a los que no tenían ni idea de su existencia. En mi caso, lo repetiré con gusto, porque es preferible llorar en silencio por causas nobles e inútiles que gritar en el vacío para que otros nos oigan mientras el mundo sigue igual pero peor.

*Escritor, docente y realizador. Autor de Género y destino: la tragedia griega en Colombia (U. Distrital, 2017)
¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

Queremos conocerlo un poco,
cuéntenos acerca de usted:

Maria,

Gracias por registrarse en REVISTA ARCADIA Para finalizar el proceso, por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com

Maria,

su cuenta aun no ha sido activada para poder leer el contenido de la edición impresa. Por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com

Para verificar su suscripción, por favor ingrese la siguiente información:

O
Ed. 168

¿No tiene suscripción? ¡Adquiérala ya!

Su código de suscripción no se encuentra activo.