Fotograma de la película 'Un sol interior' protagonizada por Juliette Binoche. Fotograma de la película 'Un sol interior' protagonizada por Juliette Binoche.

El amor por las fisuras: ‘Un sol interior’ de Claire Denis

Nuestro columnista, Óscar Garzón, comenta la más reciente película de Claire Denis, 'Un sol interior'.

2018/07/19

Por Óscar Garzón M.

El esquivo amor romántico suele encontrar en el cine un medio indulgente, un amante leal y aburrido que no hace más que perpetuar lo ya conocido: los lugares comunes del uno resuenan en el otro dando lugar a relatos gastados, idealizados y banales. De vez en cuando, por fortuna, alguna representación cinematográfica termina por traicionarlo o por lo menos señalar sus grandes vacíos. Es el caso de Un sol interior (Un beau soléil intereur) la última película de la realizadora francesa Claire Denis —recordada por Beau Travail (1999)— quien dirige por primera vez a Juliette Binoche en el personaje de Isabelle, una artista que dedica con terquedad a encontrar la plenitud prometida del amor romántico.  En su lugar, sin embargo, solo parece toparse con un desfile de amantes fallidos; ya sea un banquero ruin y mezquino, un actor indeciso o su cansado exesposo, todos, sin excepción, arrojan a Isabelle a una profunda y constante insatisfacción vital. Ella, contra todo pronóstico, insiste en su búsqueda.

A pesar de que hay escenas enmarcadas en un patetismo cómico y que Isabelle busque de manera insistente una vida romántica plena, Un sol interior no es exactamente una comedia romántica clásica. De manera deliberada Denis y su co-guionista, la novelista y dramaturga Christine Angot, rehuyen a toda representación ya conocida del amor romántico en el cine. En Un sol interior no vemos una sola escena de conquista verbal, un encuentro fortuito en una esquina, o el amor recobrado en el último acto de la película. Por el contrario, Denis parece interesada en poner su mirada en los momentos de desencuentro más radicales: nunca conocemos en detalle cómo Isabelle ha conocido a sus amantes, y en su lugar vemos las escenas de la torpeza donde el deseo esquivo arroja a sus personajes a la incomprensión mutua, la insatisfacción y el desasosiego. La única excepción notable es una breve secuencia en la que Isabelle baila con un extraño: su sonrisa abierta y entregada es la consecuencia de un instante de encuentro sencillo y poderoso. Sin embargo, no pocos minutos después, Denis recurre a una elipsis temporal para mostrar la ruptura entre este hombre e Isabelle. Al señalar los desencuentros, el personaje de Isabelle se torna entrañable, contradictorio y fascinante, y, en consecuencia, asistimos a una compleja representación del amor agridulce y terrenal, lejos del amor idealizado.

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Es en su naturaleza fragmentada, en el uso de la elipsis para subrayar los desencuentros, en sus planos cerrados sobre los cuerpos que anhelan un gesto de unión, o en las ocasionales composiciones de luz cálida de la directora de fotografía Agnés Godard, donde Denis logra traducir su puesta en escena en la representación más compleja y contradictoria de su personaje principal. Isabelle resulta fascinante por la información deliberadamente oculta sobre su vida; las dudas que quedan sobre los motivos que llevan a Isabelle a estar separada de sus amantes nos arrojan a repensar las estructuras usadas para narrar el amor y, también, para repensar el modo de amar que ha monopolizado el romanticismo. Si omitimos narrar los encuentros, las conquistas y los “amores a primera vista”, solo nos queda pensar en las fisuras, en las contradicciones propias y las torpezas que dibujan un deseo asentado en una realidad concreta.

Al insistir con terquedad en la vida amorosa y sexual de Isabelle, por las fisuras y las elipsis también se escapa todo afán por representar a la Isabelle madre y a la Isabelle profesional. De la Isabelle madre solo tenemos un par de menciones sobre su pequeña hija y un breve instante de encuentro truncado entre la pequeña e Isabelle a través del vidrio de un carro. De la Isabelle profesional sabemos que es artista y que su círculo de amistades gira en torno al mundo de las galerías de arte. Sin embargo, a pesar de una corta secuencia donde la vemos iniciar una pintura, tampoco vemos su trabajo finalizado ni su obra expuesta. Denis nos reitera que la mirada sobre Isabelle será exclusiva sobre su deseo: las primeras imágenes de la película la muestran simultáneamente en su desnudez plena y en su desencanto profundo. Esta decisión radical —esto es, de ir a la raíz del anhelo sexual y amoroso de una mujer dejando de lado otras facetas de su vida— termina por convertirse en una de las grandes fortalezas de la película.

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Ya hacia el final, a modo de coda —que funciona también como  momento de introspección—, la película rompe por un momento su punto de vista para dar paso a una escena de rompimiento amoroso entre un hombre y una mujer hasta ahora desconocidos. El hombre, interpretado por Gérard Depardieu, luego se nos revela como un clarividente que Isabelle suele visitar. Entre ellos, Denis construye una escena entrañable donde los temas y conflictos centrales a la película se sintetizan en los diálogos y los gestos de Binoche y Depardieu. En medio de la conversación, los créditos de la película irrumpen y la película parece llegar a su final. Sin embargo, el diálogo entre Isabelle y el clarividente continúa, como si la escena, la mirada de ambos, el optimismo de los diálogos, la sonrisa de Binoche, se proyectaran más allá de un final concreto, de un cierre y una conclusión. Si su anhelo continúa es justamente porque, incluso sin reconocerlo del todo, Isabelle ha decidido que merece un mejor porvenir. No es del todo claro si esta decisión es ingenua o radicalmente valiente. Es otro punto ciego que tenemos sobre ella, otra fisura, pero es allí, sobre los puntos ciegos, sobre lo que nunca vemos, desde donde Denis señala la humanidad de sus personajes. Denis dirige la mirada, Binoche interpreta un mundo interior e Isabelle proyecta su vida hacia el futuro: las tres —directora, actriz y personaje— otorgan profundidad y pensamiento a algo ya muchas veces banalizado y repetido como un lugar común. La mirada optimista, la expectativa de un encuentro fortuito, la linealidad que se pretende eterna y la promesa platónica de una relación que dé sentido totalizador a la vida, todo esto, sigue latente en Isabelle.  Al proyectar imágenes etéreas hacia adelante, (no en vano es una escena con un hombre que dice ver el futuro) tanto el amor como la misma película obligan a una mirada que se parece mucho a la contemplación, que se alimenta del deseo y que no es más que la apertura hacia todo lo que está por venir. Isabelle lo sabe y sonríe: todos sus desencuentros son señales de su deseo inagotable.

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