Vincent Cassel interpreta al célebre ladrón y polícía Eugène-François Vidocq en 'El emperador de París', que esta semana se estrena en Colombia. Vincent Cassel interpreta al célebre ladrón y polícía Eugène-François Vidocq en 'El emperador de París', que esta semana se estrena en Colombia.

Vincent Cassel: “Todos queremos ser como Vidocq, rebelarnos contra el orden establecido”

En 'El emperador de París', la película de Jean-François Richet, el actor francés interpreta al mítico Eugène-François Vidocq, ladrón y luego policía del siglo XIX que inspiró varios personajes de Victor Hugo. Antes de su estreno en Colombia, hablamos con él.

2019/10/08

Por RevistaArcadia.com

Eugène-François Vidocq (1775-1857) fue una de las figuras más misteriosas y cautivadoras del siglo XIX en Francia. Como uno de los primeros investigadores privados del continente y el primer director de la Sûreté Nationale, el cuerpo de seguridad que luego se transformaría en la Policía Nacional francesa, su mito inspiró al poeta Victor Hugo para modelar a personajes como Jean Valjean y Javert en Los miserables. Eso porque antes de su llegada a las fuerzas de la ley, Vidocq fue un famoso contrabandista que siempre vivió en un contradictorio esguince vital: entre el servicio a la patria y el bajo mundo. Su doble faz de ladrón y polícía lo convirtió en una perdurable leyenda.

Su vida es el insumo principal de El emperador de París, la película de Jean-François Richet que esta semana se estrena en Colombia. El film rastrea reinterpreta cómo, al ser acusado de un asesinato que no ha cometido, Vidocq, interpretado por Vincent Cassel, le propone un trato al jefe de policía: ayudarle a combatir el crimen, a cambio de su libertad. La película dibuja su vida en una versión de la leyenda que bebe de estrategias del cine de acción contemporáneo: un ambiente casi gansteril, violento, de renegados y pistoleros. Acompañado de Olga Kurylenko y el célebre Fabrice Luchini, “Cassel interpreta con carisma al mito”, escribe el crítico Juan Sardá, como una “figura a medio camino entre la nobleza y la escoria de la sociedad”.

Antes de su estreno en Colombia, hablamos brevemente con Cassel sobre su participación en la película de Richet.

¿Qué imagen tenía de Vidocq antes de aceptar el papel?

Para mí Vidocq era una figura sobreexpuesta, difusa y más bien orientada por la actuación de Claude Brasseur en la adaptación televisiva que vi de niño. Recuerdo en particular su sombrero de copa en la parte posterior del cráneo. Sin embargo, no sabía que antes de convertirse en un oficial de policía y luego en un detective, Vidocq había sido condenado a prisión, cuando no era un verdadero matón.

¿Cómo se articula su colaboración con Jean-François Richet en el set?

¡Se basa en confianza! Jean-François confía en mi instinto y yo en su modo clásico de contar una historia. Tiene una lógica propia que a veces no entiendo, pero siempre está dispuesto a transgredir sus propias reglas. En lo que a mí respecta, Jean-François sabe que si no siento una escena, es porque algo me bloquea y, en ese, caso me deja alterarlo. Nuestra relación nos exime de tomar precauciones. En lugar de intercambios como “¿Qué opinas? Quizás deberíamos…”, nosotros decimos “¿No ves que no funciona?” y ¡hop! Tenemos suficiente flexibilidad para lanzar todo por la borda, y la suficiente fe el uno en el otro para volver a la normalidad. Tengo recuerdos de la filmación, momentos de revoluciones donde no sabíamos muy bien cómo y adónde llegaríamos. Pero lo hicimos. 

En esta película está rodeado de muchos actores, incluido Fabrice Luchini, con quien nunca había trabajado. 

Sí. Con Fabrice sentíamos mucha curiosidad el uno por el otro y nos alegramos de pasar un rato juntos. Lo mismo con Patrick Chesnais, con él nos reímos mucho. Cuando encarnamos el personaje central de una película, somos un poco el líder. Nos sentimos responsables de la comodidad de los demás actores: como un tipo que presenta un programa de entrevistas y recibe invitados, de esa manera quiero destacarlos. Si llega Fabrice Luchini, quiero que sea feliz, que pueda expresarse. En lo que a mí respecta, estoy de acuerdo con mis socios; para que no lo haga, realmente tiene que haber un problema. En ese punto, si hay que realizar una operación quirúrgica, se opera. Pero cuando tienes la oportunidad de participar en una película que tiene medios reales, lo menos que puedes hacer es asegurarte de que todo salga bien. 

Con Denis Ménochet, James Thierrée, Freya Mavor, August Diehl y Olga Kurylenko también fue su primera experiencia.

Sí y con todos estaba curioso y entusiasmado de trabajar. Es una producción francesa, pero el reparto es abierto, elegante. Sorprendente. Así como sucedió con Mesrine (2008), es el mismo caso de El emperador de París (2018). Hay una tendencia de los actores de esta película hacia lo internacional. Denis Ménochet es francés, pero fue descubierto por Tarantino y vive en Inglaterra. Olga Kurylenko es francesa de origen ucraniano, pero el público francés la conoce especialmente por su papel en James Bond. En cuanto a August Diehl, comediante alemán, es increíble. Es una grana estrella del cine internacional, al igual que la actriz escocesa Freya Mavor, que habla francés a la perfección. James Thierrée, por su ADN y su trayectoria, también escapa al cine francés.

¿Qué desafíos quiso afrontar aceptando este papel?

Esta película es una apuesta y, para entenderlo, hay que conocer lo que está en juego. Vivimos en un momento de transformación que se repite cada quince años en el cine. Mucho ha cambiado: el modo de financiación, el público, los medios. En estas fases de transición, la gente del arte presta atención a sus fichas y se muestra cautelosa. Muchos solo invierten en lo que funciona hoy: las comedias unificadoras que nos tranquilizan sobre nuestro entorno social y cultural. El emperador de París le apuesta a lo contrario: invierte masivamente en una película que no es una comedia más o menos formateada por los canales o los financieros. Si una película así funciona en las salas, tendrá un fuerte impacto en los próximos años. Pondrá “mantequilla en las espinacas”* y permitirá que surjan diferentes proyectos. Por eso, felicito a los productores Éric y Nicolas Altmayer: ellos le apostaron y se lanzaron. Felicitaciones a los financieros que se la jugaron y a todos los que participaron en esta película. Estoy orgulloso de ser parte de esto, porque estamos luchando por algo importante. Y eso es lo que me hace querer volver a hacer cine hoy. 

¿Cómo le gustaría que reaccionara el público al salir de la sala?

Quiero que se pregunte: “¿Realmente pasó todo esto?”. Todos queremos ser como estos tipos, como Vidocq, que se rebela contra el orden establecido. Cuando uno está atrapado en la vida cotidiana y descubre que hombres como él han existido, que han tenido el coraje de afirmarse, contra viento y marea... Como espectador, eso es agradable. La libertad del personaje nos galvaniza. 

¿Vidocq también podría guiarlo en otras aventuras?

¡Sí! Tiene el potencial de existir en varias películas. Pero primero debemos ver cómo será acogido. En cualquier caso, Jean-François y yo no queríamos una película de autor amarga y anticuada. Desde el principio hemos querido hacer de El emperador de París un fresco popular. ¡Con aliento!

*Dicho coloquial para decir que sazona la cosa, que le pone sabor y/o picante a la situación.

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