Tilda Swinton en 'Orlando' de Sally Potter. Reino Unido, 1992.

‘Orlando’: ser hombre y mujer

La obra de Virginia Woolf fue llevada al cine en 1992 por la cineasta británica Sally Potter. La película, protagonizada por Tilda Swinton, es considerada una de las más bellas adaptaciones de la literatura al cine.

2018/03/29

Por Laura Martínez Duque

Tilda Swinton y Sally Potter apenas se conocían. La directora invitó a la actriz a tomar un té y sobre la mesa dejó una copia de Orlando, la obra de Virginia Woolf. Así comenzó una obsesión compartida que tardó más de cinco años en concretar un proyecto. La idea de llevar al cine la historia de un noble inglés que nace en el siglo XVI, vive sin envejecer, se transforma mágicamente en una mujer y continúa asistiendo a los avatares del Imperio Británico hasta llegar al siglo XX parecía un proyecto pretencioso e imposible para dos mujeres prácticamente desconocidas.

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Orlando, la película, se proyectó por primera vez en 1992 en el Festival de Cine de Venecia donde fue ovacionada. Su estreno comercial un año después terminó de establecerla como una rara avis que lograba complacer tanto a la crítica como al público. La obra también marcó el fin de una etapa del cine británico políticamente comprometido, culto y desafiante en términos estéticos que coincide con la muerte de Derek Jarman y el estreno de Cuatro bodas y un funeral en 1994. Hugh Grant inauguró el boom de las comedias románticas con acento británico y la industria se dedicó a explotar el género.

Tilda Swinton y Derek Jarman fueron cómplices creativos. Caravaggio (1986) fue la película debut de la actriz escocesa y la primera de las siete que hicieron juntos hasta Blue (1993), la última entrega del artista, cineasta y activista gay que moriría ciego a causa del sida. En una entrevista de 2009 para el British Film Institute Tilda Swinton cuenta que, gracias a la intensa relación con Jarman pudo resistir el arduo proceso de hacer realidad la película con Sally Potter.

Jarman, Potter y Swinton comparten el espíritu de un tiempo. Los tres artistas se formaron bajo el influjo del cine experimental europeo de la década de los setenta y ochenta. Cuando los creadores comenzaron a empujar los límites de la puesta en escena y a incorporar la danza, el teatro y el performance al ejercicio cinematográfico. Ellos, como muchos de sus contemporáneos, revisaron y se nutrieron de la literatura, la pintura y la filosofía para elaborar sus obras y cuestionar su propia historia. En este caso, la historia del Imperio Británico, la monarquía y las consecuencias de aquella voracidad colonizadora.

Los movimientos de liberación homosexual aportaron mucho al carácter transgresor de estos artistas que, LGBT o no, buscaban pervertir los géneros y los estatutos del arte. De esta contracultura emergieron autores como el propio Jarman, quien hizo su obra fílmica alrededor de personajes homosexuales históricos como el pintor barroco Caravaggio y el filósofo Ludwig Witggenstein. Sin embargo en todas sus películas prevalece una  búsqueda formal y estética que va más allá de la sexualidad de sus personajes. De ahí su relevancia y permanencia en el tiempo.

Orlando de Sally Potter también es heredera de aquella influencia. Quentin Crisp, el ícono gay de los setenta interpreta magistralmente a la Reina Isabel I y Jimmy Somerville, reconocido músico y activista gay, aparece como el cantante angelical de la película. Sin embargo Orlando no trata el tema de la homosexualidad, aún cuando Virginia Woolf se inspiró y dedicó el libro a su amante Vita Sackville-West y es conocido el comentario del hijo de esta, Nigel Nicolson, sobre la novela de Woolf como “la más larga y encantadora carta de amor de la literatura”.

Muchos trataron de disuadir a Sally Potter de usar a una mujer para interpretar a un hombre. ‘No será creíble’, dijeron unos y ‘será una historia gay’, dijeron otros. La directora se mantuvo firme aún cuando, efectivamente, muchos etiquetaron la película de pertenecer al cine LGBTI por la historia de amor entre Swinton (interpretando a Orlando cuando es hombre) y su amante rusa. Orlando tiene que ver con una pregunta por la identidad y por lo que significa ser hombre o mujer en diferentes contextos. El tema es que, a diferencia de la obra literaria, la película construye unas imágenes para el espectador y juega con los prejuicios de este sobre lo que ve.

Como un recurso equivalente a la voz del biógrafo que interpela al lector en el libro, Potter y Swinton idearon un Orlando de la ficción que mira y comenta a cámara. Esta operación logra que Orlando funcione como un espejo para el espectador –hombre o mujer- que puede mirarse y cuestionar sus roles y cargas. Tal vez también entienda que en el fondo son las imposiciones sociales sobre cada género las que han dejado una herida atávica en ambos. Orlando nos recuerda que efectivamente no es lo mismo ser hombre o ser mujer. Lo triste es que 90 años después de publicación del libro de Virginia Woolf las cosas siguen igual.

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