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Woody, fallen

En 'Wonder Wheel' –su película número 46– Woody Allen entrega una deslucida metáfora sobre los infortunios del amor y nos recuerda que cada vez está más lejos de las obras que lo consagraron.

2018/01/15

Por LAURA MARTÍNEZ DUQUE

Donde antes teníamos el primer plano de Woody Allen con sus monólogos exquisitamente neuróticos hoy aparece Justin Timberlake mirando a cámara e impostando la voz para hacernos creer que acaba de llegar de la Segunda Guerra Mundial y está a punto de convertirse en un gran dramaturgo. Mickey –se llama– trabaja como salvavidas en la playa de Coney Island y desde su caseta tipo Baywatch nos guía a través de Wonder Wheel, la nueva historia del director neoyorquino obstinado en estrenar una película por año.

Kate Winslet, Jim Belushi, Juno Temple y Timberlake intentan poner en marcha un guión mediocre hecho a partir de triangulaciones amorosas y zigzagueos morales sobre un joven cuyo brillante futuro se ve en riesgo al convertirse en el amante de una mujer infelizmente casada próxima a cumplir 40 años (Winslet) y al enamorarse perdidamente de su hijastra (Temple) perseguida por su ex marido mafioso.

Woody Allen insiste en una de sus premisas de cabecera y nos presenta a un hombre atribulado por los deseos erráticos de su corazón. Ese romanticismo enfermizo y moralmente cuestionable de películas como Manhattan (1979), Hannah and her sisters (1986) o Husbands and Wives (1992) aparece en Wonder Wheel como mera cursilería. Ni siquiera su amor por Nueva York logra algo destacable en la reconstrucción del célebre balneario antes de su declive. El parque de atracciones de Coney Island con la noria de fondo es un decorado tan artificial como el vínculo entre cada uno de los personajes.

En sus últimas películas Woody Allen se ha valido cada vez más de muletillas rimbombantes. Haciendo uso de máximas filosóficas como para justificar sus propósitos argumentales o las motivaciones de sus personajes. Y así han ido colándose en sus guiones las palabras de Kierkegaard o Schopenhauer, por ejemplo. En Irrational Man (1995) Allen aventura sus propias ideas sobre el relativismo moral en la voz de un profesor interpretado por Joaquin Phoenix “experto” en Immanuel Kant.

En Wonder Wheel es el turno del teatro. Referencias y alusiones a Chéjov,  Shakespeare y el teatro griego sirven para rellenar cada una de las secuencias. La película abusa de guiños a la obra de Eugene O‘Neill –tal vez a modo de homenaje– y hasta Kate Winslet –sobria como siempre– en el papel de una adúltera aspirante a actriz devenida mesera y alcohólica parece un remedo de Blanche du Bois porque nada en la película dignifica su interpretación. Una teatralidad forzada también desde la fotografía con cambios lumínicos que subrayan los giros dramáticos y, como telón de fondo, un parque de atracciones que termina pareciéndose a un cartel de neón que no funciona y hace un ruido muy molesto.

Woody Allen desdibuja su propia obra en la acumulación de estrenos cada vez más inconsistentes y así los mejores títulos van quedando arrinconados en el tiempo. Puede pasar entonces que toda una nueva generación de espectadores vaya a cine a ver Wonder Wheel y nunca llegue a interesarse en buscar Annie Hall, por ejemplo.

Y sería una lástima porque en estos tiempos de mojigatería y neo puritanismos cada vez es más difícil encontrar ese tipo de comedia corrosiva y sofisticada que se atreve a hablar de sexo, religión y traumas humanos. El tipo de humor que desplegaba Woody Allen al reírse de todas las posturas postmodernas comenzando por sus propios conflictos como artista, judío y neoyorquino. Y aunque muchas veces parecía delirar entre la ficción y la vida por fuera de la ficción, también supo construir personajes, planos y escenas memorables.

En el último tiempo, además del declive artístico, los escándalos de la vida privada de Woody Allen han terminado de opacar al hombre detrás del artista. Tal vez hoy sea más interesante revisar las obras que fueron elevando su nombre al punto de convertirlo en una deidad cinematográfica que seguir siendo testigos de su caída.

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