Crédito: Suhaimi Abdullah / Getty Images.

Del rosa y otras amenazas

La Alcaldía Mayor de Bogotá adelanta desde junio un proceso de formación en escritura para 20 personas de los sectores LGBTI guiado por Fernanda Trías y Álvaro Robledo. El objetivo es que los participantes den cuenta, a través de la escritura, de lo que ha sucedido en sus vidas en los últimos 10 años. En este texto, un joven gay relata un episodio que muestra cómo un color puede ser el detonante de señalamientos y violencia.

2017/09/25

Por Pablo Peregrino - Bogotá

Al principio, no entendí muy bien qué era lo que me quería decir. Pensé por un momento que me estaba ofreciendo marihuana o cocaína. Pensé que me estaba hablando en un inglés chapuceado, porque claro: no sería la primera vez que un desconocido en un paraje recientemente conocido se me acercara y me confundiera con un gringo, y que pensara que mi interés principal, al estar viajando por Bolivia, se redujera a comprar cocaína o marihuana. Ojalá hubiera sido eso.

Cuando me detuve por un momento y pude oírlo bien, entendí: “¿Amas la vida?”. Ahí pensé que ese hombre me iba a hablar de Cristo o de otro salvador de origen libresco, heredado por las tradiciones latinoamericanas. Pero no. Ojalá hubiera sido eso. Cuando pregunté torpemente “¿Cómo así?” sentí que ese hombre, una o dos cabezas más pequeño que yo, aproximaba su pecho a mi brazo, y en actitud amenazadora me decía: “¿Amas la vida? ¿O quieres que te devuelva pa’ tu mierda?”.

Y ahí entendí lo todo. Se me desdibujó una vez más la fantasía del peregrino que cambia de paisaje con la expresión maravillada de quien descubre los mundos que caben en este mundo. Fui consciente de que no estaba a la vuelta de la esquina de todos los lugares que han sido mi casa. Fui consciente de que estaba en un caluroso mediodía de sábado en el pueblo de Cotagaita, al sur de Bolivia, a unas cinco horas de la frontera con Argentina. Y lo grave tal vez no era estar porque sí en ese lugar, sino la peligrosa mezcla de ser de piel pálida, de una altura poco habitual, de andar con lentes oscuros y una cabellera estruendosamente rosada.

Crédito: Theo Wargo / Getty Images.

Justo en ese momento me pesó haber accedido a que, unas semanas atrás, cuando me estaba despidiendo de la Buenos Aires donde se me quedaron un par de amores, uno de esos amores me hubiera decolorado y teñido el cabello –muestra de una de mis rebeldías–. Y evoqué el preciso instante en que ese personaje, que se había ofrecido a pintarme la cabeza con todos los colores que tenía a su disposición, me dijo: “Mirá, Pablito, creo que el color que tendré que usar de base es rosado. ¿Tenés algún problema con eso?”. Y yo, desenfadado e impulsivo, como casi siempre, solté un “Dale, no hay problema”.

Esas palabras, entonces, pesarían más que los 23 kilos de peso de la mochila con la que anduve desde Bogotá hasta el cono sur del continente, y de regreso.
Me pesarían por convertirme ya no en un personaje multicolor, de mirada gris que se transformaba en sonrisas si llegaban a conocerme, sino en el objetivo de tratos fríos y agresiones gratuitas, solo porque el rosa no es color de caballeros.

Eso sí que lo aprendí muy bien a mis 14 años, cuando, por cosas de la vida, tuve que llevar al colegio una camisa rosa, estampada con timones de barco, herencia obligada de uno de mis hermanos mayores. No olvido la cara lívida de Mauricio Urdaneta mirándome con sonrisa de cura morboso, y preguntándome: “Oiga, Pablo, ¿verdad que usted es marica?”. No olvido cómo me enfadé por ser el menor de nueve hermanos y tener que llevar una puta camisa rosada –que hasta me había parecido linda– al nido de hormonas e impiedades adolescentes que llamamos colegio.

Así que sí, desde hace un largo tiempo he sabido que el rosado es un color muy peligroso, porque, si se lleva con una barba, con una voz grave, con un pene o con cualquier otro rasgo que caprichosamente llamamos “masculino”, se convierte en síntoma de aversión para ridículos e intolerantes.

Pero volvamos por un momento al principio: ¿qué puedo decir de ese señor boliviano que me respiraba con rabia en el hombro, y me empujaba lentamente hacia el puesto de una cholita que vendía choclos asados, en cuyos ojos asustados traté de refugiar mi propio temor? ¿Será que él realmente me estaba amenazando por el color de mi cabello, o por la palidez de mi piel, o por mi estatura, o por el ukulele que llevaba al hombro, o por esa camiseta con la cara de Cortázar y una leyenda que dice “Puto el que lee”?

No tuve tiempo de averiguarlo, por fortuna, porque justo en ese momento, de uno de los puestos del mercado de Cotagaita salió una mujer que dijo con voz de calmado mando: “¡Déjalo en paz!”. Y el hombre se apartó de mí y se fue a pelear con ella. Yo me alejé rápido, con el palpitar acelerado, en busca de un restaurante donde refugiarme y recobrar la calma antes de seguir con mi peregrinación por las tierras del sur.

Y con la mano temblorosa me acuerdo de lo jodido que es andar por el mundo siendo libremente lo que a uno le dio el antojo de ser. Me dan ganas de llorar,
pero no lloro, porque las lágrimas no son color de rosa. Prefiero reírme, así cueste un poco.

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