Fotograma de la película.

Un 'western' argentino fallido

2017/10/19

Por Nicolás Mejía

Cada película tiene su manera de tejer un lazo con el público. Las imágenes nítidas de algo o alguien, o las ausencias sugerentes, pueden componer una orquesta con los silencios y las palabras del guion. El espectador es invitado a bailar, a sumergirse en la pantalla, desde su sillón en una sala oscura. Pero es la genialidad de las historias bien contadas la única que logra quebrar el tiempo y el espacio para inmortalizar sensaciones, ideas casi tangibles de mundos diferentes, relaciones ilusorias con  personajes inventados. El invierno, ópera prima del argentino Emiliano Torres, transmite la violenta belleza de la Patagonia argentina, con un manejo tal vez demasiado tradicional de la narrativa y la fotografía.

La soledad y la tierra son protagonistas de esta narración. La vida de Don Evans, viejo capataz de una estancia en las faldas de la Cordillera de los Andes, anticipa la de Jara, un trabajador temporal que llega para quedarse. Ambos, introspectivos, parecen esconder algo. Están alejados de los demás, y por eso se funden bien con el vasto paisaje, se someten a sus leyes y dinámicas.

La crudeza del invierno llega con misterios y desamparo para revelar lo prescindible del ser humano. En ello se desarrolla este western suramericano, con Jara como un protagonista de espíritu libre, con sus propios principios, su caballo y su arma. Así, El invierno, no solo se configura tradicional por sus personajes y por su narrativa alrededor de la familia y la venganza, sino también por su fotografía, una colección de postales que recuerda las tomas de las montañas de Grand Teton en un clásico del género, Shane (1952), de George Stevens.

Emiliano Torres, estrenó esta, su primera película, en Argentina hace un año, después de veinte años de trabajar como asistente de dirección en proyectos como Esperando al mesías (2000), Whisky Romeo Zulu (2004) y También la lluvia (2010). Sus resultados en taquilla, en un mercado de un tamaño similar al colombiano, fueron muy moderados. La película sumó cerca de diez mil espectadores, un número casi coincidente con los nueve mil que asistieron a ver, al mismo tiempo, en Colombia, el western güepsano Pariente (2016), ópera prima de Iván Gaona –a mi parecer efectiva en su comunicación con el espectador, por lo arriesgada, por lo cultural y políticamente comprometida, rasgos débiles o ausentes en la obra de Torres–. El Invierno, no propone, sino que se ajusta a lo tradicional, a la antítesis entre salvajismo y civilización. Este largometraje muestra la desconexión y la soledad, pero no sugiere nada, no le da espacio a la especulación del espectador. Coexisten los ciclos de la naturaleza, de la industria y de los hombres, pero sin rupturas creativas que deslumbren. La cinta se ahoga en sí misma, se torna infértil en los noventa y cinco minutos que dura su proyección.

Aún así, ha recibido galardones importantes en festivales alrededor del mundo. Los de mayor importancia son el Premio Especial del Jurado al director y el Premio del Jurado a mejor fotografía para Ramiro Civita, otorgados en la edición pasada del Festival de San Sebastián. Civita ya había trabajado en algunos proyectos con Torres, y además cuenta con una experiencia importante en el cine italiano en películas como La ragazza del lago (2007) y Giorni e nuvole (2007). Su huella en El invierno es necesaria para comunicar la fuerza de la Patagonia, pero está tan marcada que corta la historia y la cubre, sofocándola; los planos panorámicos de la tierra, logran ser más imponentes que el drama de los personajes, y así se afecta la continuidad y por lo tanto se deshace la tensión narrativa que no logra abrazar al público. También ha sido aplaudida la actuación del chileno Alejandro Sieveking (El club, Los perros) como Don Evans, interpretación nítida, pero lamentablemente muy fiel a un guion de bajo impacto.

El invierno es una ópera prima pulcra, sencilla y tradicional. El western tiene más de cien años de ser explorado y no vale la pena quedarse únicamente con los rasgos ya establecidos del género. Hace falta arriesgarse más, salirse de lo convencional, descubrir, sugerir, revelar mundos y envolver al espectador en una espiral dramática, trágica o cómica. La historia del cine es una historia de innovación en las formas de contar lo mismo de mil maneras distintas. El atardecer sobre el gaucho y el contraste de las montañas blancas con el verde de la tierra no son suficientes para darle esencia a un relato sobre la crudeza del tiempo de Julio en el sur del continente, a la voz solitaria de un Martín Fierro contemporáneo, que lucha contra la cotidianidad y contra el paso del tiempo. El tono ahogado de esta película puede ser, así mismo, una metáfora del carácter del cine argentino de estos últimos años, que parece dormirse, mientras que sus vecinos en Chile y Brasil están tomando las banderas del compromiso político y cultural de América Latina con la industria.

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