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Los orígenes del español

A raíz del día del idioma, el exministro y miembro de la Academia Colombiana de la Lengua, Carlos Rodado Noriega, relata cuatro episodios importantes de la historia de este idioma.

2020/04/23

Por Carlos Rodado Noriega

El español es una lengua que tiene una apasionante historia que se remonta desde épocas anteriores de las de Cristo. He aquí cuatro momentos de esta evolución que aparecen en mi libro ‘Cómo se hizo el español‘, publicado por la editorial Debate.

1. Los fenicios y el origen de la palabra España

La palabra España parece ser la más española de la lengua que hablamos. Sin embargo, su origen tiene una historia interesante que te voy a contar: En el año 1100 antes de Cristo recalaron en las costas mediterráneas de la actual España los fenicios, expertos navegantes y hábiles mecaderes, cuyo interés primordial era el lucro que obtenían en el intercambio comercial. De la península ibérica se llevaban materias primas (hierro, plata y cobre) que ellos no tenían en su país; de África regresaban con pacas de algodón y arrumes de marfil, y a todos les suministraban artesanías, tejidos y quincallería.

En esa época remota los fenicios eran el único pueblo que poseía un alfabeto, instrumento que habría sido supremamente útil para la trasmisión de su cultura y de su lengua. Sin embargo, ese objetivo no estaba en su mente, por eso de su paso por la península sólo quedaron unos rastros en la lengua española.

Precisamente uno de los pocos vocablos de nuestra lengua que tiene ancestro semítico surgió de un hecho bastante curioso, que nos ayuda a entender cómo nacen las palabras. Cuando los fenicios arribaron a las costas de lo que hoy es Andalucía vieron tantos conejos saliendo de los matorrales que no dudaron en bautizar la tierra a la que llegaban como i-schepan-in, con el significado de tierra “remota” o “repleta de conejos”.

Pero por esa ley inexorable de la transformación fonética y morfológica de las lenguas, el vocablo se fue transformando y se convirtió en Spania y luego en Hispania, durante la dominación romana. Los historiadores griegos, por contraste, utilizaban la palabra Iberia, porque el vocablo que más pronunciaban los nativos era iber, que en su lengua significaba río. Una variación de esa raíz aborígen es la palabra Ebro, el nombre del más caudaloso de los ríos que desembocan en el Mediterráneo.

2. El legado de los árabes

El aporte de los árabes a la lengua española fue considerable. En el habla cotidiana utilizamos muchas palabras de origen árabe sin saber que tienen esa procedencia. Al léxico romance ingresaron más de cuatro mil palabras si se tiene en cuenta la numerosa lista de topónimos con que hoy se nombran muchos sitios y accidentes geográficos en España. Pero no son sólo vocablos que empiezan por “al” como álgebra, almohada, almojábana, Alcalá, Almería, Algeciras o por “guada” como Guadalquivir y Guadarrama, que tienen un indiscutible sabor árabe, sino muchas otras que no parecen tenerlo como Madrid que, según algunos lingüístas, proviene de Mayrit o Magrit que hace referencia al “cauce” de un río, que hoy se llama Manzanares.

Y qué tal el nombre de La Mancha, la región por donde discurrió Don Quijote, topónimo que proviene del árabe Al Mansha = “tierra árida, reseca”. Palabras como esta o como Alcalá de Henares, del árabe Al-Qalat an-nahr = “el castillo del río”, debieron parecerle a Cervantes tan sugestivas e inspiradoras, que lo motivaron a rendirle un homenaje al ingenio árabe, atribuyéndole a un tal Cide Hamete Benengelli la autoría de su novela, El Quijote.

Los árabes permanecieron ocho siglos en España y su legado en la arquitectura, las ciencias, las artes, la agricultura, las manufacturas y en una variedad de oficios, fue enorme. La superioridad cultural que poseían en ese momento hizo que se impusieran en el lenguaje cotidiano términos que no tenían correspondencia en las estruturas sociales de los cristianos, como: alcalde, alguacil, almojarife, albacea. Y otro tanto aconteció con expresiones de uso comercial como almacén, arroba, quintal, almud y fanega. La agricultura mucho más avanzada hizo brotar de la tierra albaricoques, alcachofas, acelgas y alubias, pero también, aunque no parezcan de esa estirpe lingüística, limones, toronjas, naranjas y berenjenas.

Expertos en el arte de la guerra, los árabes nos trajeron adalides, atalayas, alfanjes y toques a rebato. Y su cultura urbana produjo residencias con zaguanes, alcobas con ajuares y azoteas con azulejos, pero también aldeas y arrabales donde no había alcantarillas. Y como inventores del álgebra los árabes trajeron a nuestro léxico palabras como guarismo, cifra, algoritmo; y de la química: alcohol, jarabe, redoma, alambique y muchas más, que podrás leer en el libro Como se hizo el español.

3. El castellano nace hablando con Dios

El reino de Castilla, formado en un principio por la antigua región de Cantabria, se había acostumbrado a hablar en una variedad romance derivada del latín vulgar. Un fenómeno similar se daba en otras zonas del norte del país con formas de expresión muy propias de cada área geográfica. Eran las únicas comarcas que no se habían podido tomar los musulmanes, y su arabización había sido prácticamente nula. Esos pueblos frenaron el avance de los moros y los hicieron retroceder derrotándolos batalla tras batalla hasta reconquistar todo el territorio de la península.

En esa empresa el papel de los reyes cristianos de Castilla fue decisivo. Y lo más importante, impusieron su lengua en todo el espacio reconquistado. Pero ¿cuándo se empezó a hablar castellano por primera vez como una lengua diferenciada? No es posible fijar un momento exacto, pero lo que sí está documentado son las primeras manifestaciones escritas, que permiten afirmar que la lengua del pueblo ya no era el latín vulgar. Por supuesto, si se redactaban frases en la lengua romance seguramente se venía usando desde uno o dos siglos atrás.

Uno de los testimonios escritos más antiguos de lo que más tarde se llamaría castellano son las llamadas Glosas Emilianenses. Las glosas eran anotaciones escritas en los márgenes o en las entrelíneas de textos sagrados que estaban en latín. Su propósito era aclarar palabras o frases que el pueblo ya no las entendía porque la lengua del pueblo había evolucionado y era diferente a la que trajeron las legiones y funcionarios romanos.

La glosa de mayor importancia lingüística es la número 89 del Códice 60. El primer párrafo es una invocación en la que se pide ayuda al Dios omnipotente, hecho que marca un contraste con otras lenguas. Así, mientras el primer documento escrito en italiano es un alegato jurídico y el correspondiente a la lengua inglesa es un contrato comercial, el primer texto en español es una oración. El castellano nace hablando con Dios.

4. América y el español

Antes de finalizar el siglo XV se produjo un hecho de importancia trascendental para la humanidad: la expedición comandada por Colón arribó a un continente desconocido y con ella llegó también el castellano a tierras americanas. El almirante anotaba en su diario todo lo que iba viendo de un mundo esplendoroso que lo asombraba: plantas, animales, artefactos y objetos que nunca había visto y, por lo mismo, tampoco existían vocablos en el castellano para designarlos.

El 13 de octubre de 1492 quedó estupefacto cuando vio el vehículo en el que los indios se transportaban en el agua y lo llamó almadía, una palabra de origen árabe con que en el norte de España se conocía a la embarcación construida con troncos yuxtapuestos y amarrados entre sí para formar una balsa.

En su diario, Colón siguió utilizando el término almadía hasta el 6 de diciembre, pero era consciente de que la embarcación que utilizaban los indios, hecha de un solo tronco, era diferente a su similar española. Por eso, el día 7 ya no vuelve a emplear la palabra almadía y la sustituye por el término arahuaco (arawak) canoa. Entraba así el primer indigenismo a la lengua de Castilla, y detrás de él vendrían muchos más que por necesidad tendrían que utilizar los recién llegados antes de que el primer indígena hablara español.

El 13 de noviembre al observar unas camas oscilantes en las que dormían los indios, preguntó admirado cómo se llamaban y aprendió que se llamaban hamacas. Era el segundo indigenismo que entraba a la lengua española. Y Colón y los suyos tuvieron que aprender otros vocablos de la lengua taína, como: areyto, bohío, cacique, caimán, cazabe, hicotea, iguana, piragua, sabana, tabaco y muchas más. Y en la medida en que avanzaba la conquista por la tierra firme se incorporaron al español otros vocablos del nahuatl como: aguacate, chile, cacao, chocolote, coyote, guajolote, jícara, macana, mecate, tamal, tomate, zapote, y varios centenares de aztequismos.

De la lengua quechua el castellano tomó, entre otros, alpaca, coca, cóndor, gaucho minga, pampa, pita, puma, quina, vicuña. Del guaraní arribaron mandioca, jaguar, tucán y muchas de plantas y animales. Y del mapuche voces como poncho, copihue y malón. Pero nuestra lengua se ha enriquecido no sólo con voces amerindias, sino con la vitalidad que le dan 450 millones de hispanohablantes y el aporte admirable de una constelación de escritores, entre los que sobresalen, Borges, Gabriela Mistral, García Márquez, Octavio Paz y Mario Vargas Llosa.

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