Portada de ‘Notre-Dame de Paris’ (1865), de Victor Hugo, grabada por Yon y Perrichon. Colección privada.  Foto: Photo12 / Getty Images Portada de ‘Notre-Dame de Paris’ (1865), de Victor Hugo, grabada por Yon y Perrichon. Colección privada. Foto: Photo12 / Getty Images

Notre Dame y el París medieval

Una historia de París, a partir de sus iglesias, desde su fundación hasta la construcción de su edificio más emblemático, que hoy perdió parte de sí en el fuego.

2019/04/15

Por Camilo Hoyos

El viajero que camina en las noches de París tendrá la impresión de estar viendo fantasmas de piedra. París ofrece imaginarnos todos los siglos vividos. Caminamos por sus calles con el ahínco de poder ver un vestigio de las múltiples ciudades que ha sido y que dejó de ser. Allí sentirá ese extraño escalofrío, esa certeza de nuestra propia mortalidad, al saber que ya desde el siglo V allí se reconocía a los grandes hombres.

Estamos en el año 451. No hace mucho la ciudad dejó de llamarse Lutecia para hacerle homenaje a los pueblos que la poblaban desde épocas prerrománicas, los parisii, de donde viene el nombre “París”. La ciudad se concentra en la Île de la Cité, que hace las veces de castrum, encerrada en una muralla desde el siglo IV. No es más que una cincuentena de hectáreas dependientes del comercio fluvial del Sena y de la zona agrícola de la rive gauche. Entonces un rumor invade la ciudad: Atila, el temible rey de los Hunos, remontó el Danubio, y luego de su paso por el Rhin ha saqueado las ciudades de Trêves, Metz y Reims. Todo parece indicar que se dirige hacia París.

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La población, inquieta, se propone huir. Una joven de 28 años, Geneviève, reacciona ante las amenazas. Ya había sido amparada por Saint Germain, quien le había dado una moneda de cobre con el símbolo de la cruz. Convence a las mujeres de quedarse en la ciudad, recordándoles que el pueblo de Israel fue salvado por mujeres como Judit o Ester. Convence a los hombres de que cualquier otra ciudad sería saqueada, así que cualquier desplazamiento, además de ser costoso, resultaría infructuoso: Dios salvaría París de las acechanzas de los infieles.

Desconociendo lo que sucede en aquella ínsula defendida por un río, Atila se dirige hacia las ciudades que prometen botín, como Lyon o Arles. París representa muy poco para desviar la campaña, así que se dirige hacia Orléans, salvándose así la ciudad envalentonada por las devotas arengas de Geneviève. París había sido perdonada.

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Para los devotos esto no fue más que otro de los milagros que a lo largo de su vida le atribuyeron a Geneviève: otorgarle la visión a su madre ciega, sanar paralíticos, liberar posesos y llenar vasos vacíos de agua cuando los obreros de la Basílica Saint Denis, futuro sepulcro de los reyes de Francia, no tenían qué beber. Pero no fue en vano su construcción: se hizo para homenajear a Saint Denis, primer mártir de París, quien en el siglo III había sido enviado a Lutecia para evangelizar la Galia. Fue decapitado y caminó seis kilómetros, atravesando la montaña de Montmartre, por el sendero supuestamente designado por la Rue des Martyrs en el distrito de Montmartre, hasta entregarle su propia cabeza a una romana piadosa. Allí mismo, donde se efectuó la entrega, se edificaría la basílica.

Sainte Geneviève fue enterrada en la iglesia de Saints Apôtres Pierre et Paul, donde también lo serían el emperador Clodoveo (Clovis en francés) y su esposa Clotilde, quien convirtió a su esposo, de hecho, al cristianismo.

En el cruce de las calles que tienen el nombre del emperador merovingio y su esposa el viajero estará, de hecho, situado al frente de lo que fue la Abadía de Saint Geneviève, uno de los epicentros en el siglo XI y XII de la educación universitaria de la capital, y sepulcro de la santa patrona. En el siglo XII se edificó, al lado de la abadía, la iglesia Saint-Etienne-du-Mont. Allí mismo, al costado derecho de la puerta, el viajero podrá apreciar la estatua de la patrona hecha por el francés Pierre Hébert. De la abadía, en cambio, podrá ver la torre en la altura del prestigioso Lycée Henri IV, denominada la Tour Clovis. Años después se comenzaría a asentar el barrio que luego se denominaría Sainte Geneviève, conformado por una población que se acercaban a las laderas de la montaña para vivir bajo la sombra de la santa.

Pero estas calles, sin embargo, no hablan únicamente del París merovingio, de esa primitiva etapa del París medieval. Allí también quedan algunos vestigios de uno de los episodios más oscuros de la ciudad en la alta Edad Media: en el siglo IX saquean más de tres veces la ciudad, incendiando todas las iglesias salvo Saint-Etienne, aquella que se encontraba en la Cité y que luego se convertiría en Notre Dame.

Tal es la desfachatez de los invasores que de hecho hacia el año 858 se apropian de la abadía de Saint Germain, para incendiarla apenas tres años después. La defensa implicó la construcción en la Cité del Petit Pont y del Grand Pont, y fue necesaria la negociación por parte de Carlos el Calvo y el pago de 700 libras.

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En el paseo histórico por la ciudad, el viajero no tardará en darse cuenta de que del otro lado de la ciudad, en las inmediaciones de la Île de la Cité, ocurrieron las cosas importantes de la ciudad hasta el siglo XI. Caminar el París medieval implica necesariamente recorrer los senderos que desde épocas romanas han designado la organización y evolución de la ciudad. Así, deshaciendo sus pasos por la rue Clovis y atravesando la plaza del Panteón, el viajero dará con la rue Cujas que le llevará hacia la rue Saint Jacques, cardo de la ciudad romana.

Al París del siglo XII, Felipe Augusto quiso convertirlo en la joya de su reinado. No solamente había ordenado la construcción de la muralla tanto en la rive gauche como en la rive droite: también la construcción de una importante catedral, nada más y nada menos que Notre Dame, hacia donde el viajero ya habrá adivinado que le llevan sus pasos, en el contexto de un orden económico y político asentado desde la Cité y la consolidación de los sistemas educativos.

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El cruce de las calles Saints Jacques y des Écoles situará al viajero en el corazón neurálgico del París académico del siglo XII. De voltear por la rue des Écoles el viajero podrá subir en dirección a la Cité por la rue de Cluny, adyacente a las antiguas termas romanas y actual recinto del museo nacional de la Edad Media.

Desde allí, no le tomará mucho encontrarse a su mano izquierda la iglesia de Saint Severin, en cuyo emplazamiento ya databa una iglesia en el siglo VII. Si se resolviera a tomar la rue Galande hacia la derecha se encontrará la iglesia de Saint-Julien-le-Pauvre sobre la calle de su mismo nombre. Estaría, pues, al frente de la iglesia más vieja de París, actualmente de culto griego melquita. Pobre y pequeña si se le compara en dimensión con las demás, se trata de una mínima iglesia que, no obstante, contiene una gran historia: ha visto pasar por sus puertas a Villon, Rabelais, Abelardo, Dante, Petrarca e incluso a Santo Tomás de Aquino. Todos asiduos caminantes del Barrio Latino de París.

De haber tomado la rue Galande, el viajero estará sobre la Square René Viviani y ya se habrá dado cuenta de lo que allá, del otro lado, se postra en medio de la isla. Pero estamos caminando por el siglo XII: sería imposible atravesar el río por el Pont au Double, allí al frente de la plaza, que data del siglo XVI. Habría que girar a la izquierda y caminar por el quai de Montobello hasta el Petit Pont, otro pequeño que sin embargo es el primero: conectado con el cardo romano, se trata del puente que ha permitido atravesar el río por la isla desde Julio César. Lo atravesará y aterrizará, ahora sí, de frente, con el espacio de la plaza por delante.

Entonces se encontrará frente a una construcción que nos trasciende. Es lo que sucede cuando estamos frente a la Catedral de Notre Dame de París.

Lugar de culto desde las culturas prerromanas, la Île de la Cité es un libro abierto que permite conocer todo lo que ha acontecido en París desde tiempos inmemoriales. Encontrada en 1711 bajo el coro de Notre Dame, el “Pilar de los Nautas” (Pilier des Nautes, expuesta en el Museo de Cluny) es la reliquia más antigua de París, construida durante el reino de Tiberio por los nautas, ocupantes entonces de la isla. Su encuentro demostró que en el espacio de la plaza de Notre Dame se encontraba un templo erigido a Júpiter, sobre el cual, en el siglo IV, el se construyó la primera iglesia cristiana de París dedicada a Saint Etienne, desaparecida en el siglo XI. La otra, que desde entonces fue un cimiento de la actual, fue construida y dedicada a Notre Dame en el siglo VI. Sin embargo, no fue sino hasta el siglo XII que Maurice de Sully, a pesar de las asiduas críticas de San Bernardo, se propuso edificar un templo suntuoso. El papa Alejandro III puso la primera piedra en 1163 para no estar terminada hasta mediados del siglo XIV.

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La plaza, sin embargo, difería mucho de la que el viajero recorre hoy, en dirección a las tres puertas asimétricas contenidas en la fachada gótica de Notre Dame. A pesar de su esplendor original, y de que a lo largo de los años fue sometida a numerosas intervenciones, tardó casi quinientos años en volver a recobrar su portento. Si bien Ingres la retrató con esplendor en sus cuadros de la coronación de Napoleón en 1804, la verdad es que los tapices no hacían más que ocultar las grietas que a lo largo de los siglos venían acumulando polvo.

Entonces sucedió lo que muchas veces sólo la literatura puede hacer –y más en una ciudad como París–: su instauración definitiva como símbolo de la ciudad con la publicación de la novela Notre Dame de Paris de Victor Hugo en 1831, uno de los muchos padres de la nación francesa.

Tomando como punto de partida su carácter gótico y medieval, Victor Hugo creó ese símbolo absoluto con la imagen de una “sinfonía de piedra”, en cuyas notas se podía leer la gran historia de la ciudad. La novela fue el pretexto perfecto para la restructuración de la iglesia, llevada a cabo por el Maurice de Sully del siglo XIX, Eugéne Viollet-le-Duc. Su idea de entonces –que logró con éxito absoluto– fue devolverle a la catedral su estructura original de 1330, fecha en que se había terminando de construir. La voluntad de París fue la de regresar a su instinto medieval. Será luego, durante las obras del segundo imperio, que el Barón Haussman haría de la plaza seis veces más grande de lo que era. Cualquier fotografía anterior demuestra cómo antes de estas obras, e incluso antes de la publicación de la novela, la catedral estaba oculta. Vio la luz, sin embargo, de una manera determinante.

La historia no solo de París sino de Francia entera se guarda entre sus puertas: San Luis entrando con los pies desnudos portando las santas reliquias en el siglo XII; allí hizo caballero a su hijo y a otros doscientos jóvenes; habrá visto también a Felipe el Hermoso entrar a caballo para consagrar al frente de la virgen su armadura y sus armas, las mismas con las que habrá conseguido la victoria de Mons-en-Peulle en 1304, al igual que Felipe de Valois luego de su victoria en Cassel en 1328; en 1431, la coronación del joven inglés Enrique VI; habrá visto además la revisión del proceso de Juana de Arco, el matrimonio entre una hugonote y un papista –como fue el caso de Enrique de Navarra y la reina Margot–, la coronación de Napoleón I, el matrimonio de Napoleón III, y el Te Deum de la Liberación de la ocupación nazi.

En horas de la noche se puede tener algo de intimidad con la vieja estructura que es el punto visible de la ciudad, librándose de los tumultuosos turistas y del acecho de los vendedores. Pero visto así, a la luz de la historia, las masas tienen razón: difícilmente Occidente ha tenido otros edificios, como la Notre Dame que hoy ardió, que recuerden no solo la historia de Francia, sino la de toda Europa.

 

Una versión distinta de este artículo fue publicada en la revista Altair de España en 2011. 

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