Detalle del 'Friso de Beethoven', Gustav Klimt, 1902. Imagno / Gerhard Trumler / Getty Images

Manzanas podridas

Gustav Klimt es el más célebre pintor austriaco por obras como 'El Beso' y 'Retrato de Adele Bloch-Bauer'. Pero en el centenario de su muerte otras dos piezas acaparan titulares, no por su belleza, sino porque revelan detalles de la época más oscura de Austria.

2018/02/20

Por Cristina Esguerra* Bonn

En 2013, los herederos de Erich Lederer le exigieron al gobierno austriaco la restitución del monumental Friso de Beethoven de Gustav Klimt, una de las obras de arte más importantes de Austria, que desde 1986 adorna las paredes del edificio de la Secesión en Viena. “Para la gente era inconcebible que se reclamara la restitución del Friso”, dice la investigadora Sophie Lillie.

August y Serena Lederer, los padres de Erich, compraron el Friso en 1915, y lo sumaron a su colección de alrededor de 16 cuadros y varios cientos de dibujos de Klimt. Los Lederer eran una pareja moderna que apoyaba la vanguardia artística de la época y se interesaba por los últimos descubrimientos de las ciencias. La familia era de las más adineradas de Viena, dueña de una destilería que les daba para vivir una vida de lujo y amasar una de las colecciones de Egon Schiele y de Gustav Klimt más importantes del mundo.

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Klimt retrató a tres generaciones de la familia. En 1889 pintó a la joven baronesa Elisabeth Bachofen-Echt, hija de Serena Lederer; diez años después, a Serena Lederer –la mujer mejor vestida de Viena, según se decía–; y en 1915, a la madre de Serena, Charlotte Pulitzer. Corría el rumor de que Serena Lederer y Gustav Klimt eran amantes y que Elisabeth Bachofen-Echt había nacido de dicho romance.

La privilegiada burbuja de los Lederer estalló en 1938, poco después de la anexión de Austria por Alemania. Su apreciada colección de arte fue una de las primeras en caer en manos de los nazis. Serena Lederer luchó durante casi un año por recuperar las obras que había heredado de su familia. Pero cuando en 1939 le confiscaron su pasaporte, y presintió que lo peor estaba por venir, huyó a Hungría aprovechando su doble nacionalidad. Murió en Budapest en 1943.

Después de la guerra, Erich Lederer –a quien su sobrina Marianne Kirstein-Jacobs describe como “un caballero generoso, cariñoso, y extremadamente educado”– se impuso la tarea de recuperar la colección de su familia. A pesar de que tenía documentos para demostrar que las obras de arte le pertenecían, le resultó imposible recuperarlas.

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Desde comienzos de la guerra, Erich Lederer había encontrado refugio en Ginebra y, como la mayoría de las familias judías que huyeron de Austria entre 1938 y 1945, no tenía interés alguno en regresar. Para impedir que personas como Erich Lederer sacaran de Austria el patrimonio cultural de la nación, el gobierno echó mano de las leyes de patrimonio para instituir normas que prohibían la exportación de las colecciones expoliadas.

Estas últimas habían quedado en manos de varias instituciones públicas y habían sido repartidas a museos como el Belvedere y el Leopold. Para borrar la historia de sus anteriores dueños, Retrato de Adele Bloch-Bauer I, por ejemplo, pasó a llamarse La dama de oro.

La prohibición de exportación de una obra podía ser levantada siempre y cuando el dueño estuviera dispuesto a negociar: si le “regalaba” un valioso cuadro de Klimt a la Nación, podía obtener el permiso de sacar uno menos emblemático. “A Erich le dijeron que [sacar el Friso de Austria] no estaba en discusión”, dice uno de los herederos, quien prefiere mantener su anonimato.

Durante décadas, Erich Lederer intentó negociar con el gobierno austriaco para recuperar el Friso. Pero el Estado se aprovechó de su condición de poder y le dio largas al asunto, esperando que el tiempo jugara a su favor. “Austria lo ha querido durante 24 años”, escribió Erich Lederer en 1972. “No me dejan sacarlo del país. Me veo obligado a arrodillarme. Parecería como si las autoridades estuvieran paradas con un reloj en la mano”.

Ese mismo año, tras perder la esperanza de recuperarlo, y a sabiendas de que era la única manera de salvarlo de la humedad que lo deterioraba por estar guardado en un depósito, Erich Lederer aceptó la oferta del gobierno por 15 millones de chelines, alrededor de 750.000 dólares.

Solo hasta 2009 se creó un fundamento jurídico bajo el cual familias como los Lederer podían pedir la restitución de obras “regaladas” al Estado (o adquiridas por este) a precios muy por debajo del valor real de la obra, aprovechando que las leyes de patrimonio impedían su exportación.

“En mi opinión, el Friso cumplía todos los requisitos para ser restituido”, dice Sophie Lillie; sin embargo, en 2015 el comité de restitución –instituido en 1998 como la ley de restitución– le aconsejó al gobierno no devolver el Friso de Beethoven. Después de años de batallas legales Austria había perdido a su Mona Lisa en 2006, cuando el Museo Belvedere tuvo que restituir Retrato de Adele Bloch-Bauer I a María Altmann. No podía perder otra obra maestras de su pintor más reconocido.

El Friso de Beethoven es uno de los íconos de la era dorada de la capital austriaca. Klimt lo pintó en 1902 para la exposición que la Secesión de Viena organizó en honor al compositor alemán. La monumental obra marca una ruptura con el arte clásico, que había dominado en Austria hasta entonces, y le da la bienvenida a la modernidad. Con el Friso Klimt da rienda suelta al particular estilo que lo ha hecho famoso: mezcla el simbolismo con el expresionismo, y regresa a una imagen bidimensional que adorna con láminas doradas, como se hacía en el arte bizantino.

El fresco de 34 metros de largo representa la Novena sinfonía de Beethoven, según la interpretación del compositor y director de orquesta alemán Richard Wagner. A través de líneas sensuales que llenan los cuerpos de sentimiento, de caballeros con armadura dorada y de monstruos con cuerpo de serpiente, Klimt muestra los obstáculos a los que debe sobreponerse la humanidad en la búsqueda de la felicidad. Solo las artes permiten a hombres y mujeres alcanzar la alegría pura, representada en la escena final por un coro de ángeles y una pareja de amantes abrazados.

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En diciembre de 2017 Lillie publicó Fuerzas enemigas (Feindliche Gewalten), un libro que cuenta la historia de Erich Lederer y la batalla por el Friso de Beethoven. Tras la cacería de brujas que desató el reclamo de los herederos, Lillie quería hacer resonar la única voz que no participó en el debate. Con ayuda de Marianne Kirstein-Jacobs, la historiadora del arte le dio voz a Erich Lederer.

El paisaje de Klimt que Austria regaló

Con la creación de la Comisión y de la Ley de Restitución en 1998, el gobierno austriaco comenzó a investigar la procedencia de las obras de arte que habían entrado a las colecciones públicas durante los años de la ocupación alemana. “Debe decirse que ahora sí se restituyen las obras de arte”, dice Lillie.

En el año 2000, la Comisión investigó la procedencia de 23 obras y recomendó al gobierno devolver 21, entre ellas Árbol de manzanas II (1916) de Gustav Klimt. El cuadro pertenecía a la colección del Belvedere desde comienzos de los 60. Gustav Ucicky, un conocido cineasta nazi y coleccionista de arte, hijo ilegítimo de Klimt con la modelo checa María Ucicky, había escrito en su testamento que la obra debía ser donada al museo para conmemorar a su padre.

Árbol de manzanas II, de Gustav Klimt, se encuentra perdido por una disputa legal entre presuntos herederos del cuadro. Crédito: ©BELVEDERE, WIEN, LAUT KUNSTRÜCKGABEGESETZ 2001 AN DIE RECHTSNACHFOLGER RESTITUIERT

La Comisión de Restitución abrió una investigación sobre la procedencia del cuadro en 1999. Meses antes, el periodista Hubertus Czernin –un conocedor de la expoliación de arte que los nazis llevaron a cabo en Austria– había escrito en el periódico Der Standard haciéndole una corrección de proveniencia al catálogo de Klimt que solía usarse como referencia. Según Czernin, Árbol de manzanas II no había pertenecido a August y Serena Lederer, sino a Viktor Zuckerkandl, un exitoso empresario vienés dueño del reconocido Sanatorio Purkersdorf.

Tras la muerte de Viktor Zuckerkandl y su esposa Paula en 1927, el paisaje de Klimt, al igual que un porcentaje del sanatorio diseñado por el afamado arquitecto austriaco Josef Hoffmann, había pasado a manos de Eleonore “Nora” Stiasny, una de las sobrinas de la pareja. Paul Stiasny, esposo de Eleonore, estuvo encargado de la parte financiera de Pukersdorf hasta 1938, año en que las autoridades nazis “arianizaron” el sanatorio y les quitaron el negocio.

Ese mismo año, Eleonore Stiasny vendió el paisaje de Klimt (entonces avaluado en 5.000 marcos) por 395 marcos. Según el periódico Der Standard, el negocio se hizo con intermediación de Philipp Häusler, quien trabajó con Josef Hoffmann en el famoso Wiener Werkstätte (Taller de Viena).

En 1947 las autoridades dieron oficialmente por muerta a la familia Stiasny. Eleonore Stiasny había tenido que separarse de su esposo y de su hijo Otto, quienes huyeron a Praga intentando salvar su vida. En 1942, Otto fue trasladado de Theresienstadt a Auschwitz, y un año después su padre corrió la misma suerte. Eleonore Stiasny se había quedado en Viena acompañado a su madre, Amalie Zuckerkandl, retratada por Klimt en 1918. En 1942 ambas mujeres fueron trasladadas al campo de concentración de Izbica.

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Árbol de manzanas II pasó a manos de Gustav Ucicky. La fecha exacta de compra no ha sido encontrada pero, según la investigación, el cineasta llevaba años interesado en el paisaje de su padre y estaba dispuesto a pagar 1.500 marcos por él. Por eso, Stiasny trató de echar atrás el negocio que había hecho a través de Häusler.

Antes de que el cuadro fuera restituido, Monika Mayer, una de las investigadoras de proveniencia del Belvedere, prendió las alarmas al encontrar en el archivo del museo un documento que atestiguaba que un paisaje de Klimt con un manzano pertenecía a Elisabeth Bachofen-Echt. La comisión hizo caso omiso de su preocupación y, en 2001, Árbol de manzanas II fue restituido a los herederos de Eleonore Stiasny.

En 2015, los herederos de la familia Lederer reclamaron a la comisión que el paisaje del manzano había pertenecido a su familia. Esta última se vio obligada a reabrir la investigación y contrató a Mayer y a un especialista en Klimt para reanudar la búsqueda. A mediados de 2017 se dio a conocer el resultado: el Klimt de Stiasny se titulaba Rosas bajo los árboles (1905).

Este último hace parte de la colección del Museo d’Orsay de París desde 1980. Llegó al museo a través de una galería suiza, y en el recibo de compra dice que su dueño anterior era Philipp Häusler. Por la investigación se sabe que Häusler sacó el cuadro de Austria ilegalmente, y que tras su muerte, en 1966, la obra pasó a adornar la casa de su secretaria en Frankfurt.

Al rompecabezas de Árbol de manzanas II le falta una ficha clave: la fecha en que Ucicky lo compró. Elisabeth-Bachofen-Echt sobrevivía vendiendo las obras de arte que había heredado. Es posible que antes de su muerte, en 1944, cerrara el negocio con Ucicky. Pero hay una explicación posible: Ucicky conocía al barón Wolfgang Bachofen-Echt, exmarido de Elisabeth, y pudo habérselo comprado a él después de la muerte de su exmujer.

La Ley de Restitución solo anula las transacciones entre particulares durante los años que duró la ocupación alemana. Si Ucicky adquirió la obra después de 1945, Árbol de manzanas II no tendría que haber sido restituido.

Actualmente no se sabe dónde está el cuadro. Corre el rumor de que Ronald Lauder –el heredero de las compañías Estée Lauder, quien en 2006 pagó 135 millones de dólares por Retrato de Adele Bloch-Bauer I– compró la obra poco después de su restitución, y que luego la vendió a un coleccionista privado.

El gobierno austriaco está revisando el marco legal de restituciones. Pero como Árbol de manzanas II técnicamente fue un “regalo” de la nación a los herederos de Nora Stiasny no parece haber elementos jurídicos para pedir su devolución.

* Filósofa y periodista. Es periodista de Deutsche Welle.

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