La obra 'Colonización y asimilación', parte del cuerpo de trabajo de 'The Accidental Pursuit of the Stateless (La búsqueda accidental de los apátridas)', 2015. Cortesía de la artista. La obra 'Colonización y asimilación', parte del cuerpo de trabajo de 'The Accidental Pursuit of the Stateless (La búsqueda accidental de los apátridas)', 2015. Cortesía de la artista.

Elektra KB: una búsqueda accidental

Una artista colombiana nacida en Odessa (entonces parte de la Unión Soviética, actual Ucrania), está ganando renombre en el ámbito del arte contemporáneo a nivel mundial: ha expuesto en Nueva York, Berlín, Miami, Estambul, Zagreb y Tokio con artistas como Guerrilla Girls y Gilbert and George. Arcadia conversó con ella sobre su experiencia de ser irremediablemente extranjera.

2017/09/19

Por María Alejandra Pautassi* Nueva York

Elektra KB se siente como una extranjera en su propio país y en su propio cuerpo. Nació en Odessa, antiguo territorio soviético y parte de la actual Ucrania, de padre colombiano y madre rusa. Llegó a Boyacá a los dos años, donde pasó la primera parte de su infancia entre las paredes del hospital Santa Marta de Samacá, pues su padre, que había viajado becado a la Unión Soviética para estudiar Medicina, se quedó allí después de hacer su rural. Luego vivió en Bogotá, entre un colegio bilingüe en el norte de la ciudad y el apartamento en Chapinero donde vivía con su madre. “Siempre tuve la sensación de que no pertenecía –dice la artista sentada en su estudio de Brooklyn, donde está terminando de preparar las obras que enviará a la feria de arte Contemporary Istambul–. Y esa ha sido una constante: seré una mujer migrante hasta el fin. Mi primer recuerdo es el de desencajar donde esté”.

El texto “La otredad, cuerpo extraño”, que acompañó en 2015 su muestra La búsqueda accidental de los apátridas, lo expresaba elocuentemente: “Un sentimiento de  extrañeza me ha acompañado toda la vida. Cuerpo extraño. Lugar extraño. Esa sensación no tiene que ver con lo espacial y con la migración, tiene que ver con dónde encuentras cierta disonancia”.

Ese sentimiento, esa disonancia, es el hilo conductor sus performances, fotografías, videoinstalaciones y banderas. La fuerza de su propuesta política y feminismo radical. “No digo desencajar como si fuera una crisis existencial: digo desencajar y que la gente te haga saber que desencajas –aclara contundente. Su voz es dulce y aunque evita dichos regionalistas, su acento es claramente del interior–. Vivir así hace que uno cree un mundo interno para compensar. Así empecé a crear las narrativas que luego concretaría en mi obra”.

Desde que salió de Colombia, Elektra no ha parado de moverse. Después de graduarse de Bellas Artes en el Hunter College de Nueva York, trabajó durante un año en Berlín bajo la supervisión de Hito Steyerl, una de las principales figuras del videoarte alemán. El diario inglés The Independent la incluyó en su lista de los jóvenes a los que hay que seguirles el rastro diciendo que su trabajo era “dramático y apasionante”. Ha tenido muestras en Nueva York, Berlín, Miami, Estambul, Zagreb, Tokio y Estocolmo. Y su obra ha sido adquirida por instituciones como el Museo de Arte Contemporáneo de Yinchuan (China) y la Fundación de Arte Contemporáneo Jean Marc e Claudine Salomon (Francia), donde a principio de año, compartió sala con estrellas subversivas como las Guerrilla Girls y Gilbert and George.

Hoy, críticos de arte y galeristas destacan lo relevante y provocador de su obra. La crítica Robin Cembalest, exeditora de ARTnews, quien desde un principio se sintió atraída por su “sensibilidad anarquista” y su estética radical, describe su obra como feroz, surreal, salvaje y divertida. “Su trabajo es necesario –dice Nil Nuhoglu, directora de la galería Gaia en Estambul y representante del trabajo de Elektra en Europa–. Me identifiqué con su trabajo no porque fuera relevante geográficamente para Turquía como tal, sino porque todos los estados, las naciones, los países, enfrentan los mismos problemas: refugiados, migraciones, minorías, y la pregunta por quiénes somos en este sistema transcultural”.

La búsqueda accidental

La obra de KB se lleva a cabo en La República Teocrática de Gaia, un mundo utópico/distópico que pasa por un momento de “intensa agitación geológica y social” y en el que “se liberarán tensiones que se han ido acumulando durante siglos”. Allí se enfrentan las fuerzas antagónicas de un ejército de seres liderados por la Papisa Blanca II y el de las insurgentes Cataras, guerreras bailarinas con el pecho descubierto y pasamontañas. “Yo buscaba tener libertad total en mi obra. Que no hubiera ningún tipo de censura –dice Elektra haciendo eco a Ben Morea, líder de Up Against the Wall Mother Fucker, el colectivo de artistas con tendencias anarquistas que a mediados de los sesenta se tomó el Museo de Arte Moderno de Nueva York, y para quien la creación de mundos fantásticos era un acto revolucionario en sí–. Yo quería ser radicalmente libre y hacer lo que se me diera la gana. Si no lo hacía, mi obra iba a ser una obra mentirosa, sin valor ni profundidad”.

Allí es donde se llevan a cabo las piezas de La búsqueda accidental de los apátridas, una serie de performances, fotografías, GIF y banderas en tela y fieltro, resultado de su investigación con mujeres refugiadas en Alemania. El video que le da título a la serie está basado en hechos de la vida de una refugiada colombiana que llegó a Berlín en la década de 1990, poco después de la caída del Muro –una época recordada por sus crecientes manifestaciones de xenofobia y racismo, por cuenta de la crisis social que vivió la ciudad. El título de la serie es diciente: “La búsqueda de muchas personas que migran por razones económicas, políticas o existenciales es accidental –afirma la artista–. Abandonan un país y su búsqueda es arbitraria, muchas veces no es completamente voluntaria, sino que es algo a lo que el contexto las empuja y las fuerza, y de la que no hay escapatoria, opciones”.

Pero es un título que también está cargado de rabia y orgullo, de fuerza creativa. En una de sus banderas más conocidas, Colonización y asimilación, se ve la imagen de una Catara vomitando hilo amarillo (en la iconografía de la República Teocrática de Gaia, símbolo de catarsis), mientras que una barrera le impide el paso. Tiene una pierna mutilada. Cosido sobre un trasfondo de líneas y estrellas que recuerdan la bandera estadounidense se lee “No tenemos nada que perder ni nada que ganar. Uno debe mantenerse aterrorizado o aterrorizar”, una consigna del pensador martiniqués Frantz Fannon, recordado por sus estudios sobre las consecuencias humanas, sociales y culturales de los procesos de descolonización, y porque los miembros de las Panteras Negras llevaban sus libros en los bolsillos.

El cuerpo como prisión

La más reciente obra de Elektra, Cuerpos de agua. El cuerpo como una prisión. La prisión como cuerpo, se desprende de las entrevistas que realizó con refugiadas en Berlín. Durante su investigación, conoció a una mujer transgénero que se identificaba como una migrante doble: primero había migrado de género y luego de país. Partiendo de la misma premisa, esta videoinstalación se basa en la correspondencia de la artista con el activista Marius Mason (nacido Marie Mason) que en 2009 fue sentenciado a 22 años de cárcel por el delito de daños a propiedad pública y privada, siendo la condena más larga de su tipo –sin duda, un castigo ejemplar–. Miembro del Frente de Liberación de la Tierra (ELF, por sus siglas en inglés), Mason atacó un edificio de la Universidad Estatal de Michigan para protestar por las investigaciones que esa institución estaba llevando a cabo en torno a cultivos modificados genéticamente. En palabras de la artista, esta es una obra de “una gran carga política e intimidad”. Carga política, pues trata temas como la migración, la tecnología, la comunicación, el castigo y la hipervigilancia. Intimidad, pues explora el tema del cuerpo: un cuerpo extraño, enemigo.

En ese video Elektra yuxtapone elementos documentales y ficticios. En la primera pantalla se intercalan imágenes suyas narrando en español la noticia del arresto de Marie Mason con la transmisión del hecho que hizo Fox News en 2009; representaciones del interior de la Universidad de Michigan con una parodia del villancico Santa Claus is Coming to Town; fragmentos de las cartas que ella le enviaba a Marius a la cárcel con un audio de su llamada. En la segunda pantalla, se ve la imagen de una Catara flotando en el mar. Una cámara de video en la esquina superior izquierda de la primera pantalla es un recordatorio perturbador de que todos, estemos adentro o afuera del sistema penitenciario, hacemos parte de una sociedad hipervigilada. La suya es una poderosa metáfora de la sociedad como panóptico. Una sociedad en la que todos somos extraños.

Pero más allá de este mensaje, la obra está marcada por un fuerte trasfondo de género. El video cierra con el mensaje que le envía Marius a Elektra desde la cárcel por teléfono: “Quiero cambiar de cuerpo tan fuertemente que ver cosas que cambian me da un sentido de posibilidad y ánimo, y la probabilidad de que podré cambiar de la misma manera como cambia el agua dependiendo de lo que la rodea y lo que la contiene”. Y es que para la artista, que desde adolescente sufre de síndrome de dolor crónico generalizado, hay distintas maneras de entrar en conflicto con el propio cuerpo. Esa relación complicada que ha tenido con el suyo inevitablemente hace su obra. “Es una fuerza devastadora que lo abarca todo, que no puedo evitar”. Está vestida con camiseta negra de manga corta abrochada hasta el cuello, unos shorts de cuero sintético y botas Dr. Martens en pleno verano. En vez de contrastar, sus gestos y la dulzura de su voz solo le añaden fuerza a su postura radical.

“¿Significa esto que la artista se adhiere al feminismo cultural? –se preguntaba la profesora de estudios cinematográficos de NYU Anna McCarthy–. Difícilmente. La obra de Elektra KB no es un regreso a esos días transfóbicos en los que tomábamos de placenta en tacitas en forma de vulva hechas a mano en fiestas cruelmente segregadas por nuestro sexo biológico y las divisiones sociales de raza”. A ella, que se identifica como una mujer queer hard-femme con elementos radicales, le interesa más Donna Haraway y su género monstruo que no entiende de divisiones binarias o de las jerarquías a las que estas conllevan. Su lucha es interseccional. Siempre se ha rodeado de personas que no se adhieren a las nociones tradicionales de género. De ahí su sensibilidad hacia la diferencia, su duda ante las etiquetas, las fronteras y las barreras geográficas y físicas.

Hace dos años, poco después de que Trump anunciara sus aspiraciones presidenciales proponiendo la construcción de un gran muro entre Estados Unidos y México, cuando la crisis de los refugiados sirios se leía en las primeras páginas de los diarios de todo el mundo y el presidente Santos aparecía en una fotografía estrechando la mano de Timochenko en La Habana, Elektra tuvo su primera muestra individual en la galería Bravin Lee Programs de Chelsea. Entonces, el blog de arte y contracultura Art F News comentó: “KB parece no tener bandera propia, a excepción, quizá, de las que ella misma cose”.

Hoy, Elektra conoce el costo de su decisión: “Ser una migrante ha significado para mí, en un nivel muy íntimo, muy personal, borrar las fronteras físicas de una nación en mi mente. Siempre me he sentido fuera de lugar pero no creo, o mejor, no estoy de acuerdo con la violencia extrema que causan las fronteras que nos dividen como seres humanos. Es importante borrar esas fronteras y unirnos en base a afinidades, y no en base a lo que se nos asigna involuntariamente”.

*Periodista especializada en temas de arte y cultura digital.

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