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Correo del mes

2012/05/29

Creo que la Feria del Libro de Bogotá se debe mirar desde dos puntos de vista. El acontecimiento cultural que significa reunir a escritores y artistas de otras latitudes para que nos hablen de su obra y del porvenir de la literatura y el arte, y para que los autores colombianos intercambien ideas y compartan con el público. Es divertido contemplar esa lucha de egos por lograr la gloria efímera de una entrevista en televisión, lo que Tom Wolfe describió magistralmente en La hoguera de las vanidades. Pero, en fin, supongo que los escritores tienen derecho a luchar por lo que Kurt Vonnegut denominó “la masa de lectores fiables”. Que una vez al año los medios de comunicación se sientan comprometidos con el libro como noticia, que el olvidado arte de leer se reviva y que los escritores sean los personajes de moda es gratificante para quienes vivimos de los libros y amamos la lectura. El otro punto de vista es el comercial. El objetivo inicial de la Feria era la promoción de la lectura y servir de vínculo entre los compradores y las librerías. Pero ese objetivo se perdió en el laberinto de los intereses particulares. Poco a poco dejó de ser una feria de novedades editoriales para convertirse en un bazar persa. Lo importante es vender espacios. Los editores tratan de borrar sus errores de exceso de inventarios, saldando, liquidando casi al costo lo que hace unos meses habían ofrecido a las librerías a precios muy distintos. La Feria, entonces, deja en el visitante la mala idea de que este es el único lugar y la única ocasión para adquirir libros baratos. Y los libreros somos los malos del paseo. Me atrevo a afirmar que en estos veinticinco años la Feria no ha contribuido para que aumente el índice de lectores ni para mejorar el comercio del libro ni la situación de las librerías. Los directivos de la Cámara del libro han manejado la Feria con un criterio inmediatista, avalados por las editoriales que van cantando alegremente hacia el abismo.

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