Algunas fotografías del rodaje de 'Pájaros de verano', de Ciro Guerra y Cristina Gallego. Fotos: Mateo Contreras Gallego

24 horas en el rodaje de la nueva película de Ciro Guerra y Cristina Gallego

“No solo el cine es una experiencia única para los espectadores: también debe serlo su realización”, dice Ciro Guerra. Pero ni él ni Cristina Gallego pensaron que volver a rodar en el desierto se convertiría en una auténtica pesadilla.

2018/03/21

Por Sandro Romero Rey* Bogotá

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El gran desafío para un joven director de cine (o, por extensión, para un equipo de colaboradores audiovisuales, para una familia de creadores) consiste en superar el reto de su primera película. Filmar es un asunto muy difícil; lo era aún más hace muy pocos años, y conseguir estrenar un largometraje es, como lo dirían las aves de mal agüero, casi tan arduo como inventarse un viaje a Marte.

En el caso de Ciro Guerra (realizador) y Cristina Gallego (productora, ahora realizadora), el paso de La sombra del caminante (2004) a Los viajes del viento (2009) estuvo marcado por una confirmación: la de la compañía productora Ciudad Lunar. Lo que se había concebido como una aventura de jóvenes cómplices de la Universidad Nacional terminó siendo una vocación, una actividad de vida y muerte. Así, entre la filmación de Los viajes del viento y el desafío sin respuesta de rodar en la selva amazónica (que coronó en El abrazo de la serpiente, 2015), se selló la confirmación de un estilo y de una vocación. Y continuaron los retos. Pasar de una nominación al Óscar por Mejor Película Extranjera (en 2016) a la creación de una nueva historia representaba un desafío similar al que se experimenta cuando se enciende una cámara por primera vez. Así podría pensarse desde afuera si uno no ha visto cómo se hizo el tránsito de “la serpiente” a Pájaros de verano (2018), el regreso de Ciro Guerra y Cristina Gallego al mundo del largometraje, ahora firmando como corealizadores.

En 1982, Werner Herzog estrenó su película Fitzcarraldo. En ella, un Klaus Kinski delirante decide pasar un barco de un lado a otro de la montaña, hasta conseguir llevar la ópera a la selva amazónica. Cristina y Ciro se la han pasado, a su manera, levantando barcos y atravesando montañas. De hecho, tras el estreno de El abrazo de la serpiente, parecía que el desafío de concebir un filme “más allá de Herzog” estaba, de sobra, cumplido. Pero nunca pensaron que regresar al desierto de La Guajira se iba a convertir en una auténtica pesadilla y en una colección de crisis casi programada desde el más allá.

“Nunca había sufrido tanto como en Pájaros de verano. Hubo problemas gruesos tanto con la naturaleza humana como con la divina”, confiesa Cristina Gallego después de nueve semanas de rodaje. Ella, que parece diseñada para ser feliz aún en las peores borrascas, mira al cielo resignando los recuerdos cuando tiene que hablar de su cuarto largometraje. Lo mismo sucede con las evocaciones de sus compañeros de batalla: la directora de arte Angélica Perea, los responsables de la producción de campo, los trabajadores rasos. La construcción de una de las locaciones principales se vio literalmente devorada por el río y, cuando menos pensaron, toda la producción tambaleaba ante la destrucción de uno de sus escenarios principales. No en balde, en los créditos finales de la película se lee, tras el reparto y los datos técnicos, una responsabilidad nunca antes vista: “Guerreros Wayúu– Contención de inundaciones”.

“Con el paisaje no se puede tener sino paciencia”, se resignaban a decir las víctimas del desastre. Otros habrían “sacado la mano” y habrían vuelto al territorio seguros de los planos cerrados. Guerra y Gallego, por el contrario, están acostumbrados a que, ante el mal tiempo, no hay que conformarse con la buena cara, sino con las muecas de la terquedad. “No solo el cine es una experiencia única para los espectadores: también debe serlo su realización”, responde Ciro, contundente, en una de las pausas del rodaje. Y así se ve en el resultado final. Pájaros de verano es una de las epopeyas más significativas en la historia del cine colombiano. Esta certeza, por supuesto, solo podrá confirmarse cuando el público se encargue de las bendiciones pertinentes.

Una tragedia como "La orestiada" 

La película se rodó en La Guajira y en la Sierra Nevada de Santa Marta entre febrero y abril de 2017, en locaciones que parecían ya “familiares” para los cineastas, toda vez que los espectadores habían visto algo de sus respectivas atmósferas en el recorrido metafísico de Los viajes del viento. Sin embargo, aquí el asunto es a otro precio. Por un lado, esta es una película “de época”. Una vez terminada la posproducción en enero de 2018, Pájaros de verano se proyectó en una gran pantalla para Ciro, Cristina, su equipo y unos cuantos amigos de ojo atento para confirmar lo que sus directores, en el fondo, ya sabían: que se encontraban ante una película que no se parece a nada ni a nadie.

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Tras los créditos iniciales, se lee sobre el cuadro negro la siguiente explicación: “Esta historia ha sido inspirada por hechos reales, ocurridos en la región de La Guajira (extremo norte de Colombia) entre las décadas de 1960 y 1980”. El tránsito entre el rodaje y la copia final pareciera no dar cuenta de todo lo sucedido, de sus esfuerzos de hacha y machete. Durante la primera proyección de un filme, con sonido e imagen en sus dimensiones precisas, la sensación que se tiene es harto extraña. En este tipo de ambigüedades radica, quizás, la tan comentada diferencia entre el mundo del teatro y el del cine. Mientras que en un ensayo general los responsables de una puesta en escena pueden realizar cambios de última hora, en una película terminada, con los créditos impresos, la corrección de color y la mezcla de sonido en su punto, es muy poco lo que se logra ajustar, a no ser que se cuente con inmensas sumas de dinero.

Pero lo teatral ha sabido colarse en las películas de Gallego y Guerra, y ellos lo agradecen. Es curioso que, tanto en La sombra del caminante como en Pájaros de verano, en medio de la efectiva dirección de los llamados “actores naturales”, se encuentren miembros del Teatro La Candelaria: César “Coco” Badillo en la primera; Carmiña Martínez, en la segunda. En el fondo, las fábulas de Ciro Guerra tienen ecos del mundo de la escena. Y es reconfortante ver cómo la actriz del grupo bogotano se desenvuelve con lucidez realista, actuando en wayuunaiki y echando por la borda la teoría de que los actores de las tablas son un lastre para los primeros planos a gran escala de la pantalla cinematográfica.

No es extraño recordar que, por azar o por destino, el Teatro La Candelaria ya había montado en 1980 una parábola del nacimiento del narcotráfico titulada Golpe de suerte que, de alguna manera, podría servir de tácito puente para la gestación de Pájaros de verano, aunque la primera está lejos de parecerse a la segunda. No deja de ser una coincidencia. Pero, así los cultores de “la buena imagen de Colombia en el exterior” se opongan, las drogas y su entorno de violencia forman parte de la historia del arte nacional de los últimos 40 años y, en lugar de evitar los lugares comunes, Cristina Gallego y Ciro Guerra han decidido contar su propia versión de los acontecimientos.

De todas maneras, es inevitable la pregunta: ¿otra película sobre el tráfico de sustancias alucinógenas? Sí. Pero a diferencia de Sumas y restas, El arriero, El cartel de los sapos o El rey, los protagonistas no son los antihéroes urbanos productos del cliché, de los lugares comunes o de las mitologías callejeras reinventadas por noticieros y medios de comunicación. Pájaros de verano es una fábula popular, enquistada en una sociedad primitiva, bárbara; una tragedia como La Orestíada en la que las venganzas en cadena se convierten en el sello de una cultura de machos y matriarcas. Los personajes parecen expulsados desde los orígenes del mundo, compran sus esposas, se baten a duelo, se enfrentan a la naturaleza o se aferran al honor, como si se encontrasen en los versos suplementarios de La Ilíada.

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De hecho, la estructura de la película está construida alrededor de cinco cantos esenciales (sí, “cantos”, no capítulos ni escenas), titulados escuetamente “Hierba salvaje. 1968”, “Las tumbas. 1971”, “La bonanza. 1973”, “La guerra. 1980” y “El limbo”. En esa inmensa línea del horizonte, que sirve de telón de fondo a buena parte del filme, se sienten lejanos los ecos audiovisuales de algunas películas a partir de historias de García Márquez (Eréndira, Tiempo de morir, Crónica de una muerte anunciada…), y uno se lamenta, muy en secreto, de que Ciro y Cristina no hubiesen existido para terminar, de una vez por todas, con la maldición del desencanto ante los fantasmas del realismo mágico. Pájaros de verano es una traducción de aquel universo, sin las trampas de traducir visualmente la sangre verde de la abuela desalmada o el crimen a voces de Santiago Nasar. Pájaros… es una epopeya en la que brota el cine por cada uno de sus poros, hija de la contención y los silencios de los mejores clásicos audiovisuales de nuestro tiempo y, a la vez, consolida una nueva forma de enfrentarse a la realidad colombiana, al dejar a la literatura en el lejano sitio que le corresponde.

Escrita en el aire

El nacimiento del narcotráfico en Colombia se convierte aquí en un asunto tribal, donde Rapayet (José Acosta) y su familia, indígenas de la zona, terminan inmersos en una espiral creciente de violencia, donde las casualidades, las reglas del honor y la ambición maniquea terminarán imponiéndose contra la lógica o las reglas de la convivencia. De alguna manera, es inevitable la evocación a obras como La mala hierba (1981) de Juan Gossaín o, sobre todo, Leopardo al sol (1993) de Laura Restrepo, donde la muerte de Adriano Monsalve, a manos de su primo hermano Nando Barragán, embriaga a dos familias en los deseos irrefrenables de mantener el honor y reivindicar la venganza como valor supremo.

El asunto no es nuevo, por supuesto. Tiene sus tristes coincidencias con la historia de los Cárdenas y los Valdeblánquez, en la costa caribe colombiana, una suerte de Montescos y Capuletos a 40 grados a la sombra, donde el respeto desaparece para darles prioridad a la ira y al caos. La diferencia es que en Pájaros de verano la fábula está impregnada de una extraña y misteriosa belleza, empezando por el título, que envuelve de preguntas al conjunto y parecería condicionarlo a una complicada metáfora de difíciles equivalencias. El guion, que escribieron María Camila Arias y el ahora realizador Jacques Toulemonde, era una precisa carta de navegación de 123 páginas, lámpara de Diógenes para trazar el mapa de ruta hasta que la naturaleza del rodaje dijese lo contrario. Así sucedió con Los viajes del viento y El abrazo de la serpiente –ejemplos estupendos de un ejercicio de escritura impecable–, donde el punto de partida estaba, de sobra, garantizado. Pero, al contrario de lo que muchos piensan, un buen guion no es la patente de corso de un gran filme. Es un peligroso riesgo que puede sumir a sus directores en la tranquilidad. Una película es el conjunto de muchos factores, en el que la palabra escrita es un escudo pero nunca una espada. Con muchas más razones esta condición se hace evidente en las películas de Cristina y Ciro. La escritura de sus filmes se encuentra en el rodaje, como sucede con el citado Werner Herzog, si se leen los guiones de unos y otro y nos damos cuenta de que la verdadera fábula está escrita en el aire, no en el ordenador, no en el papel.

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¿En dónde radica el misterio? Pájaros de verano alza el vuelo con una ceremonia de iniciación. Zaida (Natalia Reyes), una joven wayúu, recibe instrucciones de sus mayores para enfrentarse a los rituales de la realidad. El adusto Rapayet le asegura, en español, que ella “será su mujer”: los pueblos bárbaros no esconden su machismo. Pronto el espectador sabrá que la historia que se viene encima es contada (cantada) por un pastor ciego (Homero no entra por casualidad en las reflexiones), lo que evoca una saga envuelta en la fatalidad. Las reglas están dispuestas: el cantor se remonta al pasado para rememorar los primeros pasos de Rapayet, contrabandista incipiente de licor quien, con Moisés (Jhon Narváez), descubre que el verdadero negocio de la zona está siendo propiciado por los Peace Corps estadounidenses, ávidos de marihuana. Rapayet sabe que, con sus parientes de la Sierra Nevada, puede encontrar el tesoro de las alucinaciones. El negocio se cierra y muy pronto él podrá pagar la dote y coronar a la hermosa Zaida. Moncho se convierte en un rumbero que goza pagando las parrandas y dando serenatas de su propio bolsillo.

Pero la alegría, muy pronto, se torna en violencia. La ambición se impone y Moncho pasa del gozo del vallenato al placer de las balas y mata a los gringos que transportan la Santa Marta Gold en avionetas cargadas con mercancía no declarada. De aquí en adelante, los acontecimientos se precipitan y la saga se desencadena en un volcán intenso de silenciosa violencia.

Lo más interesante del conjunto es que “la acción” de Pájaros de verano es contenida, no pretende emular explosiones ni efectos especiales del cine mainstream. Hay una cierta inocencia en la crueldad, una secreta indulgencia en las ambiciones; el placer por conseguir el éxito, que es ingenuo, casi infantil, produce desconcierto ante su poderosa carga de reglas atávicas. El resultado: dos horas de un fresco profundo, colombiano, que podría ser nuestro Goodfellas, si las comparaciones no terminan siendo odiosas antes que estimulantes.

En una conversación con Cristina Gallego, días después de la primera proyección de su largometraje, la directora comentaba la diferencia de su participación en los cuatro largometrajes en que había trabajado con Ciro. Tras la realización de El abrazo de la serpiente, llegaron a la conclusión de que su presencia era altamente creativa, y así debería traducirse en los créditos del siguiente proyecto. Desde las primeras investigaciones sobre el tema, que comenzaron con las escenas de la bonanza marimbera de Los viajes del viento, Cristina sintió que allí había un proyecto, en el que ella debería participar también de manera creativa.

“Yo sentía que en Colombia no se había hecho la gran película sobre el narcotráfico, a pesar de la leyenda urbana que existe al respecto”, admitía. “Al conocer semejante universo, anhelaba hacer un Padrino en La Guajira. Así que nos dividimos responsabilidades: Ciro se concentró en la planificación, en la parte visual. Yo atendía más, en el rodaje, a la relación con los actores. Me involucré desde un principio en la gestación de la historia. Y la complementé participando activamente en el montaje. Siempre pensamos en el público. Aunque en el fondo pensamos en un público con gustos similares a los nuestros”. Y sonríe, esperando no tener que dar muchas explicaciones al respecto. “Hay una gran familia en el cine independiente de hoy en día, porque el mundo está más conectado. Muchos realizadores hemos crecido juntos en foros y festivales. Hemos aprendido en muchos países. Somos colegas generacionales, entre los que producimos películas en el orden del millón y medio de dólares. Nos encontramos con mucha frecuencia”, dice.

Ante la pregunta por la mirada femenina, tan en boga en nuestros tiempos, Cristina no tarda en responder: “La película tiene una postura femenina muy clara. Aunque suene absurdo, es la historia de una sociedad matrilineal absolutamente machista. La mujer tiene una gran fuerza en la comunidad wayúu; hay una dialéctica entre la fuerza femenina y su imposibilidad de imponerse. Pero la mirada cambia. Por eso no es casual que yo pase de la producción a la dirección. Es una tendencia mundial. Y el equilibrio entre María Camila y Jacques como guionistas ayudó a establecer una armonía en los puntos de vista de la película. Por otra parte, filmar en wayuunaki fue todo un desafío, puesto que actores y figurantes, si bien es cierto que hablaban español, no lo hicieron sino mucho después, cuando hicimos una fiesta luego de la primera semana de rodaje. Hasta ese momento, no habíamos dejado de ser ‘alijunas’. A pesar de que teníamos actrices como Carmiña Martínez, la relación con ellos fue compleja, muy delicada. Porque ella tenía familia guajira y un universo preconcebido con su personaje. Pero las fuentes reales para una historia como estas había que reinventarlas, porque simplemente no existían. El arte de la película es fantasmagórico; como la casa, que es una suerte de cárcel en medio de un desierto. Lo mitológico se cuela siempre en el relato (los pájaros, los sueños, la tragedia mental y física de los personajes). La dirección de arte no es ‘realista’. Todo está tamizado por la narración del ‘palabrero’. Y, al mismo tiempo, cada detalle se consultaba, por respeto a las comunidades. Había, por otro lado, guiños a otras películas, a El francotirador, a No Country For Old Men… incluso a libros como Cien años de soledad. Pero pronto los referentes se esfuman, porque la realidad impone sus reglas”, concluye.

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Coda personal: Hace un año viajé a Riohacha a curiosear el rodaje de Pájaros de verano. Estuve 24 horas, durante las cuales se filmó una escena de sexo en la noche, un crimen y la llegada de Rapayet a la casa de Moncho. No tuve que vivir tormentas de arena, ni locaciones inundadas, ni accidentes laborales. Solo una eyaculación urgente cuyo rodaje duró doce horas y que, en pantalla, no representa más de dos minutos. Así es el cine. En la madrugada, cuando la luz del sol obligó a Ciro y a Cristina a suspender la filmación de las escenas nocturnas, regresé al hotel y me desplomé, sin vida, contra el fantasma de la paciencia. Ahora, cuando la terquedad ha dado sus frutos, celebro que los Pájaros de verano hayan levantado el vuelo y que, como en el poema de las sombras, alcancen los cielos donde Dios se reinventa al mundo. Por lo pronto, los dos realizadores siguen sus caminos respectivos: Ciro prepara el rodaje de Esperando a los bárbaros, a partir de la novela del nobel J. M. Coetzee. Cristina combina su rol de productora (Brakland, de Martin Skovbjerg; Ruben Blades Is Not My Name, de Abner Benaim) y promociona Pájaros de verano para el año que se le viene encima. El mundo del cine ya les pertenece.

* Escritor, docente, realizador. Autor de Género y destino. (U. Distrital, 2017).

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