Álex Betancur en una escena del largometraje. Cortesía Burning Blue.

“Ser colombiano es una experiencia terrorífica”

Jaime Osorio es hoy tal vez el único representante del cine de terror en Colombia. Su nueva película 'Siete cabezas' explora la destrucción en todas sus formas. Hablamos con él sobre la identidad, la naturaleza y el terror nacional.

2017/09/19

Por Ana Gutiérrez* Bogotá

"Lo que hace el cine de terror es ponerles caras a los miedos”, dice Jaime Osorio, cineasta colombiano conocido por su ópera prima El páramo, una película que usa el conflicto armado para hablar del horror. “El hombre moderno carga todavía con miedos ancestrales instintivos: el miedo a la oscuridad y lo que se esconde en ella. Eso no tiene forma, y por eso uno no tiene las herramientas psicológicas para lidiar con ellos. Las historias de terror, entonces, les dan una cara y un cuerpo a esos miedos, y al hacerlos identificables encuentra uno formas, como individuo, para superarlos”.

La nueva película de Osorio, Siete cabezas, es un ejemplo perfecto de eso. En la superficie, narra la historia de una pareja de biólogos, Leo y Camila, que se adentran en el Parque Nacional Natural de Chingaza para tratar de esclarecer qué está causando unas muertes animales. Pero lo que encuentran es a Marcos, un guardaparque retraído que está librando una batalla con un monstruo interior. La película es eso, y al mismo tiempo es, en palabras de Osorio, “una meditación sobre la destrucción de la naturaleza y el rol del hombre en eso, y en consecuencia, la destrucción del hombre por el hombre”.

Aunque Osorio lo dijo menos de una semana tras la devastación del huracán Harvey en Texas, y mientras Florida se preparaba para enfrentar a Irma, explica que en la película la idea va más allá del cambio climático: “Acá no hablamos específicamente de eso, sino del hombre como generador de la devastación, que no viene de afuera. En la Biblia y en las religiones en general, existe un mal externo del que debe protegernos un dios: acá lo que hacemos es partir completamente desde el interior. Lo que buscamos está dentro de los personajes”.

Sin embargo, la película demuestra, aunque quizás no en el contenido, una fuerte influencia de la religión. El título viene de un pasaje del Libro de las Revelaciones o Apocalipsis de san Juan, de la Biblia cristiana: “Y apareció en el cielo otra señal: he aquí un gran dragón del color del fuego que tenía siete cabezas y diez cuernos, y en sus cabezas siete diademas”. De hecho, originalmente el largometraje se iba a titular El gran dragón. Pero, dice Osorio, la idea no empezó ahí. “Surgió del personaje, de Marcos, que tiene una enfermedad psiquiátrica llamada trastorno de identidad de la integridad corporal o biid (la sigla en inglés de Body Integrity Identity Disorder), aunque nunca se nombra como tal en la película. Eso hace que las personas que lo padecen sientan que algunas de sus extremidades no les pertenecen, es decir que están por fuera del mapa mental de su cuerpo. Varias de esas personas terminan mutilándose a sí mismos, a lo salvaje, o hacen triquiñuelas para terminar siendo operados. Es muy impresionante. Tenía un personaje con esa condición en mente, y poco después de eso, junto a los productores Jorge Forero y Diana Bustamante, decidimos hacer una película. Ya teníamos otra, que empecé a escribir después de El páramo, pero esa es grandota y difícil de hacer. Entonces dijimos ‘no esperemos más, hagamos una película rápido, una para la que no tengamos que pedirles mucha plata a muchas personas’. Cuando empecé a escribir Siete cabezas, trabajé sobre este hombre y la destrucción de su cuerpo, que tiene una idea muy confusa de su identidad y lucha contra sí mismo. Eso me hizo pensar después muy rápidamente en la destrucción del mundo, y eso a su vez me llevó a la Biblia. La película no solamente es el aspecto narrativo, de hecho termina resolviéndose más en el lado de lo metafórico”.

Hay otro elemento que corresponde al pasaje apocalíptico: el personaje de Camila tiene unos cinco meses de embarazo. El cineasta sonríe al explicar que eso fue una casualidad. “En el pasaje bíblico, el gran dragón escarlata de siete cabezas viene a devorar el hijo por nacer de una mujer, pero antes de escogerlo nuestro personaje femenino ya estaba embarazada. Tenía todo el sentido, porque un hijo es al mismo tiempo la esperanza del hombre, de las generaciones futuras, y la promesa de la destrucción. La continuación de la especie humana va a conducir al fin de la biosfera, o por lo menos una grandísima parte de ella”.

Eso contribuyó a la decisión de grabar en Chingaza, que comprende una variedad de ecosistemas dentro de unas 76.600 hectáreas con temperaturas promedio desde 4 ºC hasta 21,5 ºC, y en lugares que están desde 800 hasta 4.020 metros sobre el nivel del mar. A pesar de las dificultades que implica rodar en un lugar tan grande, tan lleno de niebla y tan frío, hacerlo valió la pena, pues el paisaje y el tiempo son casi otro personaje, un imponente paraje que materializa la belleza y la amenaza de la naturaleza. La soledad en la que envuelve a los personajes representa lo aislado que está Marcos, y a la vez lo peligroso que es estar tan solo. Ese es un elemento recurrente en la obra de Osorio. “Me atraen la naturaleza y las historias en lugares alejados, donde llego a exploraciones muy internas y extremas de los personajes. Vamos al sitio más recóndito para meternos lo que más podamos dentro del personaje. Eso se ve en la película: ellos van a buscar la fuente de la destrucción a las lagunas que quedan en lo más alto y terminan encontrándose allá a ellos mismos”. Anota con una sonrisa que, paradójicamente, la película que no ha sido aún sucede en Bogotá. Es absolutamente urbana, es casi toda calle.

Jaime Osorio en el rodaje de Siete cabezas. Cortesía Burning Blue.

A pesar del aspecto alegórico, la experiencia de ver esta película depende casi totalmente de los personajes. Su trama es impulsaba por las interacciones entre ellos, y por pequeñas revelaciones de detalles biográficos que van pintando vidas completas en la mente del espectador. Es una obra tan tensa como atmosférica, y acude al suspenso, a la expectativa, para generar terror en vez de recurrir al gore o a espantos repentinos. Además la música es poca, el sonido viene de ambientes sonoros que realzan la atmósfera del parque o la destrozan completamente.

Osorio no está seguro de que esta se pueda considerar una película de miedo per se: “Cuando la escribí no estaba pensando para nada que fuera una película de género, ni siquiera de misterio. Pero surgen naturalmente mis angustias y mis temores, y eso se refleja en mi forma de filmar. Los espectadores también la asumirán según sus temores y sus miedos”.

A pesar de que Osorio diga eso, Siete cabezas se suma al escaso canon del terror hecho en Colombia. Y Osorio es un devoto del género. Recuerda que la primera película que fue a ver solo fue Aracnofobia, y siempre está buscando obras originales que lo remitan al miedo que sintió esa vez, y también y en su finca en el Quindío, donde la familia solía reunirse para contar leyendas rurales. Su película, ambientada en un paisaje que exalta como pocos la naturaleza particular del país, es una forma de nutrir al cine nacional. “En Colombia hace falta descubrir una forma de narrar el terror. La experiencia de ser colombiano es en gran parte una experiencia terrorífica, pero eso no se ha explorado. Sabemos cómo se cuenta el terror de ser japonés, el terror de ser adolescente gringo y otros terrores. La respuesta inmediata de muchos directores colombianos es copiar las formas de esas historias: cómo ponen a los actores, cómo usan la cámara, cómo son los cortes, en vez de emprender una búsqueda genuina para contarlo desde acá. Es una propuesta peligrosa porque puede llevar a películas fallidas o de más difícil acceso. Pero caminar por territorios desconocidos es la única forma de llegar a narrativas originales y representativas, con las que nos sintamos identificados”. La colombianidad, por el contrario, alimenta el terror de Siete cabezas, desde la muerte de pájaros endémicos hasta los ritmos del habla de sus personajes.

También se nutre de la amenaza implícita de la presencia de Marcos, lo cual, dice él, es algo que uno construye en su cabeza. “No es que la película apunte concretamente a crear suspenso, haciéndole creer a la gente todo el tiempo que Marcos va a hacer algo. Así no la escribí. Eso es resultado del personaje, que es tan inquietante que la gente espera que les haga algo a otros o a él mismo. Por eso no fue fácil encontrar al actor indicado. Necesitaba que tuviera fortaleza física, para crear temor, y al mismo tiempo, la fragilidad suficiente para suscitar empatía. Además, es un personaje que no habla casi nada durante toda la película”, dice Osorio, quien se encontró a Álex Betancur –el actor que hace magistralmente de Marcos– por casualidad en una obra de teatro en Casa Ensamble.

Con ojos grandes e inciertos, y un físico imponente pero nervioso, el actor da vida a un personaje que no es capaz de reconocerse a sí mismo, mucho menos conectar con alguien más. Su anhelo, o más bien la envidia por la normalidad, desencadena sucesos que llevan al caos absoluto.

Sin embargo, hay poca sangre. La escena más violenta es poderosa por la angustia sin resolución, y por el trabajo de color, el escarlata cada vez más intenso del dragón de la Biblia. “En la medida en que va progresando, la película se va desprendiendo del universo narrativo y va entrando en uno más metafórico; al mismo tiempo, la imagen se va volviendo más roja, hasta que llega al paroxismo absoluto donde confluye todo. Lo que pasa es muy contenido, hay muy poca violencia. Y sin embargo, la película es absolutamente violenta. Cuando hablo de ella nunca hablo de la trama. Lo importante es la sensación que deja, y esa intensidad no se construye a través de la violencia, ni de un ritmo trepidante que lo tenga a uno aferrado a la silla. Muchos de quienes la han visto sintieron ganas de vomitar, y eso en parte es por la contención, porque nada termina de suceder. Eso es lo que uno se lleva a la casa: uno duerme con todo lo que no pasó”.

Esto último es quizás lo que más enorgullece a Osorio. A diferencia de El páramo, cuya última escena no deja espacio para la ambigüedad, Osorio siente que todos tienen su propia interpretación de Siete cabezas, que esta permite múltiples interpretaciones. “Mi visión no es definitiva, se termina de construir mucho después de ver la película, que sigue rondando en la cabeza. Sigue uno haciéndose preguntas y sigue encontrando respuestas”.

*Editora web de Arcadia.

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