Acuarela. Carlos Tobón / Colección Museo de Arte Moderno de Medellín Bien de interés cultural de carácter nacional.

Masacre del 9 de abril, Débora Arango

2014/01/23

Por Halim Badawi

Varios artistas recrearon los sucesos acaecidos el 9 de abril de 1948 a raíz del asesinato del político liberal Jorge Eliécer Gaitán: Enrique Grau con Tranvía incendiado (1948), Alipio Jaramillo con 9 de abril y Alejandro Obregón con Masacre-10 de abril. Estas obras inauguraron una nueva etapa en el arte colombiano, signada por las referencias recurrentes a la violencia política y social; un interés plástico, documental, testimonial, histórico, sociológico e incluso militante, que se convertiría en línea indeleble de nuestra pintura, escultura, dibujo, grabado, instalación, video, performance y teatro.

Las referencias a la violencia política y social en el arte colombiano anteriores a 1948 son prácticamente inexistentes. Sin embargo, las obras más tempranas de la artista antioqueña Débora Arango ya parecían anunciar un interés especial por los temas marginales: la prostitución, la pobreza, el clero, el acoso a las mujeres, el trabajo forzado y una pugnaz crítica tanto al cuerpo femenino idealizado como a los designios que la sociedad imponía a las mujeres, cuya existencia solo parecía posible en tanto madres devotas o monjas sumisas. La crítica planteada por Arango a través de sus óleos y acuarelas se valía de un lenguaje cercano al expresionismo alemán, un lenguaje pleno en trazos desgarrados e incorrectos, colores lúgubres, ambientes fríos, de-sesperanza, formas caricaturescas y figuras deformadas, elementos que le valieron fuertes críticas y rechazos.

El asesinato de Gaitán debió de significar para Débora un momento de profunda tristeza. Como ministro de Educación, había sido uno de los principales impulsores de la artista pues la invitó a realizar, en 1940, su primera exposición individual en el Teatro Colón de Bogotá, un hecho que ocurrió a pesar de los juicios de la crítica antioqueña, ultramontana y moralista. La exposición sería cerrada por la oposición acérrima del conservador Laureano Gómez, quien aprovecharía la ocasión para escribir en contra de la gestión de Gaitán como ministro de Educación y calificar el trabajo de Débora como “perverso” y “pornográfico”.

En su acuarela La masacre del 9 de abril, la artista no opera como testigo de los acontecimientos (según algunas fuentes, la obra fue realizada en Casablanca, en Envigado), sino que elabora una reconstrucción imaginaria de los hechos, poniendo en escena todas las partes del conflicto. Curiosamente, en las representaciones del 9 de abril de Alipio Jaramillo y Alejandro Obregón no aparecen mujeres como combatientes, solo como víctimas. En la obra de Alipio, una mujer embarazada y asesinada (un tema recurrente en las representaciones de la violencia en el arte colombiano) aparece tendida en el primer plano de la obra y solo los hombres portan armas y luchan contra los designios de la historia. Débora, en cambio, presenta a la mujer como participante protagónica de los acontecimientos al ubicarla, con los senos visibles, en el punto de mayor jerarquía de la composición, en el centro de la torre de la iglesia, batiendo las campanas y llamando a la revuelta. Mientras tanto, un sacerdote escondido y solapado intenta detenerla. Las monjas tratan de esconderse en el campanario de la iglesia, y los liberales y conservadores, armados con machetes y cuchillos, protagonizan la trifulca en primer plano. A un costado, los militares reprimen al pueblo y asesinan a dos personas con su escopeta. Una obra belicosa que clama por un cambio político, y que resume, en una sola imagen, la corta y violenta historia republicana de Colombia.

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