José Alfredo Jiménez José Alfredo Jiménez

Esperando tu olvido

Pocas músicas sirven para celebrar la dicha enamorada y la pena amorosa al mismo tiempo. Y entre ellas, la ranchera es sin duda la mejor.

2013/09/11

Por Marianne Ponsford. Bogotá.

Al pueblo de Dolores Hidalgo se llega desde Ciudad de México por una carretera difícil. El paisaje del trayecto es seco y agreste, amarillo. O así lo recuerdo yo. El cementerio es fácil de encontrar. Y entre un laberinto de ordenadas tumbas blancas coronadas de ángeles, se abre de repente el espacio y allí está: la insólita tumba del poeta popular más grande que ha dado el continente. Un gigantesco sombrero de charro mexicano hecho en cemento, clavado en la tierra, se inclina y da sombra a las cenizas de José Alfredo Jiménez. Lo flanquea cercando la generosa explanada un muro sinuoso que imita un zarape. Está recubierto de baldosas diminutas que replican los colores de las rayas del zarape, y en cada una está escrito el nombre de una de sus canciones. Una veladora, debajo del sombrero, arroja una llamita modesta, ante la cual solo se puede hacer una cosa.

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