Monjes budistas meditan durante una ceremonia en el templo de Dhammakaya en Bangkok, el 22 de febrero de 2016. Foto: Guillaume Payen | Nurphoto | GettyImages. Monjes budistas meditan durante una ceremonia en el templo de Dhammakaya en Bangkok, el 22 de febrero de 2016. Foto: Guillaume Payen | Nurphoto | GettyImages.

'Tomar de vuelta la filosofía': un libro para repensar el canon

Como ninguna otra de las Ciencias Humanas, la filosofía académica todavía se basa en un canon que ignora vastos aportes intelectuales de culturas no europeas y corrientes no tradicionales. Un libro corto y agudo aborda ese problema.

2018/08/22

Por Hernán D. Caro*

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Que la filosofía –y el modo en que se enseña hoy en la mayoría de colegios y universidades del mundo– sigue teniendo un grave problema de diversidad o, para ser más claros, que funciona sobre presupuestos intelectuales excluyentes, no es una tesis que requiera de una demostración compleja. Basta revisar las historias de la filosofía –clásicas como la de Frederick Copleston o, en el ámbito hispanohablante, la de Julián Marías, o volúmenes divulgativos como la Pequeña historia, de Nigel Warburton–, programas de estudio universitarios, listas de seminarios, anuncios de conferencias, trabajos académicos, catálogos editoriales, etc., para comprobar que el canon filosófico internacional sigue constituido casi en su totalidad por nombres europeos y anglosajones, en su mayoría de hombres, y que el pensamiento que puede aspirar a ser considerado “filosófico” es aquel producido en Europa o el mundo anglosajón, o influido directamente por este.

No es una constatación nueva. Discursos poscoloniales propuestos desde la segunda mitad del siglo XX por filósofos como Frantz Fanon, Edward Said o Gayatri Spivak, o revisiones de la historia americana surgidas especialmente tras la conmemoración, en 1992, de los quinientos años del arribo de los europeos a América, han criticado la estrechez de mirada de modelos eurocéntricos. A su vez, estas críticas han impulsado cierto interés por filosofías no occidentales (asiáticas, de Oriente Medio, africanas, amerindias, afroamericanas) y otras “no tradicionales” (feministas o LGBT), e incluso han dado origen a programas de estudios específicos.

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Sin embargo, como prácticamente ninguna otra de las Ciencias Humanas, la filosofía académica continúa trabajando sobre un canon que ignora, de forma casi programática, vastos aportes intelectuales de las culturas no europeas. Taking Back Philosophy. A Multicultural Manifesto (Tomar de vuelta la filosofía. Un manifiesto multicultural, 2017), un libro corto, agudo y felizmente claro escrito por Bryan W. Van Norden, profesor en la Universidad de Wuhan, China, y el Vassar College en Estados Unidos, inspecciona y critica aquella omisión.

La idea del libro surgió tras la publicación, en mayo 11 de 2016, de una columna en The New York Times por Van Norden y Jay L. Garfield, especialista en filosofía budista. Los filósofos formulaban allí sus reproches contra la parcialidad de la enseñanza filosófica habitual y proponían a las facultades de Filosofía que no estuvieran dispuestas a ampliar sus horizontes rebautizarse “Departamentos de Filosofía Europea y Estadounidense”. La columna provocó numerosas reacciones, en muchos casos explosivas, desde el apoyo hasta el insulto. Ahora, en cinco ensayos breves (dedicados a la filosofía multicultural, los diálogos entre tradiciones diversas, la filosofía en tiempos de Trump, el valor de la filosofía y su lugar entre las Ciencias Humanas), Taking Back Philosophy examina por qué muchos entienden “filosofía” como lo hacen e indica las limitaciones profundas, nocivas y, de hecho, poco filosóficas de esa posición.

“La filosofía surgió en Grecia antigua (el término significa ‘amor a la sabiduría’ en griego). Por ende, formas de pensamiento ajenas a la tradición griega no son filosofía”. “En culturas distintas no europeas hay sin duda ‘sabidurías’ valiosas, pero no discursos teóricos equiparables a los occidentales; no existe allí el pensamiento filosófico, basado en principios lógicos y argumentos, y contrapuesto al pensamiento mitopoético o místico”. “Los textos en que se exponen aquellas sabidurías no son sistemáticos y argumentativos; no existe, como en Occidente, una tradición del comentario crítico, de la exégesis, de la polémica intelectual con el pasado” (…).

Estos son, según Van Norden (quien cita varias réplicas a su columna), los razonamientos principales de quienes a priori consideran insensato equiparar formas de pensamiento occidentales y no occidentales. Esa postura se puede dividir en dos categorías: el argumento esencialista etnocéntrico, según el cual el razonamiento filosófico es fundamentalmente occidental; y el argumento de la calidad, que sostiene que el pensamiento no europeo de algún modo no es tan bueno como el europeo. Ver cómo estos se desmontan es informativo y produce gran placer intelectual. (Y es también indignante, pues muy rápidamente se hace obvio cuán débiles y arteros, así como arrogantes, son sus presupuestos.)

La idea de que la filosofía es particularmente occidental es problemática; en la medida en que tiene una genealogía clara es, como bien sabía Nietzsche, todo menos un hecho incuestionable. Aún a finales del siglo XVIII, solo una “minoría extrema de historiadores” opinaba que los orígenes de la filosofía eran exclusivamente griegos, como recuerda Van Norden citando Africa, Asia, and the History of Philosophy: Racism in the Formation of the Philosophical Canon 1780-1830 (África, Asia y la historia de la filosofía: racismo en la conformación del canon filosófico), de Peter K.J. Park (2014). La primera traducción europea de las Analectas, o conversaciones de Confucio, publicada por eruditos jesuitas en 1687, se titulaba Confucius Sinarum Philosophus (Confucio, el filósofo chino); influyentes intelectuales franceses como Voltaire o François Quesnay tomaban muy seriamente el pensamiento chino; filósofos alemanes como Wolff o Leibniz reconocían su importancia para la matemática y la filosofía moral.

La raza blanca

A finales del siglo XVIII, tuvo lugar un giro en la percepción del pensamiento chino –y en general no occidental–, de modo paralelo al apogeo del colonialismo europeo. Las teorías raciales de Kant (quien durante su vida nunca abandonó su ciudad natal) tuvieron un papel relevante en el camino a la creencia de que los no europeos no podían desarrollar ideas filosóficas. “La humanidad encuentra su mayor plenitud en la raza blanca”, leemos en las Lecciones sobre geografía física de Kant. “Los indios amarillos tienen ya menos talento [entendido como la capacidad de razonar y perfeccionarse moralmente]. Los negros están mucho más abajo, y más bajo aún se encuentra una parte de los pueblos americanos”. Por otra parte, los seguidores de Kant en el siglo XIX reformularon la historia de la filosofía para presentar el pensamiento crítico kantiano como culminación de todos los intentos anteriores. Así, “la exclusión de la filosofía no europea del canon –concluye Van Norden– fue una decisión, no algo que la gente siempre haya creído; una decisión basada no en argumentos, sino en consideraciones poco científicas y moralmente execrables”.

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En las primeras páginas de su libro The Philosopher: A History in Six Types (2016), Justin E. H. Smith escribe: “La filosofia ha sido muchas cosas en los 2500 o más años desde que se usa la palabra”. Como advierte Van Norden, es de vital importancia oponerse a una noción de canon filosófico como algo monolítico, establecido de una vez por todas. Este, por supuesto, nunca ha sido el modo de funcionamiento de la tradición occidental, como lo demuestra la reintroducción del pensamiento de Aristóteles y de sus comentaristas musulmanes durante la Edad Media. No parece exagerado decir, como sostiene Jay L. Garfield, que definir “filosofía” como algo occidental, y sobre esta base excluir todo pensamiento no occidental, es tan discutible como decir que “comida” es algo italiano o francés, mientras que lo que preparan vietnamitas, indios, japoneses o peruanos es apenas “forraje”: acaso alimenticio, pero esencialmente incomparable con el producto europeo.

Respecto al argumento de la calidad, Van Nordon tiene algunas cosas que replicar. A quien sostiene que las tradiciones de pensamiento orientales no ofrecen argumentos filosóficos, dice retóricamente: “Le preguntaría qué piensa del argumento mohista del estado de gracia para justificar la autoridad del gobierno; o de la reducción al absurdo de Mengke contra la afirmación de que la naturaleza humana es reductible al deseo de alimento y sexo... O qué piensa del argumento de Zongmi de que la realidad debe ser fundamentalmente mental, pues es inexplicable cómo surge conciencia de materia no consciente; por qué considera los diálogos de Platón filosóficos pero descarta el diálogo de Fazang, que arguye que los individuos se definen por sus relaciones... ¿Qué piensa de la crítica de Mou Zongsan a Kant o el argumento de Liu Shaoqi de que el marxismo es incoherente si no se complementa con una teoría de la transformación ética individual? ¿Prefiere el argumento sobre la igualdad de las mujeres ofrecido en el Sutra Vimalakirti, el ofrecido por el neoconfucianista Li Zhi o por el marxista Li Dazhao?”.

Van Norden muestra cuán dignos de ser tomados en serio son los contrastes de filosofías chinas y occidentales en puntos como metafísica individualista (la idea de que el universo está compuesto de entidades individuales distintas) versus la crítica budista a la noción de substancia; en filosofía política, la alternativa confucionista a la feroz noción hobbesiana de estado de naturaleza; en ética, los debates neoconfucionistas sobre la debilidad de la voluntad, etc. Los ejemplos del autor son de filosofías casi exclusivamente chinas; esta es su área de trabajo. Sin embargo, deja claro que un diálogo fructífero es posible también con otras filosofías no occidentales. Fuentes de información no hacen falta. Algunas: The African Philosophy Reader (P. H. Coetzee y A. P. J. Roux, eds., 2003), A Companion to African Philosophy (K. Wiredu, ed., 2004), Buddhist Philosophy: Essential Readings (W. Edelglass y J. Garfield, eds., 2009), Aztec Philosophy: Understanding a World in Motion (2014), de J. Maffie o La filosofía náhuatl estudiada en sus fuentes (1993), de M. León-Portilla. En su página web, Van Norden ofrece otros cientos de títulos de introducciones, análisis y fuentes. “Para convencerse de la amplitud esencial del pensamiento filosófico –escribe– solo hay que abrir un libro”.

Pero justo ese parece ser un problema central. Como indica Van Norden, las críticas más vehementes a su reclamo “multicultural” suelen provenir de académicos que, o bien no conocen en absoluto las tradiciones que descartan o, para demostrar su superficialidad o carácter mitopoético, no filosófico, se apoyan en fragmentos con sabor literario (una estrategia que sería devastadora para el caso de Platón, Nietzsche o Wittgenstein, quienes ciertamente ofrecen argumentos, pero no siempre como los filósofos contemporáneos). Es un poco como aquellos estudiantes que, en un seminario filosófico, no han leído el texto, pero están muy dispuestos a opinar sobre el tema.

Al respecto, Van Norden recuerda la supuesta réplica del célebre filósofo inglés G. E. Moore a un texto sobre epistemología vedanta presentado por el filósofo indio Surama Dasgupta en la Sociedad Aristotélica de Londres: “No tengo nada que ofrecer al respecto; pero estoy seguro de que lo que dice Dasgupta es falso”. Verdad o mentira, esa respuesta exhibe los prejuicios y la arrogancia que, como muestra Taking Back Philosophy, alimentan la creencia en la supremacía filosófica occidental. Y hay algo más en esa creencia, algo que niega toda vitalidad filosófica: provincialismo, falta de curiosidad y pereza intelectual.

Van Norden escribe sobre el caso estadounidense, pero sus reflexiones también valen para el modo en que se concibe la filosofía en muchos otros lugares, como en Colombia, donde los programas académicos siguen siendo, en buena medida, –para citar a Hegel sobre la América del siglo xix– el “eco del Viejo Mundo”. Esto es particularmente dramático en regiones con un pasado colonial como África, Asia, Australia o toda América, con tradiciones de pensamiento abundantes, pero que parecen haberse tragado entera una construcción intelectual surgida de presupuestos e intereses no intelectuales. Por fortuna, es posible reparar la falta. El primer paso es relativamente sencillo. Se trata de un ejercicio socrático, es decir, uno de naturaleza profundamente filosófica: reconocer nuestra ignorancia.

*Doctor en Filosofía y periodista cultural. Coeditor de la revista Contemporary And América Latina

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