Edgar Morin en la ceremonia de clausura del XIV Festival Internacional de Cine de Marruecos, el 13 de diciembre de 2014. Foto: Dominique Charriau / Getty Images. Edgar Morin en la ceremonia de clausura del XIV Festival Internacional de Cine de Marruecos, el 13 de diciembre de 2014. Foto: Dominique Charriau / Getty Images.

La poesía vivida de Edgar Morin

'La urgencia y lo esencial' se llama el más reciente libro de un pensador nonagenario que sigue apelando a la vitalidad de las ideas en un mundo complejo como pocos. América Latina tiene todo por delante, mientras que Europa parece muerta y acomodada en sus viejas ideas. Un diálogo desde París.

2017/10/20

Por Janeth F. Beltrán-Fimat* París

Mucho antes de que el mundo se volviera más pequeño, de que entrara fácilmente en nuestros bolsillos, el sociólogo, cineasta, antropólogo y filósofo francés Edgar Morin ya había pisado los territorios de rumores, imágenes e informaciones en los que nos movemos hoy. Desde muy joven, su contacto con la muerte y los percances de la vida le mostraron el error e ilusión de la educación recibida. Hijo de inmigrantes, huérfano, joven en la guerra, judío, partidario de la existencia de dos estados en Israel. Exmilitante comunista y resucitado, sobreviviente a un largo estado de coma. Esas circunstancias excepcionales aceleraron su transformación. Cambió incluso de identidad. Dejó de llamarse Edgar Nahum, nombre con el que nació en París el 8 de julio de 1921, para llamarse, después de la guerra, Edgar Morin, su nombre en la clandestinidad.

Morin ha trabajado la metamorfosis en mundos paralelos, diversos y conectados a la vez. En Terre-patrie dice que todo tiene que ser removido, cambiado. La regeneración llegará si pasamos del conocimiento separador y fragmentario de la cultura occidental a un conocimiento unificador. Esa reforma epistemológica, ecológica y ética, torre de más de cien libros, contiene la reflexión multidisciplinaria de El método, que propone caminar en la complejidad.

Morin, admirado en la academia de nuestro continente, ama a Colombia desde su primer viaje, a finales de los años noventa, cuando éramos los renegados del mundo. Así se lo oí decir en un coloquio sobre educación e internet. Yo, impactada por esa declaración de amor tan rara por mi país –sobre todo por su mención de Medellín, que era en esos días un polvorín de mafias–, salí corriendo detrás de él y le dije que quería saber más de sus experiencias americanas. Nos reunimos en varias ocasiones, y en años distintos, en su oficina de la Unesco y en su apartamento en el barrio Le Marais. Esperé mi turno para entrar en su santuario en un salón blanco iluminado por el verde de una mata de plátano. Por fin hablé con él.

¿Cómo descubrió nuestra región?

Mi primera fascinación fue con la música andina. Después de la guerra, escuchaba mucho a Los Guaranís, que cantaban clásicos como El carnavalito, El cóndor pasa o Moliendo café. Y como a mí me gusta cantar, guardé una afección particular por esa música. Me encantan los sonidos de la quena, la flauta y el tambor. La música me llevó a Latinoamérica.

¿Cuándo fue por primera vez?

En 1959 viajé a Argentina, como invitado al Festival de Cine de Mar del Plata. Al año siguiente, la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales de la Universidad de Santiago me invitó a dar un curso. Me propusieron trabajar allí algunos meses al año. Esos años fueron importantes. Me iba en junio y aprovechaba para viajar. Fui a Brasil, México y los países andinos. Gracias a las averías del carro conocí a muchos amigos que todavía guardo. También me invitaron a Brasil para que fuese jurado del festival de Cinema Novo. Pero mi contacto con las universidades empezó justo en 1968. Tenía previsto comenzar un curso en Río de Janeiro cuando me llegó la noticia de las revueltas estudiantiles. Me devolví a París y entre viajes de ida y vuelta escribí mi segundo libro, La vida del sujeto (1969). La Universidad de Cândido Mendes en Brasil se volvió importante en mi trayectoria intelectual. Acogió el primer congreso de lenguas latinas del Pensamiento Complejo, un verdadero encuentro continental que me permitió constatar el eco que tenían mis libros traducidos al portugués. A finales de los años noventa fui a un encuentro fundamental en Colombia, a donde fui invitado por universidades de Bogotá y Medellín.

¿Por qué fue tan importante ese viaje?

Cuando iba hacia Medellín, creía que iba a aterrizar en la capital de la droga, en los confines del mundo. Nunca imaginé la riqueza intelectual de esa ciudad. Llegué invitado a un seminario y fue una sorpresa encontrarme con que mis libros habían sido leídos y mis ideas eran conocidas y discutidas. Colombia es un país que ha organizado muchos de mis encuentros. En el año 2000 fue la sede de un congreso al que asistieron 800 profesores con el ánimo de reformar la educación. Colombia, México, Brasil y Argentina son, además, ejes fundamentales de la red de difusión de la cátedra itinerante de la Unesco.

¿Por qué le da tanta importancia a la universidad?

El cambio en las mentalidades para reaprender a aprender es solo posible con la ayuda de profesores y universitarios. Es en la universidad en donde se forma a los profesores de escuelas, colegios y liceos. La universidad es un espacio estratégico, pero mi reforma abarca todos los niveles de enseñanza. Los jóvenes que descubren mis ideas se interesan en ellas porque proponen un cambio de la enseñanza tradicional. Los estudiantes a veces no ven ningún sentido en lo que aprenden, pues les enseñan las materias separadamente. La física y la química, por un lado, la geografía y la historia, por el otro, mientras que el pensamiento complejo interrelaciona; muestra que el ser humano es al mismo tiempo biológico, físico, cósmico, cultural, psicológico, social. Hay que enseñar la condición humana, la identidad terrenal, la comprensión, la ética y el manejo de la incertidumbre, y encuentro en América Latina una armonía con mi pensamiento que no encuentro en Francia ni en ninguna otra parte. Hay motivación para enseñar la democracia en sus complejidades.

¿Por qué?

Porque América Latina es un mundo joven. La inquietud reina en los círculos intelectuales que investigan, cuestionan, que tienen sed permanente de saber, que se saben en una región a la que se le impuso el capitalismo salvaje y que conoció los defectos de las ideologías, con sus límites, pues no respondían a todos los aspectos de la realidad humana. El aniquilamiento del mundo soviético, el fracaso del maoísmo y el impasse de la guerrilla dejaron, en efecto, un vacío, pero también aspiraciones. Por eso mismo esos intelectuales se interesan en el pensamiento complejo. No se encierran solo en la esfera de la economía o la política, sino que consideran también otros aspectos del ser humano y de las cosas.

¿Está usted diciendo que se ha sentido más integrado en los círculos intelectuales extranjeros que franceses?

Sí. Por ejemplo, es en la escuela primaria y secundaria el nivel en el que Francia progresa menos. Mis ideas no llegan a los alumnos porque los profesores no se interesan. El mundo universitario francés es cerrado, abstracto y elitista. Los intelectuales latinoamericanos, en cambio, sienten profundamente las aspiraciones sociales. Ese gusto no existe en una sociedad fría como la nuestra. En Europa los jóvenes tratan de conseguirla en las reuniones de raves parties, pero con la ayuda del alcohol y otras cosas. En América Latina esa comunión es de cierta manera una calidad natural. Esa región siempre me ha atraído más por su generosidad, su espíritu de acogida y su calidad humana que por sus males. Es un mundo vivo y podrá salir un día de su tradición de conflicto si pasa a otro estado histórico. Eso le falta al mundo de la cordillera: la simbiosis. Aunque todavía no ha arreglado algunos de sus problemas fundamentales, sus infortunios no le impiden recibir con generosidad.

¿Y no es eso paradójico? ¿Que una región sometida a todas las violencias e injusticias sea capaz de expresar lo mejor de ella misma?

Es una contradicción humana que puede ser vivida de una manera más intensa en Suramérica porque no está tomada por el delirio del absoluto y de la razón, como lo está Europa. Cuando pienso en la expresión “América Latina” la primera imagen que me viene es la calidad de su gente. He dicho en muchas ocasiones que su pueblo se me quedó en el alma y es cierto. Recibir en Latinoamérica es una cosa natural y profunda.

En su trayectoria personal y profesional la poesía es omnipresente. ¿Por qué?

Me ayudó siempre. Y no es solo que me ayudara a vivir mejor y a realizar mi trabajo, es fundamental en la construcción del método. Ocurre que la canción, el cine y la literatura confluyeron también en mi búsqueda política. El ser humano se define también por su imaginario y su afectividad, por la prosa y la poesía, que no es solo una cosa que se lee o se reclama, es también una comunión en el amor, en la fiesta. Yo creo en el lenguaje surrealista de la poesía vivida. Hay que vivir poéticamente.

La revalorización que usted hace de la imaginación llega hasta imaginarios perdidos o lejanos como la astrología. Ha escrito sobre ese tema. ¿Por qué hay que recuperarlos?

Hacen parte de nuestra realidad. No hay humanidad sin imaginación. Lo imaginario no existe sin la realidad humana. Es por eso que debemos pasar de un conocimiento que separa y reduce a un pensamiento que al mismo tiempo distingue y reúne.

¿Es eso la complejidad? ¿La idea del ser múltiple que vive simultáneamente en distintos tiempos y espacios que debe conciliar?

Eso es. Y para acercarse a esas realidades en movimiento constante, proponemos como estilo de pensamiento el método del viaje. Por eso hablo siempre de abordar la incertidumbre, el cambio, la intuición, la contradicción, pero también hay que articular y aceptar el carácter inacabado del conocimiento. Porque vivir la complejidad no es, como muchos creen, una complicación. Es articular las partes en el todo. La adopción del método complejo exige la participación activa de cada uno como sujeto observador y estratega de su propio conocimiento. Lo que está hoy en juego es la unidad en la multiplicidad.

¿Con esa transformación del individuo, la sociedad, las instituciones, está pidiendo usted una revolución cultural?

Sí, una revolución del pensamiento, de las mentalidades. Nos toca cambiar el mundo, pero para cambiarlo hay que cambiar antes nuestras estructuras mentales, universitarias, institucionales, para que se produzca una metamorfosis. Le repito: una metamorfosis que produzca un nuevo renacimiento que tenga en cuenta los orígenes múltiples del universo y nuevas relaciones entre los humanos y los seres vivos. Necesitamos con urgencia, entonces, una reforma de educación. He pensado en un método para pensar esa reforma, que permita al individuo aspirar a ser capaz de aprender, inventar y crear su propio proceso de vida.

¿Puede ser pensada de la misma manera esa revolución en los países del sur y del norte?

Los países del sur pueden ser protagonistas. A pesar de su retraso económico, están adelantados en el arte de vivir y de conservar sus relaciones humanas, que son riquezas culturales milenarias. Los del norte perdieron algunas de sus cualidades humanas y se muestran incapaces de tratar ciertos problemas de la vida, como el sufrimiento y el amor. El sur debe ser consciente de su riqueza y el norte, aceptar los aportes de otras civilizaciones.

En varias ocasiones ha militado por el reconocimiento de los pueblos amerindios. ¿Pueden esas sociedades aportar algo a los cambios que exige nuestro mundo plural?

Lo creo profundamente, porque esas sociedades guardan tesoros preciosos como el espíritu de comunidad, de solidaridad, que está en la unión cósmica del culto a la tierra: “la Pachamama”. Tienen esa unión con la naturaleza que nosotros, los occidentales, hemos perdido. El mundo amerindio conserva valores anteriores a nuestra sociedad moderna, como el principio del desequilibrio, el dualismo inestable o la percepción de vida y muerte que trasciende la distinción real-imaginario. Eso podría ayudarnos a entendernos y a entender el mundo de nuestra era planetaria.

Con su concepto de “tierra-patria” insiste en reconocer la diversidad cultural, pero Francia continúa recibiendo los estilos del sur sin que haya un reconocimiento de eso aportes externos.

Es cierto, y todo nuestro trabajo se encamina hacia ese reconocimiento. Francia se enriquece de los intercambios musicales, literarios, de los sabores diferentes. Se come ahora con más frecuencia guacamole, enchiladas, empanadas, y la fiesta no es fiesta si no se baila al ritmo latino. Ese proceso de “latinoamericanización” en Francia es distinto al de Estados Unidos. Allá la presencia de latinos es físicamente visible, numerosa en muchos estados, en Francia es minoritaria. Son culturas que penetran poco a poco, pero hay un cambio. Francia también se abre. Antes eran muy pocos los intelectuales que se interesaban en Suramérica. Ahora esa red es muy importante.

*Periodista. Trabajó para la agencia ANSA en París.

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