Actualmente, Bicchieri es profesora titular de la Cátedra S. J. P. Harvie de Pensamiento Social y Ética Comparativa de los Departamentos de Filosofía y Psicología de la Universidad de Pennsylvania, profesora de Estudios Jurídicos en  la Escuela de Wharton y directora del programa de Filosofía, Política y Economía de la misma universidad. | Foto: Cortesía de la  Universidad de Pennsylvania Actualmente, Bicchieri es profesora titular de la Cátedra S. J. P. Harvie de Pensamiento Social y Ética Comparativa de los Departamentos de Filosofía y Psicología de la Universidad de Pennsylvania, profesora de Estudios Jurídicos en la Escuela de Wharton y directora del programa de Filosofía, Política y Economía de la misma universidad. | Foto: Cortesía de la Universidad de Pennsylvania

“Internet es la causa de la polarización en la sociedad”

Los estudios y prácticas de Christina Bicchieri han replanteado la manera en que diferentes ramas de las ciencias sociales del mundo anglosajón entienden el comportamiento del ser humano como ser social. Con motivo de la traducción de su más reciente libro, 'Nadar en contra de la corriente', ARCADIA habló con ella.

2019/04/25

Por Julián Santamaría*

El trabajo de la filósofa Cristina Bicchieri replantea la manera en que organizaciones y gobiernos alrededor del mundo buscan implementar políticas sociales. Sus investigaciones son referentes internacionales para afrontar temas como la reducción de la corrupción, el matrimonio infantil y la ablación. A partir de la teoría de juegos, la psicología y la filosofía, Bicchieri propone herramientas que permiten entender los cambios sociales. Su libro Nadar en contra de la corriente, recientemente traducido al español, explica de manera detallada la evolución de las “normas sociales”, cómo medirlas y qué estrategias se deben adoptar para lograr coordinar esos cambios. ARCADIA conversó con ella.

El concepto clave para entender su trabajo es el de “norma social”. ¿Podría explicarlo?


Una norma social es una regla de comportamiento. Hay muchas reglas de comportamiento, pero no todas son normas sociales. Las condiciones para establecer que una de ellas es una norma social son las siguientes: primero, la gente debe saber que la regla aplica en una serie de situaciones. La segunda es que las personas deben esperar que el resto de la gente en su entorno social obedezca la regla, lo que he denominado “expectativa empírica”. La otra condición establece que las personas deben tener una expectativa sobre lo que las personas de su entorno piensan y sobre la manera en que se deben comportar. Esto es lo que llamo una “expectativa normativa”.

Nadar en contra de la corriente permite llevar esos conceptos a la práctica para generar cambios sociales ¿Cómo pueden ser útiles?


Creo que es un aporte importante. Cuando hice mi trabajo teórico, basé la idea de normas sociales en conceptos cuantificables: expectativas, creencias o preferencias son ejemplos de fenómenos que se pueden cuantificar en las ciencias sociales. Esto me ha llevado a proponer herramientas que demuestran no solo que las normas sociales existen, sino también que tienen un efecto: hacen que la gente se comporte
de una manera u otra. Esto es muy importante en las ciencias sociales, porque un concepto debe ser “operacional”. Es decir, tiene que medir, predecir y explicar. De lo contrario, no es un concepto útil.

¿Cómo entender desde ahí, desde esos conceptos cuantificables, a los seres humanos?


Creo que he llegado a reconocer que nos interesamos mucho más por las dimensiones sociales de nuestra vida de lo que creemos. Muchas decisiones que uno toma parecen individuales pero realmente son interdependientes socialmente. Con frecuencia nos importa lo que el resto de la gente hace, y si aprueba o desaprueba nuestro comportamiento. Este es un hecho que a veces no queremos reconocer.

Un punto importante de su libro son los trendsetters, aquellos agentes reales o ficticios que impactan la manera en que se comporta una sociedad. Inclusive pone como ejemplo los personajes de las telenovelas. En Colombia existe una discusión sobre la representación de fenómenos como el narcotráfico y las narrativas televisivas de Pablo Escobar. ¿Qué opina sobre eso?

Cuando se representa a Pablo Escobar como “Robin Hood”, alguien cool que ayudó a los más necesitados, la conclusión a la lleva esa representación es: “Es un buen tipo”. De ahí que exista gente que no tuvo nada que ver con el fenómeno ni con él, pero que al ver esas adaptaciones televisivas justifique su comportamiento, bajo la lógica de la necesidad: “Tenía que hacerlo. Hubo errores, pero no había otra manera”. Me llama la atención que muchas telenovelas latinoamericanas cuenten historias de criminales. Creo que eso demuestra qué tan permeada por la violencia está la cultura. Y mi pregunta es: “¿Por qué?” Claro, es atractivo, pero ¿no hay una manera distinta de hacer que la historia interese? En Estados Unidos la televisión y el cine están plagados de la figura del niño afroamericano a quien se le abre una opción de vida muy limitada pero atractiva, la de la venta de drogas y la violencia de bandas criminales. Tanto acá como allá el problema es que son menos quienes muestran representaciones alternativas, y por fuera del cliché. Para cambiar, y para pensar, es necesario proponer modelos alternativos.

Sin embargo, usted ha planteado que es una mala idea querer “moralizar” a las personas con esas representaciones.

De acuerdo. Y es que con frecuencia, cuando quiere hacerse una política pública de concientización, se les presenta a las personas una serie de hechos empíricos como: “La gran mayoría de la gente recibe sobornos”. Pero esta aproximación puede ser peligrosa. Inclusive cuando la información empírica es cierta, podemos estar siendo contraproducentes. No se trata de decirle a la gente “esto es malo” y bombardearlos con ejemplos de los casos que muestran un comportamiento negativo. Está comprobado que en este tipo de casos, las cosas no cambian y la gente se comporta peor porque empieza no solo a normalizar, sino a justificar comportamientos negativos. Tendemos a seguir esta lógica: si algo es común, es moral. Por eso es tan importante ser cuidadoso con el tipo de mensaje que se le da a una población.

Desde su teoría, ¿cómo Internet influye en nuestro comportamiento?

Antes que nada, tenemos un rasgo psicológico, que todos compartimos, conocido como “sesgo de la confirmación”: esto es, la tendencia que tenemos los seres humanos a querer confirmar nuestras creencias. Si eso se traslada a internet se traduce en que cada vez que busquemos información queramos encontrar una confirmación de lo que ya creemos. En Estados Unidos y en Italia está el caso de los movimientos “anti-vacunación”, en que las personas buscan en Internet cualquier tipo de información que corrobore su posición e ignore lo contrario. Para empeorar las cosas, muy pocas personas saben discriminar entre una revista médica rigurosa y una que no lo es. Y para ser sincera, ni les importa. Este es un fenómeno que me preocupa mucho. Ya sabemos que Internet es la causa de la polarización en la sociedad. Allí, las personas solo se afincan más y más en las creencias que tienen porque encuentran una perpetua confirmación de aquello que creen, ya sea negativo o positivo. Aquí entra otro factor importante: la anonimidad. Hay estudios que demuestran cómo la anonimidad afecta el comportamiento de las
personas. Gracias a ella, se reduce la fuerza que ejercen las “expectativas empíricas”, y eso hace que las personas sientan el coraje de expresar cosas que no se atreverían a expresar si la gente supiera quiénes son. No es de extrañar entonces que la gente se vuelva cada vez más violenta, molesta y agresiva.

Otro elemento que podría configurar esta “burbuja” son los algoritmos que definen la experiencia de las personas en las redes.

Exactamente. La interacción digital de los individuos se ha convertido en algo autorreferencial y cada vez incrementa el nivel de auto convencimiento que tienen las personas de que sus creencias son las únicas. Esto explica la poca tolerancia que existe en este tipo de espacios.

Más allá de divagar en cuestiones deontológicas, usted propone un modelo muy práctico de cómo nos comportamos como seres sociales ¿Qué es entonces un comportamiento moral?

Yo creo que un verdadero comportamiento moral es independiente de lo que socialmente se espera de nosotros. Si yo creo que uno nunca debe herir a una persona inocente, no lo haré, inclusive si mis amigos lo hacen. Aunque lo que llamamos “comportamiento moral” son simplemente normas sociales positivas, yo tengo la convicción de que el verdadero comportamiento moral es incondicional.

Usted es una investigadora interdisciplinaria pero tiene un pie en la filosofía y ha demostrado que se puede “salir del escritorio” para hacer filosofía. ¿Cómo romper con la idea de que se trata de una disciplina abstracta y alejada de las cuestión “útiles”?

Desafortunadamente, muchas veces la filosofía puede ser “inútil”. Cuando la filosofía se profesionaliza, especialmente en ciertas ramas de la filosofía análitica, la disciplina se vuelve una pequeña isla donde solo los expertos hablan con expertos y cada vez se hacen cosas más abstrusas. Hoy en día hay un diálogo más abierto con las ciencias sociales y exactas. Por ejemplo, la ética ya empieza a considerar seriamente los hallazgos de la psicología moral. Y esto es muy positivo porque la filosofía tiene que acercar más a problemáticas prácticas de nuestras vidas. Pero la filosofía en sí misma tiene importantes elementos para cualquier empresa. Los filósofos tienen una forma muy analítica y rigurosa de entender los fenómenos, una habilidad muy útil al momento de tratar cualquier tipo de problema.

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