"En consecuencia, nada tienen de sorprendentes los hallazgos que Duplat destaca en términos de ganancias en democratización". "En consecuencia, nada tienen de sorprendentes los hallazgos que Duplat destaca en términos de ganancias en democratización".

El libro político: una oportunidad perdida, por Laura Gil

Dos pueblos, uno paramilitar y otro guerrillero, que se reconciliaron en medio de la guerra.

2019/03/27

Por Laura Gil

Este artículo forma parte de la edición 161 de ARCADIA. Haga clic aquí para leer todo el contenido de la revista.

Paz en la guerra, de Tatiana Duplat, describe un proyecto de construcción de paz en el Alto Ariari durante los peores años del conflicto. Dos municipios, un camino y una historia de división: El Castillo y El Dorado en el Meta. Uno está asociado con la guerrilla y el otro, con los paramilitares. Los separa una “carretera de la muerte” sembrada de cadáveres de uno y otro bando. Comparten una población hastiada de la violencia y unos líderes comprometidos con la resistencia activa ante los grupos armados. En junio de 1998, se firmó el acuerdo de convivencia que llevaría luego a la creación de una asociación de municipios del Alto Ariari. Los defensores del acuerdo del Teatro Colón considerarían esta historia un ejemplo de “paz territorial”.

La Constitución de 1991 abrió los espacios para la descentralización y la participación y fue en ese marco que se dieron las conversaciones entre autoridades y pobladores de El Castillo y El Dorado para poner fin a la estigmatización recíproca, confrontar a la guerrilla y a las autodefensas e iniciar proyectos en conjunto, desde la rehabilitación de la carretera al cuidado del internado. Según Duplat, la intervención tuvo impacto en la disminución de los homicidios, así ello no haya sido su propósito. Se trataba de un proyecto de reconciliación entre civiles y de recuperación de la esfera pública, y no de uno destinado a negociar el conflicto armado local.

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Al emprenderlo, los dos municipios se enfrentaron al peso del pasado. “La primera oleada de colonización definió una geopolítica que asignaba al espacio un referente de adscripción partidista de acuerdo con el tipo de poblamiento que se hubiera dado”, enfatiza Duplat. De esta forma, la localización determinaba la identificación de las personas con una organización partidista y el río Ariari se convirtió, en palabras de Duplat, en una “cortina de hierro” entre rojos y azules. Cuando la reconciliación entre El Castillo y El Dorado rompió este imaginario de geografía y herencia, se abrió el escenario para que los pobladores se reconocieran entre ellos mismos como seres políticos autónomos.

En consecuencia, nada tienen de sorprendentes los hallazgos que Duplat destaca en términos de ganancias en democratización. Bien vale la pena resaltar la calidad de la participación comunitaria. Es verdad que, en Colombia, cada vez existen más espacios de deliberación, pero estos pocas veces se traducen en mecanismos de incidencia efectiva. En el Alto Ariari, sus habitantes sí lograron establecer sus propias reglas de juego; contaron, además, con alcaldes que lideraron la conversación. Marcaron líneas de acción para plantear la relación con los violentos desde la horizontalidad y no desde la subordinación.

Esta iniciativa de paz fue una de muchas que nos costó ver en medio de la guerra. A pesar de los logros y los galardones, incluyendo el Premio Nacional de Paz en 2002, poco se sabe de ella. El libro de Duplat tiene como origen su tesis doctoral. Se trata de un texto serio, que presenta el tema con respeto y lo ubica en un marco teórico cuidadoso y detallado, con abundantes referencias bibliográficas. Pero el libro no hace concesión alguna al lector no académico, que puede encontrar las primeras cien páginas áridas, difíciles y hasta innecesarias. Así las cosas, esta historia de reconstrucción de vidas y territorios requerirá de otro rescatista para sacarla del olvido.

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Paz en la guerra. Reconciliación y democracia en el Alto Ariari

Tatiana Duplat Ayala

Siglo del Hombre Editores

344 páginas

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